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Reflexión dominical:Desde el dolor por la muerte del cardenal Julio anunciamos la alegría de Jesucristo

En Bolivia estamos muy tristes por el fallecimiento del cardenal Julio Terrazas ocurrido el día 9 de diciembre. Nada más abrir en Roma la puerta de la misericordia el papa Francisco para anunciar el año jubilar de la misericordia, nuestro querido cardenal Julio atravesó el umbral de la vida y la muerte para encontrarse definitivamente con Cristo, el Señor resucitado, el Dios de la Vida, que él continuamente nos proclamaba.

Con su muerte se nos va un hombre espléndido, un cristiano hasta la médula, un sacerdote entusiasta y apasionado por el Evangelio, un pastor profético y ejemplar, verdadero servidor de todos y particularmente de los más pobres y necesitados. Podríamos aducir infinidad de datos para ilustrar cada uno de estos de estos calificativos, pero hoy nos conformamos con el último. El cardenal Julio no quería gastos superfluos ni en flores ni en necrológicas en su funeral, sino que todos aportaran ese dinero para ayudar a los hogares de niños de la Iglesia de Santa Cruz. Es uno de sus últimos gestos encomiables que reflejan su profundo amor y su vivencia permanente del Reinado de Dios en su vida.

Por eso en la víspera del domingo de la alegría, no comunicamos su muerte sólo desde el dolor que la misma nos provoca, sino desde “la alegría en el Señor”, que suscita en los creyentes la presencia entre nosotros y el paso por nuestras vidas de este auténtico hombre de Dios, sucesor de los apóstoles que ha dado testimonio de la Pasión de Cristo con su obra y su palabra, con toda su vida y todo su ser. Oramos agradecidos a Dios por él en toda Bolivia y con la fe que nos asegura que a él le aguarda la corona de la gloria que el Pastor supremo del rebaño tiene reservada a los que le son fieles hasta el fin. Esta gloria se ha reflejado espléndidamente ya en la vida del padre Julio, a quien tanto se quiere en Bolivia, tal como se refleja en las filas de miles de personas que están acudiendo a la catedral de Santa Cruz para rendirle su homenaje en los días de sus funerales.

Para toda la Iglesia la vida del cardenal Julio Terrazas ha sido un ejemplo de entrega generosa, total y comprometida con las causas de los últimos, suscitando siempre, con la palabra del Evangelio en la mano, nuevos senderos de justicia en medio de las injusticias, de paz en medio de la violencia, de libertad en medio de la opresión política y social, de diálogo abierto en medio de toda cerrazón ideologizada. Su vida es la de un testigo de la fe en Cristo y ha desarrollado su ministerio sacerdotal durante cincuenta y tres años, asumiendo los retos de la renovación de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II y complicando todo su servicio ministerial en la transformación de la Iglesia y de la sociedad en Bolivia y Latinoamérica. Su fidelidad al Evangelio, su espíritu eclesial y posconciliar, su palabra profética y defensora de los derechos humanos, su profundidad espiritual para reconducir a su pueblo por los caminos de la dignidad, de la gratuidad y de la libertad, con la mirada puesta en la Justicia del Reino y en la Paz del Mesías resucitado, lo hacen merecedor del reconocimiento de todos, y particularmente del agradecimiento de sus sacerdotes.

Él, con su muerte, es uno de los primeros frutos maduros del año jubilar de la misericordia y a su vez es germen de otros muchos frutos para el bien de la Iglesia y para la transformación de nuestro pueblo de Bolivia. Del cardenal Julio estamos tan cristiana y humildemente orgullosos que nuestra pena se transforma ya en alegría y podremos anunciar siempre su testimonio de vida como un anuncio del Reino del Mesías Jesús, cuyo nacimiento nos disponemos a celebrar.

El tercer domingo de Adviento es un canto a la alegría por la esperanza mesiánica. Las lecturas bíblicas litúrgicas ayudan a entrar en el dinamismo de esta dimensión de la vida cristiana. Sofonías nos brinda un auténtico himno a la alegría (Sof 3,14-18) con el anuncio de la restauración esperada que tiene su centro de atención en la ciudad de Jerusalén perdonada y reconstruida. La carta a los Filipenses es por antonomasia la carta de la alegría en el Nuevo Testamento, y el evangelio de Lucas continúa con la presentación de Juan Bautista (Lc 3,10-18), cuyo mensaje caracterizado también como evangelio y por tanto con el valor de la buena noticia de la salvación invita a la conversión más radical y concreta, proponiendo un cambio de vida y de conducta a cada cual según su posición. Pero el motivo principal de la alegría se hace explícito en la carta de Pablo (Flp 4,4-7) al presentarnos la cercanía inminente del Señor cuando repite “estad siempre alegres”, y añade “en el Señor” y porque “el Señor está cerca”.

