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Reflexión dominical: La acumulación de bienes es incompatible con servir a Dios

La situación económica global del mundo en que vivimos está marcada por la gran crisis cuya eclosión empieza en el 2007, pero cuyo origen real es anterior y nace del endiosamiento del dinero y de la acumulación de capital por parte de los megarricos del planeta y de los que administran sus riquezas mientras que la pobreza sigue avanzando y la desigualdad sigue generando diariamente violencia, extorsión, opresión y muerte. En este contexto la palabra de Dios de este domingo contiene un mensaje evangélico contundente que puede aportar, una vez más, el criterio definitivo para la convivencia humana en esta tierra, en lo relativo al dinero, cuya formulación en forma de principio podría ser: servir a Dios lleva consigo renunciar a la acumulación de dinero en favor de los necesitados. El profeta Amós y el evangelio de Lucas de hoy tratan de asuntos económicos y sociales, desde una perspectiva religiosa.

Amós es el primer profeta bíblico que nos transmitió su mensaje por escrito. Desempeño su misión profética en el Reino del Norte de Israel en tiempos de Jeroboam II (782-753), en una época de terrible opresión de los pobres y de la corrupción en los tribunales de justicia. El profeta Amós denunció esta trágica situación. La novedad de su mensaje consistió en el rechazo del reformismo para dar paso a la ruptura total con las estructuras vigentes (Am 8,4-7). La denuncia de los pecados concretos del lujo, la injusticia, la corrupción en la administración de la justicia, el culto exterior y la falsa seguridad religiosa constituye el centro de su intervención profética. Amós, con la libertad radical de los profetas, ponía el dedo en la llaga al desvelar que la raíz del mal social estaba en el corazón de las personas y, sobre todo, en las instituciones.

El evangelio de Lucas, por su parte, muestra el carácter profético de Jesús en este mismo sentido con la parábola del dinero injusto (Lc 16,1-15). Jesús descubre la trampa en la que el dinero, en cuanto aspiración idolátrica de la vida humana, tiene atrapada a la gente. Su mensaje central es la sentencia lapidaria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). En esa parábola se revela la injusticia de un sistema económico que utiliza el préstamo de dinero con interés para agrandar el abismo existente entre pobres y ricos. El administrador era una persona de confianza, se trataba de un representante del amo, con la capacidad para hacer préstamos, arrendamientos y avales. Al hacer préstamos recibía una comisión en concepto de intereses. Esa comisión aparecía también normalmente en el total de la deuda. Jesús no alaba la injusticia del administrador ni su falta de seriedad. No es la parábola del administrador injusto, sino del administrador listo, porque supo renunciar a los intereses que a él le correspondían. La cuestión central, motivo del elogio, es la renuncia al beneficio propio. Lo que elogia el amo es la sagacidad del administrador por detraer de la deuda total la comisión que le corresponde, ganándose así la amistad de los deudores. 

El administrador sagaz de la parábola es elogiado porque utiliza su poder para cumplir la ley del Antiguo Testamento (cf. Éx 22,24-25; Dt 23,20; Lv 25,35-38), que prohibía cobrar los intereses de los préstamos, haciéndose eco de la crítica profética de Amós (Am 8,4-7) y corregir así el sistema económico vigente en la época de Jesús (y también en la nuestra). Aunque en principio fuera por interés personal, la conducta del administrador responde en el fondo a los intereses y planteamientos de una moral económica de los oprimidos, para la cual no los ricos sino los pobres son importantes. Según la parábola, quien tiene dinero y bienes es en realidad sólo administrador de los mismos, no un propietario. La correcta administración de los bienes tiene que responder a las necesidades de los pobres y necesitados. El dinero (y el sistema económico, – incluido el crecimiento económico-) no es un fin en sí mismo y sólo ha de servir para hacer el bien, especialmente a los más pobres del mundo.

El versículo de Lc 16,9 tiene dos posibilidades de interpretación, según se entienda la preposición griega ek, que precede a la palabra dinero, con un sentido instrumental, equivalente a la preposición española con, o con un sentido de separación o cesación, equivalente a apartarse del dinero. Yo prefiero la segunda interpretación pues se trata, a mi parecer, de un genitivo de separación. Esta traducción armoniza mejor con la renuncia a la codicia y a la acumulación egoísta de bienes, propias del evangelista Lucas, como ya hemos visto en domingos anteriores. Por tanto, hacerse amigos apartándose del injusto dinero implica todo lo contrario al dinamismo de la esclavización, de la usura, del interés económico y del empobrecimiento de los desheredados y supone entrar en el mundo de los valores eternos y de los bienes verdaderamente valiosos, como son el perdón, la comunión fraterna, la misericordia, la justicia y la alegría. Con todo, aun cuando se optara por la primera interpretación, el elogio de parte de Jesús se debe a la sagacidad del administrador que ha sabido renunciar al beneficio propio a favor de los endeudados insolventes para pagar sus deudas.

El texto deja entrever además dos cosas, la primera es que serán éstos, los endeudados insolventes, los pobres, los que irán a heredar las moradas eternas, y por ello tiene sentido hacerse amigos de ellos para poder ser recibidos por ellos en la eternidad, y la segunda es que el dinero es algo efímero y poco importante, pues un día, más tarde o más temprano, se acabará, tal como muestra después la parábola del rico y Lázaro. De este modo las dos parábolas del capítulo dieciséis de Lucas permiten vislumbrar un nuevo horizonte de economía alternativa orientado a atender, en primer lugar, las necesidades de los pobres y a compartir con ellos los bienes sin esperar nada a cambio.

La alternativa entre Dios y el dinero (denominado Mamon) se convierte en un absoluto. Jesús es consciente del atractivo seductor y corruptor de las riquezas y sabe que el dinero es un dios que exige pleitesía y adoración. Cuando el dinero se convierte en dios, se pone en peligro la convivencia humana. Por eso Jesús declara abiertamente que no se puede servir a Dios y al dinero (Mamon).

Cualquier parecido entre la realidad y la parábola de este domingo no es pura coincidencia, sino la manifestación de un Dios amor, que se ha manifestado en Jesús como definitivo mediador entre Dios y los hombres y con su enseñanza y con su muerte y resurrección ha entregado su vida en rescate por todos revelando al mundo la bondad de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,1-8). A través de la parábola evangélica podemos conocer mucho mejor la verdad que puede abrir caminos de salvación en la situación penosa actual de nuestro mundo.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura