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REFLEXIÓN DOMINICAL: EL TESORO DEL REINO

El discurso de las parábolas del Reino en el evangelio de Mateo concluye con tres que son propias del primer evangelista: la del tesoro escondido en el campo, la del mercader de perlas preciosas y la de la red de peces buenos y malos  (Mt 13,44-52). Éstas han sido añadidas a la del sembrador y la del grano de mostaza, la del trigo y la cizaña y a la de la levadura que fermenta en la masa. El Reino de Dios se presenta en las parábolas del tesoro y de la perla con la estructura común de los verbos que las configuran: buscar y encontrar, vender y comprar. En ambas el Reino es un misterio, escondido, oculto, pero real y presente, que se puede encontrar y que se puede buscar hasta encontrarlo. La nota dominante es que el Reino de Dios es algo misterioso y grandioso, como un tesoro o una perla, que sale al encuentro del ser humano, de manera sorprendente. Se puede buscar o no, pero es algo que se deja encontrar, por eso es un don de Dios en el misterio de su amor. El Reino es la persona de Jesucristo, muerto y resucitado, don de Dios para toda la humanidad y que sale al encuentro de todo ser humano, aunque éste esté alejado de él o esté en otros negocios, en otras búsquedas y en otros afanes.

En el mundo bíblico el auténtico “tesoro” se refiere a la sabiduría, como objetivo de la búsqueda de todo ser humano. La sabiduría, que constituía la petición fundamental del rey Salomón, sabiduría para servir, escuchar y gobernar, para juzgar y discernir, es el don más precioso en el Antiguo Testamento, más valiosa que la misma vida, que todos los bienes y que todo poder (cf. 1 Re 3,5.7-12). Esa sabiduría, propia de un corazón dócil, es la que recibió Salomón y le permitió ser el más sabio de todos los reyes. Desde el Nuevo Testamento la sabiduría del discípulo consiste en realidad en comprender que Jesús es el Reino de Dios. Y cuando alguien descubre eso, lo valora como un tesoro o como una perla preciosa, por la cual merece la pena desprenderse de todo para comprar el tesoro que estaba escondido. La primera reacción del que encuentra el tesoro es la gran alegría que siente y que le lleva a relativizarlo todo, hasta desprenderse y vender todos los bienes con tal de poseer el campo del tesoro. La alegría de encontrar a Jesucristo lleva a los discípulos a dejarlo todo para estar siempre con él. Este encuentro maravilloso y transformador de la vida acontece en la vida religiosa y en la vida de todo discípulo del Reino.

La parábola de la red de peces buenos y malos es muy parecida a la de la cizaña y el trigo, y permite subrayar dos aspectos relevantes del evangelista Mateo: su perspectiva de apertura en la historia presente y su proyección escatológica caracterizada por la separación de los buenos y los malos. La tarea de la Iglesia es la misión, representada en la pesca, en cuanto esfuerzo apasionado de los discípulos por pescar personas para vivir el encuentro con Dios en Jesús. Esta misión es abierta, es una búsqueda amplia, sin fronteras ni límites. Sin embargo el encargo de clasificar los peces buenos y los malos es propio de los ángeles al final de los tiempos. Contra las tendencias integristas que establecen en la historia una clasificación fácil y simple entre los puros y los impuros, Jesús abre una perspectiva de tolerancia, pero no de permisividad, sin tendencias discriminatorias ni separatistas. El hecho de que no aparezca aquí descrita la suerte de los justos, que brillarán como el sol en el Reino de Dios, sino la de los malvados, con las imágenes apocalípticas del horno encendido, del llanto y rechinar de dientes, es una clara advertencia para los discípulos de que no todo vale ni está permitido en el Reino.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura