Santa Cruz

Renovación de Votos en el Arzobispado de Santa Cruz

Renovación de votos

En el marco de las celebraciones por Semana Santa anoche se realizó la misa crismal en la catedral, en la que más de 200 sacerdotes y diáconos renovaron sus votos de fidelidad a Dios y a la Iglesia católica.
La misa fue celebrada por el monseñor Sergio Gualberti, arzobispo de Santa Cruz, que también bendijo los óleos para los enfermos y el crisma para las celebraciones. 

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Solemne Misa Crismal

Martes Santo

Oficina de Prensa Arzobispado

 

En el nombre de Cristo, bienvenidos todos y gracias por estar aquí tan numerosos esta noche, momento de gracia y de alegría para nuestra Iglesia de Santa Cruz al celebrar la Misa Crismal. Este mismo nombre nos indica que el oleo, elemento natural muy presente en el ámbito, personal, comunitario, religioso y social del pueblo de Israel, tiene también una significación importante en la vida de la Iglesia. Vamos a bendecir el óleo de los enfermos alivio y fortaleza para esos nuestros hermanos sufridos, el óleo de los catecúmenos para los hermanos que están en camino hacia el bautismo y también consagraremos el Crisma para la administrar los sacramentos del bautismo, la confirmación y las órdenes sagradas, y para la consagración de iglesias.

Siento una intensa alegría por su presencia alrededor del altar de ustedes hermanos Obispos y por encontrarme con ustedes sacerdotes, diocesanos y religiosos que, en breves momentos y ante la comunidad aquí reunida, renovarán, las promesas hechas el día de su ordenación y sellarán su compromiso con un abrazo al Pastor. Un recuerdo particularmente afectuoso para nuestro querido Cardenal Julio; oramos al Dios de la vida para que lo acompañe y sostenga en su delicada salud.

Un recuerdo agradecido y una oración de sufragio también para los sacerdotes que este año nos han dejado por la casa del Padre, que Él los reciba como siervos buenos y fieles. Quiero también recordar y agradecer a los sacerdotes ancianos y enfermos que, desde su lecho de dolor, nos acompañan con la oración. Pido al Señor que ilumine y acompañe a los sacerdotes que viven en situaciones personales difíciles y los que sufren por las incomprensiones en el ejercicio de su ministerio. También no olvidemos en nuestras oraciones a los hermanos que ya no ejercen el ministerio sacerdotal, para que el Señor esté presente en sus vidas.

Bienvenidos y gracias a todos ustedes, seminaristas, diáconos, hermanos y hermanas de la vida Consagrada y pueblo de Dios que nos acompañan en este día sacerdotal, por su afecto y por sus oraciones, que nos estimulan a entregarnos con más entusiasmo en el cumplimiento de nuestro ministerio.

Quiero esta tarde compartir con ustedes mi reflexión acerca de las promesas sacerdotales, expresión de la identidad y ministerio del presbítero llamado a ser imagen viva y trasparente de Cristo, sumo y eterno Sacerdote.

Primera promesa: desempeñar siempre el ministerio sacerdotal como buenos colaboradores del Orden episcopal.

Como obispo doy testimonio que, no por mis méritos sino por pura gracias de Dios, lo expreso también en mi escudo, he recibido el don de la plenitud del sacramento del Orden y la misión de apacentar esta querida Iglesia de Santa Cruz. El hecho de compartir el único sacerdocio y ministerio de Cristo, aunque en distintos grados, es el fundamento de la comunión y la colaboración que ustedes sacerdotes están llamados a vivir con el Pastor, y no por estrategia y eficacia pastoral, ni por otros motivos.

Por eso, queridos sacerdotes, por el don del Espíritu Santo recibido en la Sagrada Ordenación, ustedes son los primeros colaboradores y consejeros del Obispo en el servicio apostólico de enseñar, de santificar y de apacentar al pueblo de Dios, en espíritu de docilidad y cooperación.

El testimonio de la comunión fraternal con el Pastor, de la que una expresión concreta es la pastoral de conjunto vivida con sincera caridad y obediencia, es el primer servicio a la evangelización. Nada crea desconcierto en los fieles y es obstáculo a la obra misionera, como el anti testimonio de la división y de un camino pastoral paralelo del que se lleva adelante conforme al Sínodo y al Plan Pastoral de nuestra Arquidiócesis.

Gracias al Sacramento del Orden ustedes sacerdotes están también unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental y juntos forman el Presbiterio, espacio privilegiado de mutuo apoyo en su vida sacerdotal y en el servicio pastoral del pueblo de Dios. La comunión con el Pastor y con los hermanos sacerdotes es un aspecto esencial de la identidad del presbítero.

2ª promesa: desempeñar con dedicación y sabiduría el ministerio de la Palabra en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica. Nosotros sacerdotes somos, ante todo, ministros de la Palabra de Dios; elegidos y enviados para anunciar a todos el Evangelio del Reino. Por eso, debemos ser los primeros en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios, en acercarnos a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en nuestros pensamientos y sentimientos, transformando nuestra mente y corazón como los de Cristo.

Los sacerdotes debemos ser «creyentes» de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de nuestro ministerio no son «nuestras», sino de Aquel que lo ha enviado. El Papa Francisco en la Evangelii Guadium nos cuestiona al detenerse ampliamente sobre la predicación dentro de la liturgia, y lo hace porque “son muchos los reclamos que se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos. La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo”. Toda nuestra vida, palabras, opciones y actitudes tienen que ser anuncio trasparente del Evangelio.

3ª promesa: presidir con piedad y fielmente la celebración de los ministerios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia.

Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, donde nosotros sacerdotes estamos llamados a vivir y testimoniar la unidad profunda entre el ejercicio de nuestro ministerio y nuestra vida espiritual. Al recibir y transmitir el don de la gracia estamos llamados a vivirla, llamados a la santificación. El núcleo y eje central, tanto de nuestro ministerio como de nuestra vida espiritual, es la Eucaristía, en la que Cristo mismo, nuestra Pascua se hace “Pan partido para la vida del mundo”. De la misma manera nosotros sacerdotes somos conducidos a ofrecer todo nuestro ser y nuestros trabajos en unión con Él mismo. Palabras, signos y gestos de nuestras celebraciones tienen que vivirse con veneración y fidelidad, reflejo claro de los misterios de la salvación, para gloria de Dios y edificación de los fieles.

4ª promesa: invocar la misericordia divina a favor del pueblo encomendado, perseverando en el mandato de orar sin desfallecer.

El Papa Francisco hace pocos días ha anunciado la celebración del Año Santo extraordinario en el 2016, con el lema: “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4). Es el tema más querido del Papa: “Dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos…sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor”.

No olvidemos que todos somos pecadores, necesitados de la misericordia de Dios. El experimentar esta gracia en nuestra vida hace que nos hagamos “testigos de la misericordia”, que seamos atentos a los que sufren, a los abandonados, a los marginados, a los pobres y a los pecadores. El Señor ha puesto en nuestras manos el extraordinario poder de perdonar, tenemos que ejercerlo con humildad y compasión. Sigamos el ejemplo del Santo cura de Ars al celebrar el sacramento de la Reconciliación, hagamos que los penitentes se acerquen con confianza, descubran el rostro misericordioso y la ternura del Padre, y gocen de su perdón y de la alegría de su encuentro.

5ª promesa: unirte cada día más a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa.

Unirnos cada día más a Cristo significa llegar a ser “alter Christus- otro Cristo”, estar profundamente unidos a la Palabra del Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo. Somos siervos de Cristo, en el sentido de que nuestra existencia, configurada con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: estar al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo.

Precisamente porque pertenecemos a Cristo, la santidad misma de nosotros presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio. «Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». Ésta es la exhortación que la Iglesia nos hace en el rito de la ordenación, cuando nos entrega las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio eucarístico. Unirnos cada día más a Cristo, para ofrecer nuestra vida al servicio y manifestación del Reino de Dios.

En unos instantes renovamos estas promesas, que el Señor nos confirme en nuestros propósitos y nos acompañe con “su fidelidad y amor” y podamos “cantar eternamente tu amor, Señor”. Amén