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Reflexión dominical: Seguir a Jesús y atender a los pobres

Cuando el papa Francisco dice y reitera que quiere “una Iglesia pobre y para los pobres” está llamando la atención sobre una de las dimensiones esenciales de la fe cristiana, puesto que el seguimiento de Jesús y la atención a los pobres van íntimamente unidos, tal como se refleja en el evangelio de este domingo. En el relato del encuentro del rico con Jesús (Mc 10, 17-31) aparece Jesús como Evangelio, como Buena Noticia que debe motivar el seguimiento radical de todo discípulo. En el texto se pueden distinguir fácilmente tres partes: un rico religioso y cumplidor que quiere ganarse la vida eterna (Mc 10, 17-22), la constatación, por parte de Jesús, de la dificultad de los ricos para entrar en el Reino de Dios (Mc 10, 23-27), y las consecuencias de convertirse en auténticos discípulos de Jesús (Mc 10, 28-31). El hilo conductor de esta composición de escenas originariamente distintas es el tema del seguimiento vinculado directamente a la concentración en los pobres. La invitación de Jesús a seguirle para entrar en la dinámica del Reinado de Dios, como propuesta alternativa a los sistemas de valores vigentes en su época y en la nuestra, es una llamada a servir a los pobres cuya radicalidad reclama nuestra atención. No puede haber verdadero seguimiento de Jesús sin entregarse a los pobres.

La propuesta de Jesús afecta, en primer lugar, a la concepción de la vida religiosa, mostrando las consecuencias de una existencia centrada realmente en Dios, el único bueno y todopoderoso por excelencia. Cuando Jesús responde al que era rico, en el diálogo queda de manifiesto, desde la perspectiva de Jesús, la insuficiencia de toda religiosidad limitada al cumplimiento de los mandamientos y legitimada por las tradiciones recibidas del pasado, pero incapaz de corresponder a la novedad inédita de Jesús. Además hay muchos elementos genuinos de Marcos en esta escena de los cuales destacamos algunos: la inserción entre los mandamientos de una prohibición específica, “no defraudes” (Mc 10,19), el énfasis en la doble reacción de Jesús del cual Marcos dice literalmente “fijándose en él, lo amó” (Mc 10,21), la triple reiteración de la gran dificultad de los ricos para entrar en el Reino de Dios (Mc 10,23.24.25), el poder de Dios por encima de lo imposible (Mc 10,27), la recompensa sobreabundante en este mundo y en el futuro para los seguidores del Evangelio con la nota de las persecuciones, ineludibles en el discipulado fiel (Mc 10,30).

El amor de Jesús que se fija en cada persona constituye el principio y la razón más profunda del cambio de vida en los que aceptan la llamada al seguimiento radical. El imperativo de Jesús puede ser creador de una nueva vida, centrada en él, pues sólo con él y desde él se puede percibir la sabiduría de su palabra, con la cual vienen todos los bienes (cf. Sab 7,11), pues la llamada del Señor no es una mera propuesta de vida en la renuncia y en la abstinencia, cargada de aspectos negativos, sino que es una oferta positiva de vida nueva, para ir con él y siguiendo sus pasos, y ésa es ya la recompensa, pues él es la fuente de la alegría y de la libertad. Esa nueva forma vida tiene su origen en su inmenso amor, en su mirada atentísima y en su palabra tajante y penetrante, que, como espada de doble filo (Heb 4,12-13), llega hasta el fondo del corazón humano, suscitando una respuesta en libertad. Pero Jesús no llama a nadie para amargarle la vida sino para vivir en la amistad con él y para seguirlo con todas sus consecuencias. Seguir a Jesús es entrar en el Reinado de Dios.

La novedad de Jesús en la concepción del Reino de Dios reclama la concentración de la vida en Dios como único Señor, así como la renuncia a las posesiones y a la acumulación de bienes en favor de los pobres como centro de atención de la existencia. La entrada en la vida eterna y en el reino requiere el seguimiento de Jesús, mediante el reconocimiento de su identidad y mediante la comunión con él, con su trayectoria y con su misión. En la respuesta al rico, que cumplía religiosamente los mandamientos prescritos en el Antiguo Testamento, Jesús dice que le falta una cosa, pero cuando lo explica no se trata de una sino de varias que van tan íntimamente asociadas, como paralelismos literarios, que en realidad constituyen una sola. Vender los bienes para darlo a los pobres es proclamar la entrega solidaria a los más necesitados como exigencia fundamental del discipulado. Se trata de poner en el centro de la orientación de la vida personal a los pobres. El motivo central que Jesús subraya no es la pobreza sino el amor a los pobres. Por ello la opción por los pobres no es algo secundario en la vida cristiana ni un carisma específico de una determinada espiritualidad en el marco de la Iglesia, sino que se trata de una opción fundamental de todo cristiano en el seguimiento de Jesús. Así de radical es la opción prioritaria por los pobres en la llamada que Jesús hace. La verdadera conversión a Dios y a su Reino requiere un cambio de mentalidad que permita orientar la mirada y la atención hacia los más pobres de esta tierra, hasta convertirlos en el centro de nuestra perspectiva de la vida y situarlos en el primer plano de la preocupación de los cristianos, pues ellos han de ser los beneficiarios primeros de los bienes de que dispongamos. Creo que así se debe entender la propuesta de Jesús a que cada discípulo renuncie a sí mismo. Por eso la renuncia a los propios bienes en favor de los pobres e indigentes es condición ineludible para el seguimiento.

La dimensión vocacional a la vida sacerdotal y religiosa es evidente en esta escena evangélica y puede ser destacada especialmente en este domingo, pues se trata de un verdadero relato de vocación, aunque ésta suponga una frustración para Jesús. La radicalidad en la llamada a entregar la vida por el Evangelio es una faceta de todo discípulo y discípula de Jesús, pero se convierte en algo esencial para todos aquellos que, como Pedro y los discípulos, se consagran totalmente en tiempo y dedicación a la misión específica y constante de anunciar el Evangelio del Reino de Dios. Por ello la meditación de esta escena es una llamada real, tajante y potente, para descubrir la vocación al sacerdocio ministerial o a la vida consagrada a Dios.

La opción preferencial y evangélica por los pobres, de parte de Dios, de Jesús y de la Iglesia, no excluye a los enriquecidos de la posibilidad de seguir a Jesús, de encontrar la vida, la alegría y la salvación. Pero Jesús respeta la libertad del ser humano cuando le propone la salvación. Jesús ama también a los ricos y por eso les propone el camino para entrar en la vida eterna y en el Reinado de Dios. Tras la retirada del rico que rechazó la invitación de Jesús, el Señor, frustrado, constata y reitera la enorme dificultad de los ricos y opulentos para entrar en el Reino de Dios y acoger afectiva y efectivamente el mensaje del Evangelio. Hasta tres veces repite Jesús la incompatibilidad existente entre el seguimiento de Jesús y la acumulación de riqueza. La propuesta de Jesús supone una auténtica conversión, un cambio de mentalidad, de conducta y de formas de vida, es una ruptura personal con el dinero y con el sistema de vida y de valores que éste configura. Los pobres son el lugar teológico y el amor a ellos es la relación específica donde se verifica el reinado de Dios. Mediante la donación de los bienes a los pobres la renuncia al dinero como propuesta de Jesús a sus seguidores se convierte en algo irreversible y definitivo. De este modo los seguidores de Jesús se identifican con su maestro, se convierten también en pobres y entran plenamente en el dinamismo del Reinado de Dios.

La entrega por amor a los pobres y el seguimiento de Jesús están íntimamente unidos en la respuesta de Jesús al rico. Para entender al nota de “las persecuciones” inherentes a la vida del discípulo, hemos de recordar aquel otro texto sobre el seguimiento de Jesús en la invitación del evangelio a “tomar la cruz y seguir a Jesús” (Mc 8,27-35). No se trata de dos cosas sino de una sola, porque la una implica la otra. El verbo “seguir” es clave en este fragmento evangélico (Mc 10,21.28), es típico de los evangelios y significa mantener una relación de cercanía a alguien, gracias a una actividad de movimiento, subordinado al de esa persona. “Seguir” significa estar cerca de alguien, en marcha con esa persona y yendo detrás de él, no por delante. Tomar la cruz es la consecuencia vinculada directamente al seguimiento radical: “Si uno quiere seguir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, coja su cruz y me siga” (Mc 8,34) y ha sido ejemplificada particularmente en la escena del Cirineo que “tomó la cruz de Jesús” (cf. Mc 14,21; Mt 27,32) y lo siguió. Tomar la Cruz implica un cambio de vida continuo de renuncia a uno mismo para entregarse a la persona de Jesús y seguir sus huellas. No se trata de ir a la deriva por el mundo sino con Él y detrás de Él, siguiendo sus pasos, sus enseñanzas, su evangelio y con Su cruz. No nos inventemos más cruces ni sacrificios, pues bastantes cruces hay ya en nuestro mundo. Sólo debemos abrir los ojos para percibirlas y allí actuar como Cirineos.

Ni la cruz ni el seguimiento radical se pueden entender bien si no van acompañados de un profundo amor a Jesús, como respuesta a su gran amor hacia nosotros. La acogida de su amor es la que nos permite responder en el mismo amor con entrega total e íntegra de toda la vida y de todas las dimensiones de la vida, con alegría desbordante y con entusiasmo contagioso. Ir con Jesús es lo mejor que nos puede pasar a los seres humanos. Y en el encuentro con él es como se produce la gran alegría, la dicha espiritual en el tiempo presente y en el futuro, lo cual queda representado en la abundancia de los bienes mesiánicos descrita en la tercera parte de la escena evangélica (Mc 10, 28-31).

Así pues, por amor a Jesús, a quien seguimos con entusiasmo exultante, hemos de concentrarnos en la atención a los pobres, y al dedicarnos a ellos, nuestro desprendimiento radical, nuestra entrega generosa y nuestra gozosa libertad encontrarán en el Señor, la alegría del evangelio y la sabiduría del corazón, que nos convierten en discípulos y discípulas cada vez más dichosos, porque el Reinado de Dios se va realizando en nosotros.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura