Hoy miramos al crucificado, Jesús
Hoy, Viernes Santo, volvemos la mirada a la cruz para encontrarnos con Jesús crucificado, oír su voz, escuchar su palabra y meditar sobre el sentido de su muerte, de modo que, acogiendo su Espíritu de entrega por amor hasta la donación total de la vida, podamos participar ya en su Reino, un Reino de fraternidad y de justicia, de perdón y de reconciliación que abre nuestros corazones a la vida y a la esperanza; un Reino de Amor que puede iluminarnos para entender qué tenemos que hacer para transformar nuestra vida personal y social.
Jesús muere por nosotros
Si bien es verdad que a Cristo lo han matado injustamente, es mucha más verdad que él muere por todos nosotros. El que está en la cruz es Jesús, víctima de las insidias de los poderosos, de las maquinaciones de los sumos sacerdotes, de los letrados y fariseos, de los que controlaban la práctica religiosa, la observancia rigurosa de la ley y el templo como centro del culto sacrificial y lugar de peregrinación de todo buen creyente. Y también es víctima de los políticos de turno, como Pilato, que, traicionando su propia conciencia, manda a la cruz al inocente Jesús.
Jesús es inocente
Pero el que está en la cruz es inocente. No se sabe bien por qué está en la cruz. No existe ni la más mínima razón para una condena así. Seguramente el motivo último y real de su ajusticiamiento fue su comportamiento, pero esto no lo podían decir los que lo acusaron. Su transparencia vital, su compromiso con la verdad, su fidelidad al Reino y su coherencia hasta el final le llevaron a criticar a las instituciones públicas religiosas y judías, por amor a los pobres e indefensos, a los marginados, los excluidos y explotados.
Crucificado por anunciar el Reino de Dios y su justicia
Por anunciar el Evangelio del Reino de Dios y su justicia y por actuar con coherencia, Jesús está ahora crucificado. Jesús fue considerado una amenaza contra los intereses económicos, políticos y religiosos de la clase dirigente, que representaba los intereses del pueblo judío. También hubo una concesión por parte de los romanos (Poncio Pilatos), por connivencia de poderes hacia esta clase dirigente y por complicidad asesina contra el inocente. Estamos ante Jesús crucificado, el hermano inocente y justo por excelencia, solidario hasta el extremo con todos los inocentes que mueren injustamente. Cada minuto que pasa en esta homilía mueren veinticinco niños de hambre en el mundo. Hoy se repite el Viernes Santo. Hoy no podemos contemplar al crucificado de esta cruz sin mirar a los crucificados del mundo presente.
Qué parte de responsabilidad tenemos cada uno
Ante la muerte del inocente, no está claro qué parte de responsabilidad hay en cada cual, también en cada uno de nosotros. El hecho último es que Jesús está crucificado. Sin culpa alguna. Sólo por hacer el bien. Y hemos escuchado a Jesús en su último aliento, a través de las palabras del Evangelio de Juan, que hoy se proclama en la Iglesia. Escuchemos también a las víctimas del mundo. Y veamos qué estamos haciendo los testigos de tanta muerte. Descubramos en conciencia nuestras actitudes profundas y nuestros comportamientos habituales ante el inocente y el justo que está muriendo y ojalá que sirvan mis palabras para identificarnos con el justo Jesús, y sepamos solidarizarnos con su causa a favor de los pobres, de los oprimidos y de las víctimas inocentes de la historia presente.
El don de la madre: “Ahí tienes a tu madre”
En el evangelio de Juan, el crucificado ha dicho una palabra a la Madre y al discípulo amado (Juan 19,25–27) Cerca de la cruz, la madre de Jesús y el discípulo que Jesús amó están junto a él. Jesús dijo a la madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Y dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” En el Evangelio de Juan, la escena de su madre María sitúa a la mujer ante la cruz como testigo de vida y como figura de una comunidad que debe hacerse cargo de la vida. El discípulo amado asume una responsabilidad nueva: cuidar a la madre, custodiar la vida en medio del dolor.
La fraternidad de los discípulos con la Madre
Según san Juan, las mujeres no estaban mirando a lo lejos, sino junto a la cruz de Jesús. La primera mencionada entre todas ellas es la madre de Jesús. Ahora le toca sufrir, pero de esta hora y de esta muerte nacerá una nueva vida, la vida de la nueva humanidad que tiene en la comunidad de los discípulos, una casa privilegiada para hacer posible la fraternidad universal, esa realidad de comunión fraterna por la que Jesús está dando la vida, sellando con su muerte que la entrega por amor y que el servicio a los demás es el nuevo camino de la familia humana. Al contar con la madre para llevar a cabo la fraternidad de los seres humanos podemos vivir este trago con paz. Ella, como toda mujer, es garante de la vida y del amor en la historia humana.
La nueva familia que nace de la cruz
Por eso Jesús la nombra “Mujer”, una palabra de vida y universal. Es la nueva Eva de la que nace junto a la cruz una nueva estirpe, la de los discípulos, la de la comunidad creyente, la comunidad eclesial… “Ahí tienes a tu Hijo”. Con María y como ella, que estaba junto a la cruz, y como todas aquellas mujeres, todo aquel que permanezca firme y solidario ante el dolor y el sufrimiento de cualquier ser humano, especialmente ante el sufrimiento injusto, se convierte en testigo por excelencia de la nueva humanidad. Ésa es la nueva familia que nace de la cruz de la Pasión de Cristo.
La cercanía a todos los que sufren
Orientados desde la pasión por el testimonio inquebrantable de la fidelidad de las mujeres discípulas que tiene en María, ya madre nuestra, a la que es “signo de esperanza y de consuelo” para toda la Iglesia, la primera característica de la nueva familia de los discípulos, ha de ser la cercanía a todos los que sufren la miseria, la injusticia, la opresión y la violencia. Esta nueva comunidad de discípulos recibe su impulso definitivo en la resurrección de Cristo y con el don de su Espíritu, pero se anuncia y se gesta su nacimiento al pie de la cruz, donde se consuma el amor más grande de la historia humana.
Junto a los crucificados de hoy
Permaneciendo en este amor, permaneciendo junto a la cruz de los inocentes, de los moribundos, de los enfermos, de los ancianos, de los niños hambrientos, desnutridos y desamparados, de los niños que no han nacido, de los muertos en la lucha por la justicia, permaneciendo junto a los condenados por la sociedad, a los encarcelados, a los que no se les ha hecho un juicio con sentencia, estando cerca de los excluidos y marginados del mundo, estando cerca de los emigrantes y desterrados en cualquier país de la tierra, estando, en definitiva, junto a los crucificados de este Viernes Santo de hoy, la Iglesia católica está gestando en su seno, y suspirando con dolor, en el amor inquebrantable de la pasión por el parto de una nueva humanidad fraternal y justa.
Misión cumplida
La última palabra de Jesús en el evangelio de Juan es una sola: En nuestra lengua se dice: “está cumplido”. Es como la firma del Testamento que Jesús nos deja cuando el fin es inminente y el último suspiro se avecina. Ya ha hecho todo lo que tenía que hacer. Delante de nosotros está Jesús, el que pasó haciendo el bien. Jesús ha cumplido su misión. En la muerte de Jesús, tal como él la afrontó y vivió, hay mucho más que un asesinato. En este tipo de muerte se ha consumado el amor más grande de la historia humana, el que consiste en dar la vida por los demás, por los amigos y por los enemigos, por los justos y los injustos, por los pobres y por los pecadores. “Misión cumplida”. Ha llegado la hora de la gloria y de la vida a través de la muerte.
La paz que nace del amor
Jesús ha pasado por todo, por incertidumbres, dudas, desesperanzas, tentaciones, sufrimientos, desprecios, insultos, fatigas, torturas, incomprensiones, abandono, soledad. Jesús crucificado murió con gran dolor, pero en paz consigo mismo y con el Dios a quien ha llamado Padre. Para Juan lo que importa es que se ha consumado un amor sin límites. Un amor a fondo perdido, un amor que todo lo perdona, que todo lo espera, que todo lo aguanta, que todo lo cree. Es el amor que no pasa nunca, porque es eterno. Es el amor de quien nos amó hasta el fin y en ese amor inmenso, misericordioso y bueno está Dios. Es Dios mismo y por eso no necesita responder a nada. Porque él ya es lo último, es el principio, el fin, el alfa y la omega, el que hace nuevas todas las cosas.
La cruz es el parto de una humanidad nueva
Y ese amor se ha consumado entre el cielo y la tierra, entre lo humano y lo divino, en este Jesús crucificado. De esa alianza en el amor la humanidad ha quedado preñada para parir una criatura nueva, redimida y perdonada, rehabilitada y capacitada para abrirse al Espíritu de Dios que resucitará a Jesús y nos dará un nuevo brío a los seres humanos en cualquier parte de la tierra.
La verdadera Pasión es la transformación de la muerte en vida
Por eso Jesús dice: ¡Está cumplido! Él murió sereno y con el valor y la entereza que infunde el trabajo bien hecho, la misión cumplida, el encargo bien desempeñado, aunque cueste la vida. Su rostro ya irradia paz porque la tensión ya ha pasado, el amor de Jesús ha transformado la violencia en ternura, la crueldad en dulzura, el rencor en perdón, el insulto en bendición, la traición en reconciliación, la fragilidad en fortaleza, la desesperación en confianza, el pecado en gracia, y la muerte será transformada en vida por la resurrección. Ésta es la verdadera pasión de Cristo. No tanto los hechos dolorosos que soportó en la cruz hasta la muerte, cuanto el amor sin límites con que él afrontó y vivió el sufrimiento para infundir una nueva vida al género humano.
Jesús es el Señor de la Pasión
Él nos capacita por su sacrificio redentor, por la acción de su espíritu y con su ejemplo para que todos nosotros cumplamos también nuestra misión.La obra de Jesús está consumada. Es una obra perfecta, la de la glorificación del Padre a través del Amor del Hijo. Hoy hemos escuchado no sólo la Pasión del Señor, sino que Él es el Señor de la Pasión.
Nuestra misión es acoger el Espíritu del crucificado
Ahora nos toca a nosotros cumplir nuestra misión y seguir dejando que el Espíritu actúe en nosotros, en la comunidad de la Iglesia, en las comunidades de base comprometidas en la transformación de las condiciones de vida precarias de nuestros barrios, campos, pueblos y ciudades. Cuando ante esta misión, como miembros del pueblo sacerdotal y profético, que busca el Reino de Dios y su justicia en medio de los pobres de esta tierra encadenada, entreguemos nuestra vida como ofrenda a Dios, en defensa de los inocentes, en apoyo de los justos y por la liberación de los oprimidos, entonces también nosotros podremos decir con Jesús: “Está cumplido”.
José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura


