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REFLEXIÓN DOMINICAL: LA NAVIDAD, REGALO DE DIOS

Acerca del nacimiento de Jesús que hoy celebramos, hay acuerdo entre los especialistas en admitir como históricamente cierto que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande (37-4 a.C.), en la era del emperador Augusto (37 a.C.-14 d.C.), pero no se puede precisar el año exacto. Mateo y Lucas coinciden en que Jesús nació en vida de Herodes el Grande, y a tenor de los datos ofrecidos por el historiador judío Flavio Josefo podríamos concretar que fue antes de la primavera del año 4 a.C. Respecto al día del nacimiento no hay datos  suficientes. Por ese motivo la tradición cristiana ha querido celebrar el nacimiento de Jesús sirviéndose del fenómeno natural del resurgir del sol, celebrado también por otras religiones y culturas de latitudes semejantes a la del mediterráneo. Es el nacimiento de la luz según el ciclo anual del sol en el solsticio de invierno. El mundo cristiano lo celebra en la Nochebuena, de la cual nace un día ya más largo, el de la Navidad. La cultura cristiana ha hecho coincidir estos fenómenos luminosos con la celebración del nacimiento del Mesías Jesús. Los textos bíblicos de Nochebuena y Navidad presentan el surgimiento de esta luz en el niño Jesús. Jesús es la luz grande para la humanidad que habita tierra de sombras (Is 9,2). Él es la luz que brilla en la tiniebla como Palabra hecha carne (cf. Jn 1,5.14). Esta Pascua es preludio de la otra Pascua, la de la resurrección, en la que Cristo, el crucificado y resucitado, se presenta como vencedor de la muerte y de la tiniebla. La luz vencedora en la pascua de Resurrección es la luz que nace en el solsticio mesiánico del invierno. La tradición cristiana, como El Verbo encarnado, se ha hecho carne, cultura y humanidad para seguir encarnándose en las diversas culturas anunciando al mundo entero a Jesús, luz de las naciones.

Los evangelios de Mateo y Lucas, compuestos hacia el año 80, en sus dos primeros capítulos dedicados al origen de Jesús, tienen un interés mucho más teológico que histórico, y están escritos como relatos literarios, de género midrásico en su mayor parte, es decir escritos con textos y categorías del Antiguo Testamento que llegan a su cumplimiento en el Nuevo Testamento, hechos desde la fe y para la fe, con el fin de revelar la gran verdad del acontecimiento del nacimiento de Jesús y no tratan de mostrar tanto lo que a Jesús le pasó desde el principio cuanto de indicar quién es Él desde el principio.

El motivo real de la celebración de la Navidad y de nuestra alegría es el nacimiento de un niño, que se llama Jesús, que nació de María, la Virgen, y que es el Mesías e Hijo de Dios. Este Jesús no es sólo un deseo, ni el astro sol, sino una persona viva, que anunció con sus palabras y obras el inmenso amor de Dios a una humanidad sumida, entonces y ahora, en el mal, en el egoísmo, en la envidia, en la avaricia, en la injusticia, en el desprecio de unos a otros, y su amor entrañable le llevó a proclamar, con su muerte en la cruz, el triunfo del amor, del perdón, de la misericordia, del servicio a los demás, de la resistencia frente al mal y frente al pecado. En su muerte y resurrección se hizo patente que Él es el Hijo de Dios, la palabra viva y permanente que Dios ha revelado a la humanidad. Este Jesús es el camino concreto a todo ser humano para que, encontrándose con él, toda persona pueda salir adelante en medio de los sufrimientos de la vida. La Navidad es la fiesta que hace memoria de la natividad de aquel niño y actualiza la esperanza a la que puede renacer toda persona. Es Dios hecho hombre en un niño, el niño Dios, el niño Jesús. La Navidad que cada año celebramos es un gran regalo de Dios a las personas de buena voluntad, que nos llena de alegría y de paz capacitándonos para hacer un mundo de justicia y solidaridad. Feliz Navidad.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura