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REFLEXIÓN DOMINICAL: EL REINO DE LA VERDAD

Concluimos hoy el ciclo anual de la liturgia con la solemnidad de Cristo Rey, una fiesta instituida en 1925 y colocada, tras el Concilio, en este domingo. Del Reino de Dios, en el cual Jesús es el Rey, hablan todas las lecturas bíblicas dominicales. La profecía de Daniel (7,13-14) pone en el horizonte de la historia, marcada por el sufrimiento humano, la esperanza en un Reino eterno, el de Dios, presidido por una figura misteriosa, un hombre, el Hijo del Hombre, situado al nivel divino desde su condición humana. El inicio del Apocalipsis (Apo 1,5-8) proclama, en su género, que ese Hombre es Jesucristo, el crucificado y resucitado, y que su amor es el fundamento de la liberación radical de la humanidad. Por eso él es el Príncipe de los reyes de la tierra y su reinado consiste en ser testigo de la verdad (Jn 18,33-37). Cuando escuchamos su voz y somos conscientes de su amor experimentamos la transformación profunda que nos convierte, por el sacrificio de su sangre, en un reino sacerdotal, el Reino de Dios.

Esta transformación se ha iniciado en el tiempo por medio de Jesús, con cuya entrega amorosa hasta la donación de la vida, por medio de su sangre, pone en crisis todos los elementos del orden sistémico de este mundo, tanto en su época, dominada por el poder político del imperio romano y el poder social y religioso de los judíos, como en la nuestra, sometida globalmente a otros tantos despotismos en el orden político, social y, sobre todo, económico. La escena del proceso romano contra Jesús en el cuarto evangelio desarrolla una doble crisis, el juicio condenatorio de Pilato hacia Jesús y la crisis de este mundo mediante la palabra de la verdad, pronunciada y sostenida por el testigo fiel, Jesús, cuya realeza pone en evidencia, incluso con el silencio, la mentira de todo poder despótico, la carencia de autoridad moral de quien se rinde al populismo fácil, y la manipulación de la persona humana mediante el engaño embaucador que pisotea su dignidad y libertad. En el diálogo entre Pilato y Jesús, a éste se le llama insistentemente Rey (Jn 18,33.37.39; 19,3.12.14.15) pero el fragmento evangélico de hoy aborda el sentido y el origen de dicha realeza (Jn 18,33-37). El exégeta Xavier Alegre nos proporciona una interpretación magnífica de esta escena evangélica.

Para Juan existe una profunda relación intrínseca entre el motivo de la «crisis» y el de la realeza de Jesús. Jesús es el rey de los judíos en cuanto que es el enviado único del Padre, el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Exaltado en la cruz, su trono, atrae a todos los hombres hacia sí (Jn 12,32; cfr. 3,14s; 8,28). Por ello los hombres no pueden quedar indiferentes ante él. Han de tomar partido por o contra él, según oigan o no su voz. Aunque su reino no es «de este mundo», está en este mundo, y es aquí donde hay que hacer la opción frente a él. Otro aspecto de la realeza de Jesús es que la manifestación de la gloria real de Jesús se muestra incluso en la humilla¬ción. En la «ironía» del evangelista los atributos reales de Jesús son una corona de espinas y un manto de púrpura que se prestan a la burla de los soldados, como se presta a la burla, también, el título que está colocado encima de la cruz. Pero a los ojos de la fe es ahí donde brilla con más fulgor la gloria del Unigénito del Padre. Juan subraya además que Pilato constata la inocencia política de Jesús (cf. 18,38; 19,4.6.12). No fueron auténticas razones políticas las que motivaron su condena, sino las calumnias de los judíos que manipularon a Pilato. Jesús no fue crucificado como un revolucionario político sino por motivos religio¬sos.

La palabra de Jesús explica bien en qué sentido él es rey. Su reino no es de aquí ni es algo político, no es mundano ni se rige por los criterios ni métodos de los reinos de este mundo. Tampoco es un reino «espiritualista». Que no sea de este mundo significa que no tiene aquí su origen.  Pero Juan nos da el sentido positivo del reino al decir: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». En este proceso Jesús, como revela¬dor único del Padre, no es sólo un testigo de la verdad, sino la verdad misma (cfr. Jn 14,6). Por eso todo el que se encuentra con él no puede permanecer neutral ante él: se ve obligado, como Pilato, a tomar postura por o contra él.

Los creyentes, que pisamos tierra en este mundo y en esta historia, hemos de hacer opciones concretas, también en lo político. No querer tomar ninguna opción significa, de hecho, dejarse llevar, como Pilato, por fuerzas o poderes que no controlamos. Al contemplar el proceso contra Jesús, se ha de reconocer que toda actuación humana tiene una repercusión política. Si no fuera así, las autoridades romanas no habrían condenado a Jesús. Pero el evangelista Juan excluía una concepción del cristianismo como alternativa de poder. Lo que sí proporcionaba el evangelio era una desdivinización del poder político y del sistema del imperio, así como una mayor libertad en el hombre frente a las pretensiones coercitivas de cualquier gobierno o poder. Juan aporta además en su evangelio una serie de criterios que pueden ayudarnos a descubrir si en nuestras acciones nos dejamos llevar por el espíritu de los poderes de este «mundo» o de este sistema o por el espíritu de Jesús, auténtico rey en el reinado de Dios. El sistema de este «mundo» es, por su misma naturaleza, asesino y mentiroso (Jn 8,44) y quiere imponer sus intereses y criterios en todas las esferas de la vida.

La actuación de los judíos y de Pilato, condenando a Jesús, revela que los poderes de este mundo son capaces de usar todos los medios a su alcance para conseguir sus objetivos aunque sea a costa de los inocentes. Por el contrario, el espíritu de Jesús y el nuevo orden de su Reino tienen otros criterios y valores. Xavier Alegre resume algunos que pueden servirnos para nuestra orientación social y política: a) la vida como sacrificio («si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da mucho fruto»: 12,24; cfr. 12,23.25s; 10,12.15) y no el éxito a cualquier precio; b) el servicio y no el dominio (cfr. 13,13-17) o los honores humanos (cfr. 8,41); c) el amor a los hermanos y no el egoísmo (cfr. 13,34s); d) la libertad de espíritu para criticar las acciones malas del mundo, aun a costa de provocar así su enemistad (cfr. 7,7).

Así pues, celebramos que Jesús es rey. Pero los que se dirigían a él invocándolo como rey estaban bastante lejos de su Reino. Sin embargo, quien se orienta hacia su Reino, como el ladrón arrepentido, que se pone de parte del inocente, entra inmediatamente en el ámbito de Jesús y del Reino de Dios. Ponerse de parte de los que sufren y de las víctimas de los poderes aniquiladores de este mundo, es entrar en el espíritu de Jesús y de su Reino. Con Jesús llega el Reino prometido de justicia a favor de los pobres, el Reino invocado en el padrenuestro y por el que hemos de trabajar constantemente. Es el Reino de la bondad y de la misericordia, el Reino de la verdad, del perdón y de la alegría, el Reino que conduce a una fraternidad universal, cuyas puertas se abren a fuerza de amor hacia los desheredados y crucificados de esta tierra encadenada, a fuerza de oración insistente al Padre y a fuerza de anunciar y vivir la verdad del Evangelio.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.