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Reflexión dominical: Esperanza y resistencia activa en la solidaridad con los pobres

Jesucristo se hizo pobre por vosotros

 

El papa Francisco quiso hace seis años que este penúltimo domingo del tiempo ordinario se conmemore la Jornada Mundial de los pobres. En realidad, la pobreza es el problema principal de nuestro mundo, lo ha sido desde siempre, pero ahora está más agudizado. En la aldea global del planeta el hambre sigue siendo más letal que la pandemia del Coronavirus. El papa ha querido centrar su mensaje en el lema “Jesucristo se hizo pobre por vosotros”. Esta afirmación está tomada de San Pablo (2 Cor 8,9) y constituye la razón última y más profunda de la incuestionable “opción preferencial y evangélica por los pobres” vigente en las orientaciones de la Iglesia Católica en el mundo actual, opción que ha sido desarrollada permanentemente por la Iglesia en Latinoamérica desde su Conferencia Episcopal (CELAM).

 

Opción evangélica por los pobres

 

En ese texto de Pablo centraba su atención la última asamblea del CELAM en Aparecida (Brasil) a instancias de Benedicto XVI, el cual introdujo el adjetivo “evangélica” además de preferencial y mostrando así la prioridad indiscutible de esta opción en la Iglesia, pues es “inherente a la fe cristológica”. De este modo quedaba patente que la atención a los pobres, en la perspectiva de la fe cristiana, no es un factor ideológico particular de ninguna corriente ideológica en el interior de la Iglesia, sino una dimensión esencial de la identidad de todo cristiano. No en vano el hecho de que “Jesucristo se hizo pobre” implica que Jesús tomó la identidad del pobre al hacerse hombre y convierte la pobreza del Señor en uno de los primeros aspectos del misterio de la encarnación.

 

La apocalíptica en una historia de sufrimiento y de injusticia

 

Las lecturas bíblicas de este domingo nos remiten a textos del género apocalíptico. La apocalíptica es una corriente literaria y teológica de las tradiciones judía y cristiana que revela la perspectiva divina sobre la vida, la historia y el destino del hombre y del mundo, desde el reconocimiento de la soberanía de Dios como único Señor, y desde la experiencia dolorosa de la historia humana como una historia de dolor, de sufrimiento, de tribulación y de mal, que el mismo hombre provoca, consiente y mantiene. Pero los textos apocalípticos de la Biblia requieren, como género literario muy singular, una interpretación adecuada que tenga en cuenta el conjunto de la Sagrada Escritura y el horizonte teológico de esperanza al cual nos abren dichos textos.

 

Viene el día del Señor

 

En el profeta Malaquías (Mal 3,19-20) resuena el “Día del Señor”, de la tradición profética de Amós (5,18.20) y de Isaías (19,2), como un acontecimiento tremendo, destructor, purificador y redentor, como un día de gran crisis del orden vigente: “Llega el día ardiente como un horno, malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir, y no quedará de ellos ni rama ni raíz, pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas”. Sin embargo, lo que triunfa es la salvación de los fieles a Dios, representada en la imagen del sol de justicia.

 

El nuevo día de Dios en la historia

 

El Evangelio de San Lucas (Lc 21,5-19) nos introduce en el discurso escatológico, común a los tres evangelios sinópticos y que sería conveniente leer hasta el final. Los detalles del género literario están cargados de fuerza y chocan con nuestra imaginación y puede que también choquen con nuestra idea de Dios, pero revelan a un tiempo la realidad del comienzo definitivo del nuevo día de Dios en la historia humana y que alcanza al más allá de la historia. Es posible que nos resulten extraños los elementos portentosos de este lenguaje. Vendrán grandes terremotos, epidemias y hambres en distintos países, calamidades espantosas y grandes señales en el cielo. Habrá guerras y noticias de guerras… Este lenguaje catastrofista es propio de la apocalíptica y pretende revelar al hombre, mediante visiones y señales, la verdad última y decisiva de la historia humana desde la perspectiva de Dios.

 

Apocalíptica y profecía

 

Pero el apocalíptico cristiano no es principalmente un pregonero de desastres históricos, sucedidos o que vayan a suceder, sino más bien el profeta que percibe la historia del mal y de los desastres que ya existen desde la perspectiva de quienes los sufren como víctimas. Y sólo desde el lado de los sufrientes, puede revelar (que eso es lo que significa Apocalipsis) un nuevo horizonte que rompe con la marcha del devenir de la historia. En el contexto de esta larga crisis mundial, la económica, la pandémica, la política, en el contexto de la gran crisis permanente que se vive entre los más pobres, en el contexto catastrófico de la situación social y política de Bolivia, donde llevamos ya tres semanas de huelga general indefinida en Santa Cruz frente al gobierno que pospone la realización del censo prometido, hay todo un mundo de víctimas y de desastres. ¡Hay tanto desastre y tanto dolor humano, provocado o permitido a nuestro alrededor!

 

Horizonte de esperanza y solidaridad con los pobres

 

En esa perspectiva de solidaridad con los pobres y con los que sufren y sólo desde ella es donde se apunta, como en la apocalíptica, hacia un horizonte último de esperanza. Es el horizonte donde aparece un Hombre nuevo, el Hijo del Hombre (Lc 21,24.27.26), el que viene con potencia convulsionando la marcha aparentemente tranquila de la historia humana pero realmente cuajada de catástrofes y desastres, no pocas veces provocados o propiciados por los mismos hombres.

 

La liberación radical que trae el Hijo del Hombre

 

La verdad profunda de este lenguaje es que el fin del mundo no será ni lo último ni la plenitud consumada de lo que ahora existe. La realidad dolorosa y cotidiana de miles de seres humanos para los que cada amanecer se convierte en una amenaza tampoco es lo definitivo. Es en esas circunstancias donde un apocalíptico, realmente solidario con el dolor, anuncia proféticamente la liberación que traerá el Hijo del Hombre con su venida. La humanidad no está sometida a un destino fatal, sino que está llamada a una liberación radical.

 

La palabra alienta e impulsa

 

Por eso, sólo desde los pobres, desde los que sufren inocente e injustamente, desde los desamparados, desde los excluidos y marginados, desde los enfermos y desheredados, o desde cualquier experiencia de dolor se puede comprender bien la esperanza mesiánica del día del Hijo del Hombre, quien, como sol de justicia que lleva la salvación en sus alas, iluminará a los hombres inaugurando un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite la justicia. La novedad de Jesús en este discurso es que no habrá señales que evidencien el final, ni siquiera los signos portentosos mencionados serán el anuncio del fin. Jesús advierte contra los engaños de los oportunistas que se aprovechan de todo esto para beneficio propio. Además, para Jesús lo importante no son las visiones ni las previsiones, sino la palabra que alienta, que impulsa y que anticipa el día del Hijo del Hombre. Esa palabra suya constituye el gran don para sus discípulos y para los pobres de la tierra

 

El aguante o resistencia activa frente al mal

 

A sus discípulos y a nosotros, Jesús nos enseña dos cosas: En primer lugar, que el final no ha llegado todavía, es más, que no sabemos ni el día de la hora. En segundo lugar, que lo último y definitivo sí está dicho en su palabra. Por eso nos interpela y nos llama al aguante, como talante propio del cristiano en las tribulaciones: “Con vuestro aguante, protegeréis vuestras vidas” (Lc 21,19) La capacidad de aguante es la que nos sostiene en la vida. Pero el aguante no se puede confundir con la resignación, es decir con la aceptación pasiva o indiferente del mal, sino que, bien entendido, es la capacidad para resistir activamente frente al mal, haciendo siempre el bien y con la esperanza que nos da el que sufrió la Pasión hasta cruz, mostrándonos que el Hijo del Hombre es el crucificado.

 

La palabra definitiva y última

 

Y en este crucificado es donde está la palabra definitiva y última. En su amor hasta la entrega de la vida está la palabra que abre el horizonte de esperanza de la humanidad. Y en este Jesús crucificado, el Hijo del Hombre, es donde se concitan todos los sufrimientos humanos, los del resto de sus hermanos. De ahí que la esperanza de los cristianos sea inquebrantable. Es resistencia activa. Jesús no promete un futuro halagüeño para los suyos. Al contrario, el destino de sus testigos será como el suyo: Como a él le aguardaba la cruz, a sus seguidores les espera la persecución, la traición, el odio y la muerte. Ésta es la época del testimonio y por eso los signos reales de su presencia son las marcas del sufrimiento. Jesús nos enseña que lo definitivo sí está dicho en su palabra. Él sólo garantiza su asistencia con su palabra llena de sabiduría (Lc 21,15), de una sabiduría que no pueden contestar ni contradecir sus contrincantes. La victoria de los cristianos en este mundo es la palabra cuya autoridad y cuya verdad nadie podrá refutar ni sofocar. Éste es el triunfo real del Espíritu en Jesús y en sus discípulos. Por eso en la palabra, en la vida y en el sufrimiento de los testigos se va anticipando lo decisivo de su Reino.

 

Avivar nuestro compromiso en favor de los pobres

 

La segunda carta a los Tesalonicenses (2Tes 3,6-12) nos alerta para que no caigamos en la pasividad, sino que permanezcamos activos y despiertos, trabajando incesantemente por la transformación de este mundo. Esta Jornada Mundial de los pobres es una gran interpelación para todos los cristianos, que nos invita a hacernos solidarios siempre con los más pobres de la tierra, tanto los de cerca como los de lejos, a compartir lo que somos y lo que tenemos, aunque sea poco, con todos ellos, y avivar en nosotros la conciencia de la magnitud planetaria de la pobreza y el compromiso de estar alerta y colaborar en toda iniciativa eclesial, social y política que se rija verdaderamente, no ideológicamente, por esta prioridad hacia los pobres.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura