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Reflexión dominical: La misión es “Misericordear”

El evangelio de Lucas nos describe la trayectoria de Jesús en el camino hacia Jerusalén como una amplia sección de su obra, en la que muestra los rasgos principales de la figura de Jesús que él quiere destacar, entre los cuales sobresale, como en ningún otro evangelio, la “misericordia”. Merece la pena que en este año jubilar de la misericordia hagamos hincapié en el significado de la misma. Lucas presenta a Jesús como el profeta de la misericordia. Y la lección magistral de Jesús acerca del prójimo es la gran parábola conocida como la del buen Samaritano (Lc 10,29-37).

Con ella Jesús responde a la pregunta capciosa y teórica, “¿quién es mi prójimo?”, realizada por un letrado que pretendía justificarse eludiendo toda responsabilidad acerca del mandamiento del amor al prójimo (Lv 19,18). Jesús, sin embargo, responde interpelando directamente y con ejemplos concretos mediante dicha parábola. Ante la penosa situación de un hombre, víctima de un asalto y ya medio muerto en los márgenes de la vida, reaccionan de forma diferente tres personajes. Frente a la indiferencia del sacerdote judío y del levita Jesús resalta la ejemplaridad del que se hizo prójimo de aquel ser humano sumido en la miseria. El prójimo era un samaritano, es decir, un extraño, del cual se nos describen hasta siete acciones de ayuda concreta, siete obras de misericordia (el número siete evoca la plenitud y la perfección) que pueden ser el paradigma de la misericordia: “se conmocionó y, acercándose, vendó sus heridas, echando aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él”.

Sólo nos detendremos en las primeras acciones descritas en esta serie de verbos.

En el centro de ese relato sobresale un verbo, que es el exponente máximo del amor protagonizado por el forastero samaritano ante el “otro” necesitado. El verbo se traduce habitualmente como “conmoverse”, “sentir compasión” o “sentir lástima”, “conmocionarse” y otros sinónimos. Yo he preferido hasta ahora el verbo “conmocionarse” que es como un superlativo de “emocionarse”. Éste, etimológicamente significa moverse desde dentro, y es un movimiento interior, pero pasajero, pues una emoción suele durar poco tiempo. Una conmoción, sin embargo, es un movimiento que cambia la trayectoria de la vida. Es un movimiento que complica, es decir que co-implica a toda la persona en ese movimiento, tan interior que es profundamente espiritual, pero que se verifica en un despliegue de acciones de ayuda que expresan el amor gratuito hacia la persona necesitada.

Con todo, desde el que nuestro Papa Francisco nos ha redescubierto y destacado el verbo “misericordear” creo que es mejor utilizarlo para expresar también la novedad de la Buena Noticia del Evangelio. Mediante el verbo misericordear se resalta la profundidad del contenido etimológico de la palabra “misericordia”: el corazón volcado hacia el otro en situación de miseria, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, y al que se le presta ayuda adecuada y concreta. El término griego original, splanjnizomai es un verbo que implica un movimiento profundo, físico, interior, desde las “entrañas” (splanjna) como cuando decimos “me da un vuelco el corazón”. Es un amor que nace de las vísceras y es apasionado. Es un amor que afecta a toda la persona y la pone en movimiento hacia la persona amada. Es un amor profundamente espiritual, puesto que pone en marcha al ser humano para que pueda atender con la fuerza del espíritu la miseria humana presente en el otro. Es la “misericordia entrañable” convertida expresada como acción en un verbo.

Misericordear es, por tanto, actuar movido por el Espíritu con un inmenso amor que genera todas las acciones necesarias para atender al otro y restituirlo a la vida y a la dignidad. Es el amor que lleva consigo la valoración y el reconocimiento del otro en cuanto tal, independientemente de su procedencia y de su identidad social, étnica, cultural o religiosa. Es el amor que acoge al otro y se compromete con él para cambiar su situación penosa y miserable, movido siempre por la esperanza inquebrantable. Pero es un amor que mueve a la acción. Por todo ello la misericordia es el paradigma del amor cristiano y se traduce en múltiples obras de misericordia, por lo cual resulta preciosa la interpretación del papa al destacar el verbo “misericordear”.

Sería hermoso asumir entre todos los creyentes el nuevo término papal, “misericordear”, para que éste fuera creando una realidad nueva de cultura samaritana en nuestro mundo, y sería sin duda una gran aportación misionera específicamente evangelizadora. La palabra es creadora. Contribuyamos pues a la creación de unas relaciones entre los seres que nos permitan la verdadera reconciliación de todos los seres humanos mediante la conjugación activa y pasiva del verbo “misericordear”. Cuando las prácticas religiosas no corresponden a la auténtica misericordia, la religión se desvirtúa y es pura farsa. Por todo ello la misericordia es el paradigma de la acción de ayuda y se traduce en múltiples obras de misericordia.

Otro verbo importante es “acercarse”, es decir, aproximarse al otro. Es establecer una relación inmediata de empatía, que permite ir hasta el lugar del otro, ponerse en el lugar del otro, pero sin dejar de ser lo que uno es. Este verbo es el que nos permite identificar esta parábola como la del “prójimo” samaritano, porque prójimo no es en primera instancia el otro, sino el que “se aproxima” al necesitado. Todas las acciones restantes son consecuencia de las dos anteriores y verifican la misericordia. Expresan una acción inmediata, con lo que hay disponible, con vendas, con aceite y vino. Y además implica una reorientación de la vida y del camino a seguir, para hacer un camino junto al necesitado, acompañándolo hasta comprometerse con él en el cuidado permanente hasta que se rehabilite para la vida ordinaria y digna. En ese camino junto al otro se está poniendo en marcha el mecanismo permanente de la ayuda, que saca a uno de su yo, se pone en el lugar del otro, comparte el camino con el otro y se compromete con el otro hasta su reconstitución como sujeto de vida digna, rescatado de la miseria en que se encontraba. Por eso la misericordia es siempre liberadora, una acción profunda, comprometida, de entrega generosa, indebida y no exigible, que es puro don al otro, y que no anula al otro sino que se le acompaña para que sea persona, sujeto, libre y capacitado para gestionar su propia vida.

De esta manera, Jesús no responde a la pregunta de quién es el prójimo, sino a la de cómo uno se hace prójimo de otro. Se trata de hacer algo en favor de los maltratados de este mundo, de los dañados, de los sufrientes que encontramos a la vera de nuestro caminar, no se trata de teorizar. Se trata de ayudar a los apaleados, no de dar rodeos elucubrando. Se trata de amar con todas las consecuencias y con todo el corazón, no de vivir un culto vacío, aunque éste aparente ser muy religioso. El prójimo no es una teoría. El prójimo es todo ser humano que esté cerca del otro en situación de sufrimiento y con ello se incluye, desde el enfermo hasta el pobre, a todos los últimos de la sociedad. Y al hacerse uno próximo a los otros necesitados entonces estos otros quedan aproximados e incorporados a nuestra propia vida y a nuestra identidad, de tal manera que los podemos considerar nuestro “prójimo”, porque cuando uno se acerca al que sufre con auténtica misericordia, el que sufre se acerca a nosotros y es ya también nuestro “prójimo”, como consecuencia y resultado de la primera acción del amor del que se ha hecho próximo al otro.

Entonces ya se puede decir que el prójimo es cualquier ser humano marginado, humillado, maltratado, oprimido y explotado, cualquier persona que sufre y a la que uno se acerca, siendo esto último la condición de la relación de projimidad. Esta nueva mentalidad es la que deriva de la misericordia entrañable y compasiva de Jesús, que como tantas veces en los evangelios, va desvelando el amor de Dios en él y su concentración en los últimos de la sociedad, en los marginados y en los pobres. Hagamos nosotros lo mismo que el prójimo samaritano ante cualquier situación concreta de sufrimiento o de marginación de nuestro entorno próximo y seremos generadores de una nueva cultura samaritana, creada por la fuerza del verbo misericordear.

Pero, sobre todo, el prójimo es cada uno de nosotros. Somos prójimos cuando misericordeamos y nos acercamos, movidos y conmocionados por un profundo amor misericordioso hacia todos los últimos de la sociedad, y ponemos en marcha todos los mecanismos necesarios para hacer frente al mal que deja medio muertos o enteramente muertos a nuestros hermanos y les ayudamos concreta y adecuadamente a salir delante de cualquier tipo de situación miserable. Poner manos a la obra en todos los frentes necesarios, desde la inmediatez de las urgencias que nos apremian en los rostros desfigurados y en los cuerpos rotos de los hermanos hasta la proyección de transformaciones estructurales, mentales, sociales y políticas que conduzcan, desde el amor misericordioso, a la incorporación a la vida digna de todos los desvalidos, maltratados, desheredados y empobrecidos. El prójimo no es el otro, sino tú y yo cuando nos aproximamos a los marginados por cualquier causa para unirnos a sus vidas en la solidaridad profunda que nos capacita para no dar a nadie nunca por perdido ni por desahuciado y para abrir nuevos senderos de dignidad y de libertad, rompiendo todo tipo de barreras y fronteras. Éste es el Evangelio de la Misericordia, que nos orienta a vivir nuestra vida siendo “misericordiosos como el Padre”. La misión es misericordear.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

José Cervantes
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Sacerdote Misionero y Profesor de Sagrada Escritura, Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle. Director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra
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