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Reflexión dominical: En la justicia de Dios los últimos son los primeros

Primacía de los últimos frente a toda injusticia

Hay dos líneas maestras del mensaje profético de Jesús que se van desarrollando en el camino a Jerusalén del evangelio de Lucas, cuando Jesús va instruyendo a su discipulado acerca del Reino de Dios. Y las dos aparecen en el evangelio de este domingo. Una es la primacía de los últimos en la misericordia de Dios y la otra es la confrontación con los que practican la injusticia, que generalmente está asociada a la codicia y a la idolatrización correspondiente del dinero, el cual más adelante será llamado “dinero de injusticia” (“mamon tes adikias”) porque toda acumulación de dinero es injusta mientras tengamos que reconocer en nuestro entorno la presencia interpelante de los pobres y de los últimos.

Los últimos serán los primeros

Los dichos y parábolas de los Evangelios nos revelan que el Padre de Jesús es el Dios de los últimos. Al decir Jesús que “los últimos serán los primeros” podría parecer que en la justicia de Dios hay una cierta preferencia, una debilidad, no exenta de cierta arbitrariedad. Sin embargo, lo que hay en la justicia de Dios es una profunda visión de su amor misericordioso que cuando se dirige a los que no cuentan, a “los últimos” según los parámetros de la vida humana, los considera sobre todo como víctimas y como objetivo prioritario de su amor misericordioso. El Papa Francisco los llama “los descartados”.

El proverbio de los últimos, en los evangelios

El proverbio “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”, con sus distintas variantes por el orden de los términos, aparece atestiguado en los tres evangelios sinópticos (Mt 19,30; 20,16; Mc 10,3; Lc 13,30). En Mateo y Marcos constituye el colofón magistral a dos escenas de contraste sobre el tema del seguimiento radical a Jesús: una, la del rico que, aunque estaba deseoso de vida eterna, no quiso seguir a Jesús, por no desprenderse de sus bienes y no repartir a los pobres su dinero (Mt 19,16-26), y la otra, la de los discípulos que reciben de Jesús la promesa de esa vida eterna y del céntuplo de los mismos dones de los que se han desprendido previamente, como recompensa por su renuncia a una familia y a sus legítimas pertenencias (Mt 19,27-29).

Jesús en contra los que practican la injusticia

En Lc 13,30 es la última palabra de Jesús de juicio y de confrontación frente a los que se creen con derecho a la salvación por su comportamiento aparentemente bueno y religioso pero han vivido inmersos en la injusticia. En el evangelio de Lucas de este domingo (Lc 13,22-30) este proverbio corona la respuesta de Jesús a la pregunta por el número de los que alcanzarán la salvación. Jesús no divaga haciendo conjeturas sobre el número de los salvados sino que una vez más remite a sus oyentes y a cada uno de nosotros a la radicalidad en la respuesta personal de la lucha diaria y del esfuerzo para poder entrar por la puerta del Reino de Dios y de su justicia.

Practicar la justicia para sentarse en la mesa del Reino

Es verdad que el Reino de Dios es un don, pero hace falta aceptarlo y acogerlo para entrar en él y eso implica practicar la justicia. La puerta es estrecha porque no todo vale para el Reino, pero no porque no puedan entrar muchos. De hecho dice Jesús que serán “muchos” los que llegarán (Mt 8,11) y Lucas especifica que quienes se sentarán en el banquete del Reino de Dios proceden de los cuatro puntos cardinales. El Reino es la mesa del banquete, puesta y servida para todos, pero la exigencia ineludible para participar en él es la práctica de la justicia, como condición sine qua non para entrar en el Reino.

Todos pueden acceder al Reino practicando la justicia de Dios

Para entrar en la casa del Reino no sirve otra carta de presentación que no sea la de una vida justa, honrada y coherente con las exigencias personales desde la justicia de Dios. Por eso la enseñanza profética de hoy en Lucas es: “Aléjense ustedes de mí todos los que practican injusticia”. Jesús reprueba la práctica de la injusticia y la utilización descarada y manipuladora de lo religioso para encubrir una vida de corrupción, de mentira y de falsas apariencias engañosas. Así esta exhortación se suma a la que ya hemos escuchado los domingos anteriores, es decir, al imperativo de desterrar de nosotros toda codicia y todo deseo de acumulación de bienes como si la vida dependiera de ellos. Son condiciones básicas para acoger el Reino y poder entrar en él. Sentarse a la mesa en el Reino de Dios no es un derecho exclusivo del pueblo elegido, ni un favoritismo a favor de nadie sino una propuesta universal de salvación, no restringida a ningún pueblo, cultura o nación.

Los últimos y la fraternidad universal del Reino

Al concluir con la sentencia dedicada a la prioridad de los últimos, la radicalidad profética de las palabras del Maestro sobre el Reino de Dios se orienta, por una parte, a los pobres, a los “últimos” de esta sociedad y, por otra, al establecimiento de una nueva relación entre los seres humanos caracterizada por la fraternidad en la comensalidad universal del Reino, de lo cual la Eucaristía es signo.

Los últimos son los pobres y los que se solidarizan con los pobres

Esta fraternidad empieza especialmente a partir de los últimos de este mundo y de los que con ellos y por ellos estén dispuestos a hacerse pobres. En efecto, los discípulos, al renunciar a su hacienda y a vivir los vínculos familiares más legítimos, dejando padres, hermanos, mujer e hijos, por la causa del Reino y por el Evangelio, se convierten también en “últimos” de esta tierra. Pobres y discípulos, unos y otros, los considerados “últimos” en la sociedad son los primeros en la fraternidad del Reino y de la comunión de mesa Eucarística.

Necesidad de aceptar las correcciones del Señor

La carta a los Hebreos (Heb 12,5-7.11-13) nos enseña hoy que sepamos aceptar las correcciones del Padre para comprender, aunque a veces duela, dónde está el bien. Ojalá que la enseñanza magistral de Jesús de que “los últimos serán los primeros” y la exhortación a desterrar toda injusticia sea el mejor correctivo para los muchos que en el mundo se consideran a sí mismos los primeros.

(José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura)