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REFLEXIÓN DOMINICAL: EL DIOS DE LOS ÚLTIMOS

Los dichos y parábolas del Evangelio de Mateo nos revelan que el Padre de Jesús es el Dios de los últimos. Si recordamos el Sermón de la Montaña, allí se nos invitaba a buscar el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendría por añadidura. La justicia de Dios vinculada a su Reino manifiesta una asimetría grande en la relación de Dios con los últimos y con los primeros, pues cuando se habla de los últimos y del lugar que estos ocupan en el ámbito del Reino podemos entender que se trata de un Dios, cuyos caminos son muy distintos a los nuestros. Podría parecer que en la justicia de Dios hay una cierta preferencia, una debilidad, no exenta de cierta arbitrariedad. Sin embargo, lo que hay en la justicia de Dios es una profunda visión de su amor misericordioso que cuando se dirige a los que no cuentan, según los parámetros de la vida humana, los considera sobre todo como víctimas y como objetivo prioritario de su amor.

 El proverbio “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” aparece atestiguado en los tres evangelios sinópticos (Mt 19,30; 20,16; Mc 10,3; Lc 13,30). En todos ellos constituye el colofón magistral a dos escenas de contraste sobre el tema del seguimiento radical a Jesús: una, la del rico que, aunque deseoso de vida eterna, no quiso seguir a Jesús, por no desprenderse de sus bienes y no repartir a los pobres su dinero (Mt 19,16-26), y la otra, la de los discípulos que reciben de Jesús la promesa de esa vida y del céntuplo de bienes como recompensa por su renuncia a una familia y a sus legítimas pertenencias (Mt 19,27-29). La radicalidad de las palabras del Maestro sobre el Reino de Dios está orientada, por una parte, a los pobres, a los “últimos” de esta sociedad y, por otra, al establecimiento de una nueva relación entre los seres humanos caracterizada por la fraternidad. Esta fraternidad empieza especialmente a partir de los últimos de este mundo y de los que con ellos y por ellos estén dispuestos a hacerse pobres. Los discípulos, al renunciar a su hacienda y a vivir los vínculos familiares más legítimos, dejando padres, hermanos, mujer e hijos, por la causa del Reino y por el Evangelio, se convierten también en “últimos” de esta tierra. Pobres y discípulos, unos y otros, los “últimos” en la sociedad son los primeros en la fraternidad.

 Mateo cuenta la parábola de los jornaleros contratados a diferentes horas del día por el dueño de una viña, el cual, al atardecer, dio lo mismo a todos por el trabajo realizado, suscitando con ello la queja de los que fueron a trabajar a primera hora (Mt 19,30-20,16). Sorprendentemente al final, todos perciben el mismo salario, aunque éste sólo había sido ajustado previamente con los primeros. En cambio los últimos, que sólo habían trabajado una hora, percibieron lo mismo. La parábola ilustra el aforismo. Los “últimos” en este relato son los que no habían ido a trabajar “porque nadie los había contratado” (Mt 20,7). La parábola apunta que la injusticia no está en la gratuidad y la bondad del señor de la viña que reparte un jornal igual a cada uno, sino en la falta de trabajo para todos y en la maldad de los “primeros”, que no se conforman con el salario previamente ajustado. El dueño paga a cada uno según ve conveniente, probablemente, con el criterio de atender sus necesidades no con arreglo a las horas trabajadas, ni a la eficiencia en el trabajo, sino según su justicia. Por tanto, la justicia de Dios, que beneficia a todos por igual,  no coincide con los criterios de justicia retributiva e individualista del sistema vigente que destruye la dignidad de la persona al convertirla en mercancía. Realmente los caminos y pensamientos del Señor no coinciden con los de los hombres (cf. Is 55,6-9). El Señor espera que llevemos una vida digna del Evangelio.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura