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Reflexión Dominical: La raíz de todos los males

El rico y Lázaro

Estamos en situación de emergencia climática

 

Una interpelación espectacular, dolida y provocativa ha tenido lugar en la sede de la ONU con motivo de la cumbre del cambio climático, pues ante las buenas intenciones de algunos países, dignas de elogio, pero insuficientes, y frente al rechazo burlón del presidente norteamericano, la joven activista sueca Greta Thunberg puso en evidencia a los políticos del mundo denunciando su pasividad ante la emergencia climática: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”

 

Manifestaciones por la justicia climática

 

Y también este viernes ha habido miles de manifestaciones en todo el planeta en una huelga mundial por el clima, mediante la cual se ha pedido la declaración de la emergencia climática y la toma de medidas necesarias para reducir a cero neto las emisiones de gases de efecto invernadero, según lo indicado por los estudios científicos y los criterios de la justicia climática.

 

El endiosamiento del dinero

 

Seguimos constatando, como el domingo anterior, la falta de conciencia del bien común y la falta de autoridad moral y de responsabilidad de los ricos y de los políticos del mundo, los cuales se rigen casi siempre por intereses económicos que nacen del endiosamiento del dinero y de su acumulación por parte de los megarricos del planeta, de los que administran sus riquezas y de los que aspiran a poseerlas, mientras que la pobreza y la miseria siguen avanzando y generando diariamente violencia, extorsión, opresión y muerte.

 

Búsqueda de la justicia

 

Respecto a esto dice San Pablo: “Los que quieren enriquecerse sucumben a la tentación, se enredan en un lazo y son presa de muchos deseos absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y algunos, arrastrados por él, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (1 Tim 6,9-10). Estos versículos paulinos van inmediatamente antes del fragmento de la carta que este domingo se lee en la Iglesia (1 Tim 6,11-16) y que exhorta al hombre de Dios (Timoteo) a buscar la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia y la delicadeza. Me parece importante decir lo primero para entender bien lo segundo, pues esta última es una oración adversativa que se ilumina con lo que viene antes, y que es exactamente de lo que hay que alejarse como personas creyentes.

 

El amor al dinero es la raíz de todos los males

 

Dice Pablo que hay que huir del amor al dinero para ir en busca de la justicia, de la religión, y de todo lo demás. El “amor al dinero” (en griego: filarguria) es una palabra única en el Nuevo Testamento y en su originalidad y especificidad puede servir para descubrir no sólo la raíz de la codicia, de la avaricia, de la injusticia social, de la corrupción económica, del interés, de la usura, del fraude, de la rapiña, de la mezquindad y de la tacañería, es decir, de todos los males vinculados con el dinero, sino la raíz última de todos los males. Y desde ahí se puede entender mejor la gran llamada hecha por el apóstol a Timoteo a huir de todo eso como verdadero hombre de Dios, que debe vivir en la justicia, el amor, la fe, la magnanimidad y la delicadeza.

 

La trampa idolátrica del dinero

 

Desde esta clave se pueden entender también los textos de Lucas y de Amós sobre los temas económicos. En los domingos últimos estamos escuchando fragmentos de la parte central del evangelio de Lucas, donde se recoge lo fundamental de la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Es una larga sección (Lc 9,51-19,28) dedicada al “Camino de Jesús hacia Jerusalén”. En el corazón de este evangelio aparece una serie de parábolas, de relatos muy significativos, que contienen el núcleo esencial del mensaje de Jesús en un lenguaje sencillo e impactante, breve y profundo, liberador y muy crítico. Junto a la misericordia entrañable del padre del hijo pródigo y al amor servicial y ejemplar del buen samaritano, Lucas ofrece parábolas dedicadas a las relaciones económicas. En todas ellas el evangelio desenmascara la trampa en la que el dinero, en cuanto aspiración idolátrica de la vida humana, tiene atrapados a los seres humanos.

 

La realidad de Lázaro en nuestro mundo

 

Podemos destacar, como ejemplo, el mensaje principal contenido en la sentencia lapidaria de Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), en torno a la cual giran las dos parábolas del capítulo 16, la primera, sobre el dinero injusto (Lc 16,1-15), que hemos leído el domingo pasado, y la segunda, sobre el hombre rico y Lázaro (Lc 16,19-31) que escuchamos ahora. La trascendencia de esta última es impresionante. En este mundo en que vivimos, Lázaro no es sólo una imagen del pobre, sino la realidad de los millones de pobres que pueblan nuestra tierra, son los millones de niños, huérfanos, abandonados, hambrientos y desamparados que malviven o se mueren en nuestros poblados y barrios marginales en las vastas periferias del mundo. Son las mujeres de todo el planeta que dan rostro femenino a la pobreza generada por el sistema en que vivimos, pues el 70% de los pobres del mundo son mujeres. Son los inmigrantes, refugiados y exiliados, los que no tienen techo ni hogar, aquellos a los que las sociedades enriquecidas les niegan los derechos que ellas disfrutan.

 

Mensaje a los hermanos del rico

 

Pero el mensaje de esta parábola está orientado, no a los pobres, cuya prioridad en el amor Dios es indiscutible, sino a todos los hermanos del rico. A ellos se dirige este mensaje: Que escuchen la llamada a la justicia social hecha por los profetas, como Amós, pues si no lo hacen… ya saben cuál será su final: el mismo que el de su hermano, que también era rico y al final está ardiendo en el fuego. Cuando uno lee el informe Forbes para comprobar las astronómicas fortunas y salarios de los más ricos del mundo y después se informa con rigor acerca de los más pobres de la tierra puede sufrir un shock agudo y una depresión profunda al constatar el abismo creciente entre unos y otros. Pero más grande aún será el abismo que separará a los ricos de los pobres en el definitivo Reino de Dios. Eso sí, con una significativa diferencia, a saber, que para entonces, según la perspectiva divina, cambiarán radicalmente las tornas y mientras que los últimos serán los primeros, los primeros serán los últimos, mientras que los marginados serán consolados, los ricachones sufrirán tormento o, dicho con palabras lucanas de la Virgen María, a los hambrientos se les colmará de bienes y a los opulentos se les despedirá vacíos.

 

La justicia de Dios a favor de los pobres

 

Éste es el mensaje esencial de la conocida parábola evangélica del pobre Lázaro, harapiento y llagado, y del rico que vestía de púrpura y de lino, y sus respectivos destinos (Lc 16,19-31). La interpretación falsa e hipócrita de esta parábola, sumamente elocuente para describir la situación de la mesa global, ha legitimado, no pocas veces, el ordenamiento social del mundo, ha contribuido sobremanera a sostener las diferentes clases sociales determinadas por la posesión de los bienes de la tierra y de los medios de producción con promesas celestiales para los que sufren las consecuencias humanas de una economía explotadora y excluyente, y ha justificado de manera conformista el sufrimiento de los empobrecidos en el aquí y ahora de la historia con el sueño de un más allá feliz. Lejos de esa interpretación parcial y tergiversadora, la parábola revela la inversión futura de las situaciones para los pobres y para los ricos como resultado irreversible de la justicia de Dios, que no puede dejar impunes a quienes generan, promueven, sostienen y disfrutan la clamorosa injusticia y la creciente desigualdad social y económica de este mundo.

 

La interpelación a los ricos

 

Esta revelación de la justicia de Dios pretende interpelar a los enriquecidos, a los que viven cómodamente, aprovechándose de los beneficios de este sistema injusto aun a costa de otros, y suscitar la conversión y el cambio de mentalidad y de conducta. Para ello el evangelio sitúa a pobres y ricos en la situación posterior a la muerte, que hermana a todos los hombres. Y desde ahí, en la perspectiva de la justicia de Dios, se revela que los ricos serán recompensados negativamente por Dios que no es parcial contra el pobre, y por ello se verán empobrecidos al verse privados no sólo de bienes materiales sino de los bienes definitivos y eternos de esta vida y de la otra, los bienes propios del Reino de Dios.

 

Los ricos carecen de lo esencial

 

El pobre rico en esta historia cree que lo tiene todo, pero en realidad carece de lo esencial. Le falta todo lo que conduce a una vida verdaderamente dichosa, pues ha perdido su dignidad (ni siquiera tiene nombre en la parábola) y la voluntad para amar al que sufre en la miseria. Y en el Reino de Dios eso es lo que cuenta, la dignidad y el amor de entrega generosa y solidaria, conducentes a la justicia divina. Sabemos que para los ricos no es fácil salir de esa situación, porque el ídolo del dinero por lo general tiene atrapados diabólicamente a los que más tienen. Pero no es imposible. Basta con escuchar la palabra interpelante del Evangelio, tomársela en serio y cambiar de mentalidad y de conducta. Para provocar este cambio el evangelio remite al final a un elemento indiscutible de la tradición bíblica: El mensaje de Moisés y de los profetas.

 

El mensaje del profeta Amós contra la explotación del pobre

 

Entre estos últimos destaca Amós, cuya denuncia es radical. Ya en el siglo VII a. C. Amós reprueba la explotación del pobre, el cual es tratado como mercancía negociable y degradada a objeto de compraventa, condena abiertamente la injusticia social, la depravación moral y religiosa, la violencia del lujo y el formalismo del culto (Am 6,1-7). Todo esto, según Amós, es incompatible con la fe en Dios. ¡Se acabó la orgía de los disolutos! – termina diciendo el profeta criticando la prepotencia y la aparente omnipotencia de los ricos -.

 

¡Pobres ricos!

 

Si no se escucha el mensaje de los profetas, si no se hace caso al Evangelio en su predilección por los pobres, si no se produce un cambio de mentalidad y de perspectiva cultural en esta dirección, serán inútiles otros signos aparentemente religiosos. Las consecuencias últimas de la crisis económica actual afectan y agravan la situación de los más pobres. Pero la palabra última que critica y enjuicia al mundo es la de Dios, el cual se pronuncia contra la opulencia de los prepotentes, causantes del desastre y de la miseria de Lázaro. Al concluir la lectura de esta parábola iluminadora de los contrastes de la historia y de nuestro mundo no tenemos más remedio que decir: ¡Pobres ricos!

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura