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Reflexión dominical: El templo de Dios son ustedes sobre el cimiento de Cristo

Hoy se celebra en la Iglesia la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma. Y se celebra en toda la Iglesia por ser la catedral de Roma. Este templo es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con la iglesia de Roma. Con este motivo la Palabra de Dios se centra en el verdadero sentido del templo en la religión cristiana y nos sorprende al revelarnos que el templo de Dios no está construido por seres humanos, no se identifica ni siquiera con el espléndido templo de Jerusalén y no es algo esencial en la fe cristiana, pues el verdadero templo de Dios lo constituimos los creyentes cuando estamos cimentando nuestra vida sobre la persona de Cristo (1Cor 3,9c-11.16-17) que, con su muerte y resurrección, constituye la piedra angular del nuevo templo de Dios en el mundo. Dicho templo es obra del Espíritu que da vida, que transforma los corazones y nos va edificando como una casa espiritual para ofrecer el sacrificio de la vida entregada por amor al servicio de los demás. La lectura de Ezequiel nos presenta la visión de un templo lleno de vida del cual brota un manantial (Ez 47,1-2.8-9.12). La presencia de Dios llena de vida y de alegría el mundo. De eso debía ser símbolo el templo de Jerusalén. Pero si el templo no cumple esa función en Jerusalén o en cualquier parte de la tierra, ese templo no sirve para nada.

Por eso la acción profética de Jesús en el templo de Jerusalén al expulsar a los que lo convirtieron en un auténtico mercado no consiste en reparar nada del templo sino en sustituirlo (Jn 2, 13-25). Jesús arremetió contra los que, comprando o vendiendo, habían convertido el templo en un comercio y en un espacio de explotación económica del mercado religioso. Jesús ponía en evidencia toda injusticia y corrupción, incluso la enmascarada por el culto. Aquel templo con su organización era ya como un refugio de ladrones y un mercado. ¡Cuántos ladrones y cuánta corrupción hay también hoy en nuestro entorno! La actuación de Jesús mostraba su gran indignación frente a las autoridades y frente al poder, especialmente ante la aristocracia sacerdotal y los letrados. Estos dos grupos de poder, denunciados abiertamente por Jesús y temerosos de él y de lo que pudiera suscitar entre la gente, buscan inmediatamente el modo de eliminarlo. Quienes ostentan el poder no pueden soportar la libertad y la autoridad moral de quien defiende y proclama la verdad.

Pero Jesús no era un alocado, sino el Hijo de Dios Padre, indignado por tanta falsedad y tanta mentira. Su misión era crear un ámbito en el que habite verdaderamente el Dios del amor, de la justicia y de la fraternidad. Su autoridad, acreditada por sus obras y palabras, se enfrenta a los que ejercen el poder y no permiten que éste se ponga en cuestión. Esta confrontación con el templo le conducirá a la muerte en la cruz. La ofensiva de los dirigentes contra él no se hace esperar y esta escena será sin duda la principal causa histórica de su muerte en cruz. Por eso el templo es un motivo singular en el relato de la Pasión de los evangelios sinópticos y aparece en las acusaciones a Jesús, en las burlas en la cruz y, finalmente, cuando Jesús muere en la cruz y el velo del templo se desgarró en dos de arriba abajo. De esa manera, según el evangelio de Marcos, quedaba definitivamente sustituido el antiguo templo hecho por manos humanas por otro no hecho por manos humanas, el cuerpo de Cristo muerto y glorificado. Y unidos a él todos los creyentes formamos el verdadero templo de Dios. Así centrando nuestra atención en el crucificado y en los crucificados del mundo entramos de veras en el ámbito de Dios, en su casa, en el verdadero templo, como aquel pagano extranjero que se encontró con Dios en el templo del crucificado.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura