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REFLEXIÓN DOMINICAL: LA ALEGRÍA DE ANUNCIAR A JESUCRISTO HACE DEL PAPA FRANCISCO EL MEJOR MISIONERO (DOMUND 2013)

El mensaje del papa Francisco para el día del Domund 2013 resume todos los aspectos pastorales y teológicos que caracterizan la identidad misionera de la Iglesia y a su vez alimentan constantemente su múltiple actividad evangelizadora. De este modo el Papa contribuye a orientar a la Iglesia actual por los Caminos de la Palabra en la nueva Evangelización y lo hace con tal vehemencia y convicción que su alegría genera entusiasmo e ilusión en todos los miembros activos y conscientes de su misión dentro del Pueblo de Dios. Obispos, sacerdotes, misioneros y misioneras, religiosos y laicos, mujeres y hombres, recibimos un impulso nuevo al leer este mensaje que nos remite a lo nuclear de la misión, es decir, a la necesidad imperiosa de comunicar la alegría del Evangelio de Jesucristo en todo lugar, ámbito y dimensión de la vida humana.

El sucesor de Pedro parte de la fe como don de Dios y como respuesta personal, subraya el valor eclesial de la misión de transmitir la fe como un anuncio explícito y un testimonio vivo del Evangelio y se centra en la idea de la misionariedad de la Iglesia. Ésta es un elemento esencial de la comunidad cristiana y pertenece a su propia naturaleza e identidad, tal como afirma el Concilio Vaticano II, pues realmente la alegría de dar a conocer a Jesucristo apremia a los creyentes a llevar a cabo la Nueva Evangelización.

El mensaje de Francisco, el obispo de Roma, nos ofrece un gran estímulo para seguir tomando conciencia de la identidad misionera de la Iglesia, y yo quisiera recapitularlo como una especie de decálogo que ayude a la reflexión en nuestras comunidades con motivo del Domund 2013:

1. La fe es don precioso de Dios ofrecido a todos, pero requiere una respuesta personal e ineludible.

2. «El impulso misionero es una señal clara de la madurez de la comunidad eclesial» (Verbum Domini, 95).

3. La misionariedad es un aspecto esencial, programático y paradigmático de la vida de la Iglesia.

4. Todo cristiano debe ser heraldo del Evangelio con fervor, alegría, coraje y esperanza para poder así anunciar a todos el mensaje de Cristo.

5. Frente a la violencia, la mentira y el error del mundo en que vivimos, los creyentes somos misioneros, mediante el anuncio y  el testimonio de los valores del Evangelio.

6. El anuncio de Cristo se hace desde la Iglesia y como Iglesia

7. Frente a toda crisis, especialmente la de valores, el Evangelio de Cristo es  anuncio de esperanza, reconciliación, comunión y cercanía de Dios, que nos capacita para vencer el mal y conducirnos hacia el camino del bien.

8. El deseo de compartir esta experiencia de gran alegría es la quintaesencia de la identidad misionera de la Iglesia

9. El Papa anima a todo el pueblo de Dios a reavivar esta dimensión de la vida cristiana

10. El papa agradece a todos los misioneros y misioneras que, fuera de su tierra de origen, dedican su vida  al Evangelio, particularmente a los que por ello son perseguidos y los anima a seguir compartiendo la alegría del Evangelio.

Del mensaje papal quiero subrayar varios elementos. Además del contenido, sucintamente expuesto, es preciso destacar el talante de alegría que impregna todo el documento. Nueve veces se menciona la palabra “alegría” como un aspecto esencial de la misión evangelizadora, desde el primer párrafo hasta el último. La alegría es inherente al Evangelio, al recibirlo y al comunicarlo. Se vive en la liturgia y se reclama como factor decisivo en el testimonio de los creyentes. La alegría es la experiencia profunda del Espíritu en nosotros al poder vivir el encuentro personal con Cristo y sentirnos impulsados a compartirla con nuestros hermanos y hermanas. Por eso concluye con la cita final de Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi, 80, que alude a la “confortadora alegría de evangelizar”.

Otro aspecto importante es que el papa ha introducido la palabra “misionariedad” en este mensaje y en algunos otros, asumiendo así un nuevo término, conocido ya en la teología de la misión (J. Esquerda Bifet, “La misionariedad de la Iglesia en América Latina, a la luz del discipulado evangélico” Medellín, 125 (2006) 99-120),  pero no utilizado hasta ahora en la doctrina de la Iglesia, ya que no aparece como tal ni en el Concilio Vaticano II ni en las conferencias del CELAM, ni en los documentos papales eminentemente misioneros de Pablo VI (Evangelii Nuntiandi), Juan Pablo II (Redemptoris Missio) y Benedicto XVI (Verbum Domini). Sin intentar hacer una definición del mismo Francisco lo refiere al “mandato confiado por Jesús a los Apóstoles de ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial: todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio.” La misionariedad constituye, pues, uno de los elementos fundamentales de la eclesiología del papa Francisco, con la cual él quiere mostrar al mundo una Iglesia no autorreferencial, descentrada de sí misma, una Iglesia en misión evangelizadora, una Iglesia que rompe sus fronteras, amplía los límites personales y geográficos de la fe y se orienta hacia el mundo entero y hacia sus múltiples periferias para anunciar la alegría del encuentro con Cristo mediante el Evangelio. Cuando se acuña una nueva palabra para expresar una realidad es que esa realidad va tomando consistencia de tal manera que la esencia de la misión evangelizadora se convierte en sustancia y por ello se hace “sustantivo”, un sustantivo que identifica a la Iglesia y a todo creyente, sin excepción, del Pueblo de Dios.

La misionariedad de la Iglesia se proyecta sobre tierra firme y por eso el papa orienta su mirada a las diversas realidades de nuestro mundo actual como espacios donde la palabra del Evangelio puede ser regeneradora de una nueva vida, personal y social. Allí donde impera la violencia, la corrupción y la mentira, la Iglesia está llamada a dar una palabra de esperanza, de misericordia y de verdad que sea capaz de ir transformando la sociedad con los impulsos de una nueva evangelización, más profunda y apasionada. Esto se ha de llevar a cabo especialmente en las Iglesias de Latinoamérica, donde se ha declarado a partir de Aparecida (2007) el estado de Misión Permanente. Muchos ámbitos y dimensiones de la vida individual y social, así como los elementos característicos de la pluralidad cultural de América Latina requieren una profundización y un anclaje mayor en los auténticos valores del Evangelio. Entre otros valores evangélicos cuyo anuncio urgente apremia podemos destacar la experiencia de Dios como Padre, el reconocimiento y la valoración del otro y de los otros como fundamento del respeto mutuo, la libertad inalienable de la persona humana vinculada a su dignidad inviolable como imagen de Dios, la conciencia de la responsabilidad personal, la justicia propia del Reino de Dios y la vivencia de grandes valores evangélicos como la gratuidad y el perdón.

Para los individuos y sociedades del mundo occidental, donde el secularismo ha hecho estragos en el proceso de alejamiento de Dios y donde el relativismo moral ha conseguido prácticamente prescindir de la referencia a toda trascendencia, el Evangelio constituye una palabra potente para transformar la mentalidad de las gentes y para cambiar el mundo. Las diversas crisis en las que está sumida la actual civilización occidental, la económica y la ecológica, la alimentaria y la energética, han abocado a una crisis fundamental de valores, si es que no han nacido de ella. Allí donde se ha impuesto la supremacía del ídolo mamon, es decir, el dinero como valor supremo, la codicia como pasión dominante y el capital como mano negra, invisible e implacable en el sistema, el anuncio del Evangelio de Jesucristo sigue siendo una palabra alternativa capaz de abrir nuevos caminos que conduzcan a la transformación y construcción de sociedades libres, participativas e igualitarias donde se tengan los derechos humanos como principios básicos de la convivencia y de la relación fraterna entre los pueblos y donde el decálogo en cuanto prescripción normativa de las relaciones humanas, constituya el exponente de los mínimos morales exigibles a todos los individuos en un orden de justicia y de paz.

Además, en las vastas regiones de las periferias del mundo, donde todavía no ha llegado la Palabra del Evangelio y en los sectores marginales de las poblaciones del bienestar económico, donde tampoco llega el mensaje liberador y transformador del Jesucristo, hace falta una difusión el Evangelio tal que llegue a los corazones de las personas dando consuelo, sentido y esperanza y promueva la transformación de las condiciones sociales de la vida humana, frecuentemente amenazada y atenazada por la injusticia, la violencia, la corrupción y la mentira.

Para llegar a todos estos ámbitos la palabra del sucesor de Pedro tiene siempre el mismo contenido y tenor: la alegría y la convicción personal en la transmisión testimonial del Evangelio, siguiendo las huellas de Jesucristo y el ejemplo, a veces martirial, de los misioneros y misioneras extendidos por toda la tierra. Esa alegría es la que el papa irradia con su personalidad firme, con su estilo de vida, humilde y sencillo, y con su testimonio personal de amor y de proximidad a los últimos y necesitados.  La Palabra de Dios fecunda siempre su pensamiento y en ella encuentra Francisco la fuente de su alegría profética que hacen de él, sin duda, el paladín de la misión y el mejor misionero.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

José Cervantes
José Cervanteshttp://web.forodigital.es/josecervantes
Sacerdote Misionero y Profesor de Sagrada Escritura, Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle. Director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra
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