Santa Cruz

“Ser Misericordiosos para vivir felices y construir una sociedad justa y en paz” Mons. Sergio Gualberti

Mons. Sergio Gualberti realizó la apertura simbólica de “la Puerta de la Misericordia” en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir o Catedral de Santa Cruz.

El acto fué realizado en consonancia con la Apertura de la Puerta de la Misericordia que realizó el Santo Padre Francisco en Roma en la Basílica de San Pedro, el templo situado en la Ciudad del Vaticano.

Mons. Gualberti hizo un llamado a los católicos a  a vivir de misericordia, “porque a nosotros en primer lugar Dios nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas es un imperativo del que los cristianos no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar!”

Gualberti exhortó al pueblo de Dios a ser misericordiosos, en primer lugar, en la familia, misericordiosos entre esposos y entre padres e hijos, ser misericordiosos y comprensivos, capaces de dar y recibir perdón

Puerta Misericordia 2

Asimismo llamó a ser misericordiosos en todos los ámbitos de nuestra sociedad, trabajar para superar divisiones, enfrentamientos, la violencia, los odios y rencores, a través de la reconciliación y el perdón, y buscar lo que nos une con los demás. 

HOMILÍA DE MONS. SERGIO GUALBERTI

PRONUNCIADA EN LA BASILICA MENOR DE SAN LORENZO MARTIR

DICIEMBRE 13 DE 2015

Queridos Hermanos y Hermanas

Por una antigua tradición de la Iglesia, este 3er domingo de Adviento se llama “Domingo Gaudete”, alégrense y regocíjense de todo corazón. En las lecturas de hoy se repite ocho veces la invitación a la alegría porque “El Señor está cerca”, porque Dios está en medio de ti”, porque libera del mal, y trae vida y amor.

La Palabra nos invita a “no angustiarnos por nada… porque la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”. Nosotros hemos experimentado y vivido cuan verdaderas son estas palabras, en estos días de congoja y dolor por la partida a la casa del Padre de nuestro querido Cardenal Julio. Nos ha sostenido la certeza de que el Cardenal participa ya del cielo nuevo y la tierra nueva, viendo y contemplando con sus ojos a Cristo resucitado y glorioso, y esta verdad ha llenado nuestros corazones de esperanza, consuelo y paz.

Y en verdad estamos alegres hoy porque hemos abierto la “Puerta de la misericordia”, del Año Santo o Jubileo de la Misericordia, y cualquiera que entrará por ella podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza. A lo largo de todo un año hasta la solemnidad de Cristo Rey el 29 de noviembre de 2016, nuestra Iglesia, sintiendo la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre, nos ofrece la gran oportunidad para purificar nuestros corazones y nuestras almas de todas clases de mal y r5ecibir la gracia de Dios. Jesús nos ha revelado que la misericordia de Dios es siempre más grande que cualquier pecado y nadie puede poner un límite al amor del Señor que perdona.

La Iglesia también está llamada a hacer visible el amor de Dios en sirviendo al hombre, en especial a los pobres, en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades.

El Papa Francisco, en su carta convocatoria nos dice que: “la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo…Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón”.
Dios revela su omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón, porque es “Paciente y misericordioso” y su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Por eso no hay que tener miedo de acoger esta gracia que se nos ofrece, porque “Dios no se cansa de perdonar… y será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso y porque”.

“Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor gratuito”. A todas las personas que se le han acercado ha demostrado su amor: pecadores, pobres, excluidos y sufrientes. “En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”. Jesús acompañó su actuación con las enseñanzas, en particular con las parábolas dedicadas a la misericordia, núcleo central del Evangelio y de nuestra fe. El nos ha confirmado que la misericordia es la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y consuela con el perdón.

Cada uno de nosotros está llamado a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar Dios nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas es un imperativo del que los cristianos no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar!

Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Por eso debemos ser “misericordiosos como el Padre es misericordioso”.

Ser misericordiosos, en primer lugar, en la familia marcada muchas veces por la incomprensión, indiferencia, rencor, la falta de amor y de perdón, que crean tanto dolor en todos sus miembros. Si entre esposos y entre padres e hijos se supiera ser misericordiosos y comprensivos, capaces de dar y recibir perdón, no habría tantos hogares divididos, tantos fracasos, tantos divorcios.

Ser misericordiosos también en todos los ámbitos de nuestra sociedad, trabajar para superar divisiones, enfrentamientos, la violencia, los odios y rencores, a través de la reconciliación y el perdón, y buscar lo que nos une con los demás. Estas son las condiciones necesarias para vivir felices y construir una sociedad justa y en paz. Ser misericordiosos socorriendo y siendo solidarios con tantos pobres y excluidos, con tantos niños y ancianos abandonados, con tantas personas que necesitan una mano amiga. El Papa Francisco nos ha pedido que volvamos a conocer y sobre todo a practicar las obras de misericordia corporales y espirituales.

Hagamos nuestro su anhelo: “¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros”.

Esta mañana estamos muy felices porque Dios nos ha hecho un gran regalo, ha puesto su perdón a nuestro alcance. Solo hace falta que pasemos por la “puerta de la misericordia” confesados y comulgados, y con el compromiso de una obra de misericordia. Por eso, con las palabras del Salmo, agradezcamos y: “Aclamemos al Señor con alegría, porque él es el Dios de nuestra salvación… él ha hecho algo grandioso, ¡qué sea conocido por todos!” Amén