Si bien Pablo tenía presente en el horizonte de su mensaje originario en aquella carta el encuentro próximo y definitivo con el Señor en la parusía, nosotros sabemos, también por vía paulina, que ese encuentro con Cristo trasciende el tiempo, pues el que vendrá en la parusía es el que ya vino históricamente en la primera Navidad y el que viene continuamente en las múltiples manifestaciones también históricas de su presencia sacramental en la vida humana. Esta presencia última es la más cercana siempre y abarca desde el encuentro vivo con su palabra a través de la Sagrada Escritura hasta la maravillosa experiencia espiritual de los sacramentos en la Iglesia, particularmente en la Eucaristía, pasando por la no menos importante y trascendental manifestación de su parusía en el encuentro con Dios en el prójimo necesitado. Todas estas realidades reveladoras de Dios son la cercanía del Señor en nuestra vida y todas ellas suscitan la más profunda alegría del ser humano, la alegría del espíritu, de la que la Virgen María hace gala en el cántico del Magnificat, la alegría que no está sometida a las vicisitudes históricas sino que desde la fe puede estar presente en todas ellas, incluso en las adversas. El Señor está cerca y de manera inminente e irreversible. Lo podemos creer o no, pero su cercanía es imparable. Y la certeza de su cercanía se hace patente tanto en el paso inexorable del tiempo, pues dentro de unos días es Nochebuena, como en el reclamo inapelable del otro necesitado, pues a cada paso está nuestro prójimo. La cercanía del Señor en el tiempo de nuestra historia y en el espacio de nuestra tierra es el motivo de la alegría más exultante.

La carta de Pablo a los Filipenses ofrece los componentes genuinos de la alegría en la vida cristiana y la presenta como el talante propio de la oración (Flp 1,4). La alegría tiene su centro en Cristo (1,18) y es el don permanente del Espíritu en la vida cristiana. Por eso es la manifestación más viva de la esperanza (1,20). La alegría no se puede confundir con un optimismo fácil, ni siquiera con el éxito en la acción. No es la razón de la alegría cristiana el hecho de que las cosas vayan bien. Pablo estaba en la cárcel al escribir esta carta y lo estaba por ser cristiano (1,14). La alegría es asimismo expresión de seguridad. La seguridad de Pablo es enorme: Vivir o morir es relativo, lo que importa es que en su persona, en su cuerpo, se manifieste la grandeza de Cristo (1,20-21). La alegría es al mismo tiempo un fruto del amor, del sacrificio por los demás. El sacrificio personal conduce a la alegría cristiana. El colmo de la alegría del apóstol es el amor recíproco en el interior de la comunidad. Es la alegría de la concordia y de la unidad. La búsqueda de la unidad en el amor (2,2), de la humildad en las relaciones internas de la comunidad (2,3) y del altruismo (2,4) siguiendo el modelo de la entrega de Cristo, haciéndose esclavo hasta la muerte en cruz (2,6-11), es el motivo de la auténtica y plena alegría.
Creer en Cristo supone sufrir por Cristo (cf. 1,29-30). La alegría en el sufrimiento es un tema frecuente en todo el NT: Mt 5,12; Lc 6,23; Col 1,24; 1Pe 4,13-14. El sacrificio es la prueba del amor y por eso la alegría que de él se deriva es el colmo del amor y de la paradoja de la vida cristiana, como paradójico es que la carta principal sobre la alegría en todo el Nuevo Testamento sea una carta escrita desde la cárcel. No es necesario entender este texto en un sentido martirial. Pero la presencia del sufrimiento por la hostilidad ambiental en Filipos así como el sufrimiento del apóstol por estar en la cárcel, permiten a Pablo poner en relación su situación personal con la de los filipenses. La diferencia entre el uno y los otros es sólo de grado. Por eso Pablo se presenta como ejemplo.

Por último, Cristo muerto y resucitado, el Señor, es el fundamento de la alegría. Estar siempre alegres es un distintivo cristiano. La repetición del imperativo le da fuerza a esta llamada de Pablo. Pero la alegría no es un estado subjetivo de introversión sino de manifestación de lo que se es: Que todos noten vuestra amabilidad (4,5). Esta alegría y amabilidad tienen una referencia nueva en 4,5: “El Señor está cerca”. El encuentro con el Señor es causa de la alegría. Un nuevo y definitivo impulso recibe la motivación a la alegría.

Para experimentar esta alegría de la Buena Noticia basta con atender a la respuesta de Juan, que no es otra que compartir los bienes y recursos con los necesitados, y no permitir ningún tipo de corrupción, extorsión ni abuso, en el ámbito político, social y económico. Abandonar estas formas y estilos de vida y dejarse llenar por el Espíritu de Dios es la auténtica conversión que tiene en la alegría su testimonio más evidente y la seña de identificación de una vida profundamente cristiana.

Feliz domingo de la alegría

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura