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Reflexión dominical: El día del niño y de los niños

Según la denominación popular el día seis de Enero es el día de los Reyes Magos, pero en la liturgia católica se le llama la Epifanía del Señor, es decir, la manifestación de Jesucristo como luz ante las gentes de toda la tierra. Y podríamos denominarlo también “el día del niño y de los niños”.

Es el día “del niño Jesús” porque seguimos celebrando su nacimiento que está en el origen del relato maravilloso del evangelio de Mateo 2,1-12. Ahí se narra, en resumen, que Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes y unos “sabios” llegaron desde Oriente para adorarlo. Una estrella iba guiando a los sabios hasta que se paró encima de donde estaba el niño. El texto griego del evangelio se recrea en un superlativo con doble subrayado, casi intraducible por su literalidad hebraizante al reiterarnos que aquellos magos, al ver la estrella, “se alegraron con una alegría extraordinariamente grande”. Y entrando en la casa (¡Oikía! es la palabra griega del evangelio de Mt 2,11) vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron y le ofrecieron regalos, oro, incienso y mirra.

Los magos eran más bien lo que hoy llamaríamos “sabios” y desde el siglo II se cree que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño; en el S. IV se les llamó “reyes” interpretando la narración evangélica a la luz del Salmo 72,10.11.15 y de Isaías 60,1-6. Pero lo importante es que aquellos sabios representaban a los pueblos gentiles de toda la tierra. Por eso el mensaje central del evangelio de este día de la Epifanía del Señor es que la luz de la estrella aparecida en Navidad es el niño Jesús, el Dios que salva a la humanidad entera, y cuya salvación se anuncia a todas las gentes. Los sabios supieron interpretar la señal de la estrella para llegar hasta Jerusalén, pero necesitaron iluminar también su sabiduría con la luz de la Sagrada Escritura, para llegar hasta Dios niño y rendirle con humildad el homenaje merecido.

El fenómeno de la estrella en Oriente (Mt 2,2), percibido por los sabios, más allá de las explicaciones científicas posibles que se reducen prácticamente a meras conjeturas, se remonta hasta la profecía de Balaán (Num 24,17), vidente extranjero, de Moab, y tiene otra interpretación. Allí se vislumbra una estrella que avanza desde Jacob e Israel y que se identifica con un rey portador de salvación. Aquello era una figura mesiánica antiquísima, que requería una búsqueda, un seguimiento y una interpretación desde la Palabra de Dios, que es realmente la que conduce hasta la morada de Dios en la tierra, hasta la casa (Oikía) donde habita el niño estrella, pobre y humilde, cuyo reino no tendrá fin. Textos del Antiguo Testamento (Miq 5,1.3; 2 Sam 5,2; 1 Cro 11,2), combinados según el género literario llamado midrásico, permiten identificar el lugar geográfico de Belén y el tipo de Mesías que allí nace, el verdadero Pastor guía del pueblo de Dios. Al adorar al niño, llenos de inmensa alegría, se convirtieron en testigos ejemplares de la fe en Jesús, Mesías e Hijo de Dios y de María. Así los sabios representan a todos los buscadores de la historia, a todos los que desde la razón o desde la religión, desde cualquier parte del mundo, buscan con sincero corazón al Mesías y se encuentran con él desde la palabra de Dios en el pesebre de Belén.

Aquellos “sabios”, discípulos, entusiastas y adoradores de Jesús, se contraponen al único rey que aparece en la narración, Herodes. Con la persecución de Jesús niño y el ensañamiento del poder herodiano sobre los niños inocentes se da al origen de Jesús un marcado carácter de Pasión que preconiza el destino de aquel que va a entregar la vida por todos en la cruz y prefigura las persecuciones de los discípulos en la iglesia naciente. También hoy se sigue persiguiendo, maltratando, abusando, matando o dejando que malvivan o mueran muchos inocentes, sobre todo, niños. En esos niños, inocentes y víctimas de los poderes canallas y despóticos o de los mercados que mantienen estructuras injustas y perpetran crímenes económicos, está también el Señor Jesús, el niño de la Navidad y el crucificado de la Pasión.

También podríamos llamar a este día “el día de los niños” pues como aquellos sabios de Oriente, atentos a las señales de Dios en medio del mundo, centraron su atención en el niño Jesús, también nosotros hoy, podemos orientar nuestra mirada al niño Jesús y, con él, a todos los niños que sufren: a los niños perseguidos, maltratados y explotados, a los niños enfermos, abandonados y excluidos, a los niños víctimas de todo tipo de abusos y a los que no se les deja nacer. Se cuentan por millones los niños hambrientos y víctimas de la injusticia estructural del mundo presente, causante de la extrema pobreza de la tercera parte de la humanidad.

La salvación de esta tierra no llega ni con la magia de los reyes del celofán, ni con los intereses de tantos otros Herodes, sino con el misterio y la persona de Jesús niño que, desde la cuna hasta la cruz, revela a los seres humanos el camino del amor, de la misericordia y de la justicia. Y esa salvación se hace patente también en la acción amorosa y servicial de los hombres y mujeres que, como los magos de Oriente, se ponen en marcha ante las señales del mundo o del cielo para ir a la casa donde está el niño, donde están los niños, y ofrecer, en primer lugar, los dones del reconocimiento de su dignidad y los necesarios para una vida digna, y en segundo lugar, para apartarse y apartar a los niños del camino de los malvados y de la perdición.

No importa en qué parte del mundo se encuentren esos niños, pues toda la tierra se puede convertir en un auténtico Belén. Hoy quiero destacar la humildad, la solidaridad, la gratuidad y la valentía de todas las personas que dan testimonio a favor de los últimos y de los niños. Especialmente quiero dar gracias a Dios por la audacia y la entrega incombustible de los misioneros y misioneras cristianos, extendidos por toda la tierra y por la admirable solidaridad en el amor y en el compromiso por la justicia, de los miles de voluntarios y de servidores que, percibiendo las señales de estos tiempos, también las señales de este mundo en crisis, pero siguiendo la Palabra de Dios, se entregan a la causa de los niños empobrecidos, marginados y hambrientos, actualizando con sus vidas la escena evangélica de los sabios de Oriente que adoraron al Niño Dios ofreciéndole lo que le correspondía y abriendo caminos nuevos de vida y de libertad en este mundo atrapado por la maldad, la violencia y la muerte.

Muchas felicidades particularmente a todos los voluntarios y voluntarias de “Oikía”, nuestra casa de acogida a niños en situación de calle en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y también a todos aquellos que quieren hacer del mundo un Belén viviente, de atención a los niños y de liberación de los poderes malignos, porque su alegría será siempre extraordinariamente grande. Felicidades.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura