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REFLEXIÓN DOMINICAL: GRATUIDAD Y RESPONSABILIDAD

En esta última semana se percibe como una nueva ola de pánico en el mundo entero y particularmente en Europa. La tan cacareada crisis se agudiza, los gobiernos están cayendo, en Grecia, Italia…, o están a las puertas del cambio en España,  la vieja Europa se resquebraja con su euro y parece que todo el mundo está endeudado hasta los ojos y casi en quiebra. Se califica de “crisis económica” a la crisis del sistema financiero, a la caída de las bolsas, al derrumbamiento del neocapitalismo salvaje vigente en el mundo, etc. El sentido originario y etimológico del término “eco-nomía” nos remite a la administración de la casa. Pero ahora la casa cuya administración hay que analizar es la del planeta tierra y la de la familia humana que habita en ella. En esta familia convivimos siete mil millones de personas y de manera más o menos directa y cercana todos experimentamos los grandes sufrimientos de las tres cuartas partes de la población mundial: los hambrientos, los emigrantes, los que no pueden conseguir trabajo, los niños de la calle, todas las víctimas de la injusticia social, de la desigualdad económica, de la explotación laboral, de la violencia y de la pobreza estructural en la que está sumida la mayor parte de la humanidad. Cada día se nos mueren de pobres cuarenta mil hermanos, de los cuales dieciseis mil son los más pequeños, los niños. No olvidemos que todos ellos, los últimos, también son hermanos nuestros, hermanos de la misma familia y en la misma casa, que todos debemos administrar muy bien.

Hay dos parábolas hacia el final del evangelio de Mateo que pueden ayudar a la reflexión. La parábola de la comparecencia de todas las naciones ante el Hijo del Hombre (Mt 25,31-46) revela que en el mensaje de Jesús la relación de fraternidad con los más pobres del mundo, con los necesitados y marginados es el gran vínculo de la familia humana. La justicia a la que apela el primer evangelio se fundamenta en la identificación plena de Jesús Resucitado con todo ser humano sumido en el sufrimiento por carecer de los bienes y derechos humanos más básicos y en la consideración como hermanos suyos de todos ellos sólo por el mero hecho de ser víctimas.

Y ésa puede ser la clave para comprender también hoy la parábola anterior, la de los talentos (Mt 25, 14-30), según la cual un hombre, al irse de viaje, dio sus bienes a sus siervos, a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad. Cuando regresó, arregló cuentas con ellos. Los dos primeros habían duplicado los talentos y, por ser fieles y buenos, pasaron a la alegría de su señor. Pero el tercero, el que sólo había recibido un talento tuvo miedo a la exigencia de su señor y lo escondió en la tierra, impidiendo así todo tipo de avance y desarrollo de los bienes recibidos. A éste se le quitó lo que tenía y, por ser un siervo malo y holgazán quedó fuera de la alegría de su señor. 

Esta parábola no es tanto un elogio de la productividad, cuanto una llamada exigente a la responsabilidad, pues no importa mucho la cantidad resultante al saldar las cuentas sino el talante de trabajo, el valor del riesgo y el sentido de la actividad, como expresión de una mística de servicio y responsabilidad en la  convicción de que todo lo que se recibe y de lo que se dispone es un don de Dios y que, al final, ante él ha de responder todo ser humano. Por ello el premio es el mismo para todo aquel que sea fiel, un premio no cuantitativo ni compensatorio de la cantidad producida sino cualitativo y desbordante: entrar en la alegría del Señor.  Sin embargo, para quien vive bajo el miedo estéril, para quien sólo busca egoístamente su seguridad personal, ni siquiera lo que ha recibido le permite vivir en un gozo auténtico, pues no ha entrado en esa mística de la gratuidad, del servicio y de la responsabilidad.

La gratuidad implica un talante profundo que permite comprender todas las realidades básicas como auténticos dones. Por eso la misma vida biológica, desde el origen del embrión humano hasta el último aliento vital, la libertad, la dignidad, son dones y porque son tales, se reconocen después como derechos inalienables. También las capacidades personales, los recursos disponibles y las posibilidades de desarrollo son dones recibidos por los que se debe dar gracias, y los creyentes lo hacemos agradeciéndolo a Dios, que es el auténtico Señor. El servicio supone el desarrollo de todos los talentos recibidos con una orientación altruista y amorosa, que considera a los otros, y especialmente a los últimos, los destinatarios del bien que genera en cada persona el desarrollo de lo recibido. La responsabilidad es el sentido de la dignidad humana que nos impulsa desde la conciencia a dar explicación, ante los otros y ante Dios, del desarrollo de los dones recibidos. De estos dones y de su desarrollo, cada cual debe dar cuenta, como mínimo, ante su conciencia, y como máximo ante el Señor Dios.

En la parábola de Mateo además, los siervos, encargados de velar por los intereses de su señor hasta su vuelta, se identifican particularmente con los dirigentes de la sociedad y de la Iglesia. Sus talentos son los grandes valores del Reino de Dios, cuya gran riqueza han de apreciar haciéndolos crecer en esta historia, y por cuyo desarrollo han de velar. Y los grandes talentos que hemos de desarrollar todos en la Iglesia y en el mundo, especialmente por parte de los que tienen mucho, son el amor liberador hacia los últimos, la fraternidad con los desheredados, la solidaridad  con los pobres y el servicio a los que sufren. Y esto con espíritu de gratuidad gozosa, de servicio desinteresado y de responsabilidad exigente. Creo que este camino, trazado en sus fundamentos por el evangelio, es el sendero que conducirá a una transformación de esta sociedad decadente y en estado crítico.

San Pablo nos advierte que el día del Señor vendrá sorprendentemente (1Te 5,1-6). Y cuando estén diciendo “Paz y seguridad”, entonces sobrevendrá la ruina. Pero no debería haber sorpresa para los creyentes, los hijos de la luz, pues éstos están viviendo con sobriedad y vigilancia.  El libro de los Proverbios, por su parte,  se deshace en elogios hacia la mujer hacendosa, en la cual destaca, además de su habilidad, su trabajo y su eficacia, su mano abierta al necesitado y al pobre (Pro 31,10-13.19-20). En la Iglesia oramos para que el Señor, que viene, sorprendentemente cada día en los rostros sufrientes del mundo y definitivamente como Señor al final de la vida, nos encuentre siempre activos en el crecimiento de los valores del Reino, cuyo déficit es el fundamento de esta gran crisis de humanidad en la cual nos encontramos.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura