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Reflexión dominical: Contra la codicia, la dicha de darse

Crítica papal de la codicia

Una de las constantes del papa Francisco en su predicación y enseñanza es la crítica fulminante de la codicia, el gran pecado capital que aniquila las relaciones humanas en todos sus niveles, porque antepone el afán de dinero y de bienes por encima de la atención a las personas y a los pobres. En la pasada Navidad el papa se hacía eco de este gran problema del corazón humano y del mundo contemporáneo. “Ante el pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el amor; no es la voracidad, sino la caridad; no es la abundancia ostentosa, sino la sencillez que se ha de preservar”. Hay que “renacer del amor y romper la espiral de la avidez y la codicia”. La sinrazón de la codicia, que anida en el corazón de los humanos cuando se vive como si Dios no existiera, genera injusticia, corrupción y muerte de inocentes.

La codicia es un pecado capital

De la codicia trata la Palabra de Dios de este domingo. La codicia es una de las pasiones más importantes de la vida humana y constituye un pecado capital. Para reflexionar sobre la generosidad de nuestra vida las lecturas bíblicas nos remiten a la experiencia de la vida, de la cual el libro del Qohelet o Eclesiastés, nos dice en su título que todo en la vida es vaciedad, sinsentido o vanidad. Ante la pregunta “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?”, el autor sostiene que todo en la vida es efímero, que todo pasa, que todo es como humo que se esfuma. De ahí la gran sentencia de su comienzo: Todo es vaciedad, es decir, total sinsentido. Un poco más adelante dirá, decepcionado incluso de las riquezas, que lo único “bueno y lo que vale es comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (Ecl 5,17), lo cual es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”.

Advertencia del Evangelio de Lucas sobre la codicia

El Evangelio de Lucas nos enseña que la vida no depende de los bienes (Lc 12,13-21). De la sabiduría de la experiencia, como en la primera lectura, se deduce esta verdad. En la búsqueda de la felicidad, propia de los seres humanos, el evangelio aborda el problema de la codicia en tres momentos: Primero, Jesús se niega a dirimir un litigio de herencia (vs. 13-14), después viene un aviso sobre la codicia (v.15) y, finalmente, una parábola (vs. 16-21). La advertencia es lo central “Guárdense de toda clase de codicia”; y la parábola lo ilustra mostrando la insensatez de quien acumula bienes para muchos años, sin contar con que Dios es el Señor de la vida.

 La codicia es la raíz de todos los males

La codicia aparece en el Nuevo Testamento como una idolatría (Ef 5,5 y Col 3,5) y el amor al dinero como la raíz de todos los males (1Tim 6,10). La codicia genera alejamiento de los hermanos y de Dios. Por eso los discípulos deben hacerse ricos para Dios, distribuyendo y compartiendo sus bienes, dando limosna a los más necesitados (Lc 12,33) en vez de atesorar para sí mismos, como hace la gente insensata. La parábola es una lección en negativo que deja en ridículo al rico de bienes materiales, por ser necio, torpe e insensato. Además es un individuo solitario, que sólo piensa en sí mismo, y para eso pretende acumular riqueza, aunque no la pueda disfrutar. No habla el evangelio en esta ocasión del modo de obtención de la riqueza (que es otro tema distinto), sino del mero hecho de su uso y acumulación, aunque ésta se haya conseguido lícitamente.

Acumular bienes, cuando otros los necesitan, es pecado

La pretensión del rico es poner sus bienes en un lugar seguro y conveniente para disfrutarlos luego tranquilamente (v.19). El rico sólo se preocupa de acumular sus bienes y su trigo, prescindiendo en todo caso de los demás, particularmente de los necesitados. Acumular mientras otros pasan necesidad está mal y es pecado. El insensato es el que dice “no hay Dios” (Sal 14,1) y vive como si Dios no existiera. La pregunta última de parte de Dios en el momento final de la vida es ¿Para quién será lo acumulado?

El destino de los bienes es hacer el bien a los demás

En realidad los bienes acumulados tienen su destino asignado por Dios. El rico no debería haber acumulado para sí mismo, sino para los otros, para los pobres. No se critica la laboriosidad de este rico, sino la orientación individualista y egoísta de sus bienes. A la luz de lo dicho en Lc 12,33: “Vendan sus bienes y den limosna” y del ejemplo del rico frustrado (Cf. Lc 18,22) queda patente que el ideal de la vida no es acumular bienes y posesiones para uno mismo, sino que la abundancia implica responsabilidad a favor de los demás y que la cosecha debe servir para producir un mejor nivel de vida en toda comunidad.

 El beneficio del trabajo es para atender a los necesitados

El objetivo del trabajo humano es doble: contribuir a mejorar el mundo cada cual con su aportación personal según las capacidades que Dios le haya concedido y contribuir a mejorar la atención a los pobres y necesitados. El texto de Hech 20,35 pone de manifiesto el sentido social del trabajo y de los beneficios del trabajo. Éstos son en primer lugar para atender a los necesitados, siguiendo las palabras del ágrafon de Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”. El trabajo no tiene como objetivo la acumulación de riqueza personal, sino que el beneficio obtenido sirva para el bien común, cuya prioridad debe ser siempre la atención a los pobres y necesitados.

La moral social cristiana se orienta al destino común de los bienes

El relato lucano de Zaqueo constituye el ejemplo positivo del rico que experimenta la salvación, cambiando la orientación de su riqueza a favor de los demás, particularmente de los más necesitados. El destino común de los bienes se convierte en un principio básico de la orientación de la moral social cristiana en la justicia del Reino de Dios. Esto reclama de todos nosotros una actitud generosa en la vida, que nos haga capaces de compartir con los pobres de la tierra.

Hay que poner la economía al servicio de los pueblos y de los pobres

Entre los mensajes evangélicos contra la codicia de parte del papa Francisco destacamos el que hizo en 2015 cuando estuvo en Bolivia: “Detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que uno de los primeros teólogos de la Iglesia, Basilio de Cesarea, llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ése es el estiércol del diablo. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, arruina la sociedad, condena al hombre”. Por eso “la primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos [y de los pobres] […] La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común […] El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta a los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos.”

Hay que dar muerte a la codicia

Por todo ello la Carta a los Colosenses (Col 3,1-11) llama a los creyentes a poner nuestro corazón en Cristo, vida nuestra, para lo cual hemos de dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, y todo tipo de engaño. Todo eso es banalidad, sinsentido e insensatez, en definitiva, vanidad de vanidades. En cambio revestirse de la nueva condición humana implica buscar los bienes de lo alto, los bienes de Dios, que trae consigo la muerte y resurrección de Cristo, es decir la generosidad, el compartir y repartir los bienes, el amor, la entrega, el respeto a los otros, la verdad y la justicia del Reino de Dios, bienes que traen la paz, la alegría y la vida de Dios en nosotros.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.