La celebración dominical fue presidida por el Arzobispo Mons. Sergio Gualberti y concelebrada por el Nuncio Apostólico Mons. Jean Batista Diquattro. En su homilía, Mons. Gualberti manifestó su alegría, por la celebración del primer aniversario de la visita del Papa Francisco, también saludó a los delegados del Encuentro Arquidiocesano Misionero que se realiza en Santa Cruz con miras a la preparación del V Congreso Americano Misionero cuya sede será la Arquidiócesis de Santa Cruz.
Mons. Gualberti en la parte central de su Homilía abordó la temática de la misericordia como parte integrante de la misión de todo cristiano y de la Iglesia. Para ilustrar su mensaje, rememoró la parábola del Buen Samaritano un relato bíblico que es considerado una pieza magistral de la literatura universal que resalta el amor que se le debe prodigar a toda persona humana agredida, desamparada y necesitada de ayuda. Por otro lado empleó el termino acuñado por el papa Francisco, para expresar lo que significa hacerse próximo: “misericordiar”, es decir hacer brotar todas las acciones necesarias para atender al otro en su dolor, abandono y necesidad, para restituirlo a la vida y a la dignidad.
Mons. Gualberti cuestionó la actitud pasiva de los cristianos frente a cuantos hermanos y hermanas en nuestra ciudad, en el país y en el mundo están tiradas en el camino, gimen con las venas abiertas y despojadas por la pobreza y la marginación, cuántos niños y ancianos abandonados, cuantas mujeres violadas y víctimas de la violencia, y cuantas personas atemorizadas y discriminadas por su fe o sus convicciones discordantes con el pensamiento dominante.
Finalmente el Arzobispo exhortó al pueblo de Dios a entender que “Hacernos prójimo” significa no hacernos de la vista gorda, no ser indiferentes ante el necesitado, porque lo que verdaderamente es contrario al amor, no es el odio, sino la indiferencia. Hacerse próximo implica hacernos cercanos, entablar relación con “el otro”, sea quien sea, dejarnos tocar por su dolor y miseria, sembrar esperanza y actuar con misericordia.
HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI
PRONUNCIADA EN LA CATEDRAL DE SAN LORENZO MARTIR
JULIO 10 DE 2016
La alegría ha marcado esta semana nuestra Iglesia en Santa Cruz, por las celebraciones del 1er aniversario de la visita del Papa Francisco, en particular la Eucaristía de anoche en el Cristo, con la participación entusiasta de muchos fieles. Hemos tenido la oportunidad de profundizar en la figura del Papa como pastor solícito, entregado y cercano al rebaño a imagen de Cristo el Buen Pastor. También hemos traído a la memoria y en nuestros corazones, sus palabras y sus gestos proféticos, y hemos retomado los desafíos que él nos ha lanzado para que seamos una Iglesia misionera, en salida, cercana a los pobres y desechados del mundo de hoy, para transformar la lógica del descarte en la lógica de la solidaridad y comunión; Iglesia comprometida en cambiar el corazón de las personas y de la sociedad, inspirada en el misterio de la misericordia del Padre.
En este camino de conversión hacia una Iglesia misionera y misericordiosa, desde el viernes estamos celebrando el Encuentro Arquidiocesano Misionero y aquí entre nosotros contamos con la presencia de los delegados de todas las parroquias y Vicarías. Orientados por el lema ”Santa Cruz en misión, el Evangelio es alegría” buscamos “Fortalecer la identidad y el compromiso misionero de nuestra Iglesia, para responder con mayor valentía, generosidad y eficacia a los desafíos de la nueva evangelización”. Este encuentro representa un hito importante en nuestro camino de ser una Iglesia en salida, en estado de misión, que anuncia con alegría el Evangelio de Jesús en nuestra sociedad, en particular a los que no lo conocen y los lejanos. También es un paso importante en la preparación del V Congreso Americano Misionero a realizarse en nuestra Arquidiócesis de aquí a dos años, en el que acogeremos a misioneros de todo el Continente.
El Evangelio de hoy ilumina este caminar al mostrarnos la parábola del Buen Samaritano, en ella Jesús nos indica que la misericordia es parte integrante de la misión de todo cristiano y de la Iglesia.
Un maestro de la ley se acerca a Jesús con un interrogante fundamental en la vida de todo creyente: “¿Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?”. Jesús le contesta con otra pregunta: “¿Qué está escrito en la ley?” de Moisés. El letrado responde con el mandamiento central de la ley: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, tus fuerzas y con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo”. Y Jesús le dijo: “Haz respondido correctamente. Haz eso y vivirás”, porque el amor es la vida, y en él se resume toda la ley.
Pero ese maestro, como para justificarse, pone otra pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. En los círculos religiosos judaicos de aquel tiempo, esta cuestión era objeto de discusión, aunque al final se llegaba siempre a la misma conclusión: el prójimo es el hermano de religión y miembro del pueblo judío, los demás no eran considerados prójimo.
A este interrogante Jesús contesta con una narración, considerada una pieza magistral no sólo del Evangelio, sino de toda la literatura mundial. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue atacado por ladrones, que le robaron y golpearon, y se fueron dejándole medio muerto”. Un hombre, nada más, sin ningún adjetivo, bueno o malo, rico o pobre, de los nuestros o de los otros; este hombre entonces representa a toda persona humana agredida, desamparada y necesitada de ayuda.
Cuantos hermanos y hermanas en nuestra ciudad, en el país y en el mundo están tiradas en el camino, gimen con las venas abiertas y despojadas por la pobreza y la marginación, cuantos niños y ancianos abandonados, cuantas mujeres violadas y víctimas de la violencia, y cuantas personas atemorizadas y discriminadas por su fe o sus convicciones discordantes con el pensamiento dominante.
A lado de ese hombre medio muerto, pasan tres personajes quienes, con su actuar, ponen de manifiesto la calidad de su amor. Los primeros dos que cruzan por el camino son un sacerdote y un ayudante del templo de Jerusalén, pero al ver al herido, pasan de largo. Su actitud es signo de indiferencia y de corazones tan encerrados en sus esquemas, seguridades e intereses personales, que no se conmueven ante el sufrimiento y el dolor de los demás.
Ellos, al no encontrar a esa víctima de los ladrones, tampoco encontrarán a Dios: “Encuentra al ser humano, y alcanzarás a Dios” (San Agustín). Esto puede pasar también con nosotros, pasar al lado de los problemas ajenos con el miedo de que nos toquen y nos quiten de nuestros quehaceres y programas, encerrados en nuestro egoísmo ciego con la excusa de que: “No es mi problema”.
Luego por ese camino pasa un samaritano, habitante de una región despreciada por los judíos porque no cumplían a cabalidad la ley de Moisés. Este extranjero y marginado, como vio al herido, sintió compasión, bajó del caballo y se le acercó, sin hacerse preguntas: “ ¿Qué dice la ley? ¿Es o no es mi prójimo, es o no es de mi pueblo y religión? Tal vez tiene miedo y duda de parar en un lugar peligroso y aislado, pero es más fuerte en él su bondad y su espíritu de solidaridad. El Evangelista Lucas describe magistralmente la acción con una sucesión vertiginosa de verbos: vio al herido, se conmovió, se acercó, bajó del caballo, vació sus ampollas de aceite y vino, vendó las heridas, lo subió a su cabalgadura, lo llevó a la posada, lo cuidó, pagó y lo encomendó al dueño del albergue. Él siente verdadera compasión, se conmociona, sus entrañas se estremecen, hace propio su problema y actúa con misericordia. Él vuelca su corazón hacia ese desconocido que sufre, este paso no nace por instinto, es fruto de una lucha interior, tiene que superar prejuicios, miedos y egoísmo, es una conquista. Terminada la parábola, Jesús hace una pregunta clave al maestro de la ley: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. La pregunta no es “quién es el prójimo”, sino ¿Quién se ha hecho prójimo de ese herido? Hacernos prójimo” significa no hacernos de la vista gorda, no ser indiferentes ante el necesitado, porque lo que verdaderamente es contrario al amor, no es el odio, sino la indiferencia. Hacerse próximo implica hacernos cercanos, entablar relación con “el otro”, sea quien sea, dejarnos tocar por su dolor y miseria, sembrar esperanza y actuar con misericordia.
Luego Jesús concluye el diálogo con el maestro de la ley con una orden: “Ve y haz tú lo mismo”. Esta mañana nos lo está diciendo a cada uno de nosotros: “Tú también hazte samaritano, hazte prójimo, sin distinción alguna, de todo aquel que esté en situación de sufrimiento, míralo en los ojos, muestra misericordia, haz algo en favor de los maltratados de este mundo, no te quedes en palabras”. El papa Francisco, para expresar lo que significa hacerse próximo, ha forjado el verbo “misericordiar”, es decir hacer brotar todas las acciones necesarias para atender al otro en su dolor, abandono y necesidad, para restituirlo a la vida y a la dignidad.
El amor misericordioso del samaritano, no conoce límites, barreras, ni fronteras de ningún tipo, es un amor que humaniza a las personas. Esta actitud de misericordia tiene que acompañar al discípulo misionero, actitud semejante a la que ha manifestado Dios en Cristo que ha dado su vida por nosotros en la cruz (2da lect.). Por eso el anuncio del Evangelio tiene que llevar consigo el compromiso por la promoción humana y la liberación integral de las personas, tanto en lo material como en lo espiritual. El misionero, lleno de la misericordia de Jesús, tiene que sembrar vida y amor, para que en todos los ámbitos de nuestra sociedad haya “prójimos” y no adversarios. Es un camino cansador pero bello, una aventura única, hagámosla nuestra con alegría, seamos prójimo para “heredar la vida eterna”.
Amén


