El Evangelio de este domingo nos presenta dos pequeñas parábolas, muy bellas, que, una vez más, nos devuelven la esperanza.
Vemos que Dios siembra semillas y que su Reino es como una semilla pequeña. Luego, Él mismo nos confirma que las semillas crecerán y darán frutos.
Esto quiere decir que tenemos que recordar que el Reino de Dios es justamente eso: «de Dios». No nos pertenece a nosotros, sino a Él, quien es el principio y el final de ese Reino. Nosotros podemos ser testigos y anunciadores, podemos ser promotores de ese Reino de justicia y de caridad. En ese sentido, sí podemos colaborar, pero sin olvidar que no se trata de un reino humano, sino del Reino de Dios. Así, como en la oración del Padre Nuestro decimos “venga tu reino”.
En esta reflexión no estoy insinuando que nosotros tengamos que perder el interés y cruzarnos de brazos, sino que el mensaje de este pasaje del Evangelio nos llama a la confianza y a la esperanza de que Él prevalecerá.
A veces, en la Iglesia estamos preocupados por los números y las estadísticas de bautizos, de matrimonios, de ordenaciones sacerdotales; y proyectamos la curva a 5 o 10 años. Realizamos encuestas y seguro que lo hacemos con buena intención. Pero todos esos datos y cálculos son indicativos porque solo Dios conoce el futuro de su Iglesia y Él es quien se encarga de que su Reino crezca según su voluntad.
Para nuestra vida diaria, hoy la Palabra del Señor nos pide que estemos abiertos y disponibles a que Dios siembre sus semillas de alegría y de serenidad en nuestras vidas. ¡Estemos disponibles y no nos cerremos a su bondad! Solo Él puede sembrar, incluso si pensamos que nuestro corazón está árido y seco. Dios es el Dios de las sorpresas, entonces dejémonos sorprender por Él.
Hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que supera nuestros proyectos, nuestros cálculos, nuestras previsiones.
Estamos invitados a abrirnos con más generosidad a los planes de Dios, tanto en el plano personal como en el comunitario.
Vivamos con la esperanza y la confianza de saber que hemos sido salvados y que constantemente el Señor está actuando en nuestras vidas, aunque estemos dormidos o distraídos.
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Finalmente, comparto con ustedes, mi comunidad en esta época de mi vida, que esta semana estuve haciendo ejercicios espirituales en Santiago de Compostela. Hice una peregrinación -esta vez en avión- a la tumba del apóstol. Una vez más el Señor me sorprendió. Encontré peregrinos que compartieron su experiencia de fe, encontré jóvenes que están en formación para el sacerdocio, y casualmente encontré un colega que trabaja en el Vaticano y que estaba preocupado porque todavía no lo hacen obispo. Con todos ellos conversé e intercambié experiencias de vida y de fe.
También participé en la misa con peregrinos ingleses y, un día, en la catedral, participé en la misa del peregrino. Un grupo de japoneses hizo la ofrenda para que el turíbulo gigante, llamado “botafumeiro”, funcione. Este es un incensario gigante que, con una cuerda, recorre desde un lado al otro del techo de la catedral medieval. Eso fue al final de la misa y el sacristán me pidió que pusiera el incienso.
Y me dije después: Dios sí que sorprende. Además, empecé a soñar que tal vez un día podamos peregrinar como parroquia a la tumba del apóstol Santiago. ¡Quién sabe! Pero hoy sabemos que el Señor nos sorprende.
Por: ARIEL BERAMENDI


