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Reflexión dominical: Contra el sistema que sostiene a los enriquecidos

El papa Francisco, en su discurso a los movimientos populares en Bolivia, pronunció frases y principios como: “Digamos no a una economía de exclusión e inequidad que mata, excluye y destruye la Madre Tierra. La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Los recursos disponibles en el mundo son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre». La distribución justa de los frutos de la tierra y del trabajo humano es un deber moral. Se trata de devolver a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes es una realidad anterior a la propiedad privada”.

En esa misma línea ha ido el discurso papal en su alocución ante las Naciones Unidas en el viaje que actualmente realiza por América del Norte donde ha sistematizado los principios de la Iglesia respecto a los grandes problemas del mundo contemporáneo diciendo lo siguiente:

1. Las sociedades no pueden estar al servicio de ideologías, sino de personas.

2. No se puede hablar de dignidad humana si no hay mínimos materiales y espirituales: techo, trabajo, tierra, familia y libertad.

3. No hay dignidad sin educación, ni educación sin familia.

4. “En la ONU no pueden existir mini-clubes exclusivos”.

5. Es un contrasentido total que importantes países de la ONU sean potencias nucleares.

6. El uso de la fuerza es una obligación para evitar matanzas.

7. Hay que prestar más atención a las guerras no convencionales pero tan mortíferas para la humanidad.

8. La política debe gobernar a las finanzas y no al revés.

9. La protección del medio ambiente es un derecho humano.

10. Se quieren imponer falsos derechos cuando no se han cubierto los derechos básicos.

11. No al relativismo: existen las verdades absolutas y los límites éticos.

12. El mundo no puede dar la espalda a la trascendencia ni a lo sacro.

Y finalmente ha valorado el papel de la ONU como imprescindible para el diálogo universal.

La segunda lectura del domingo trata también de esa temática de la desigualdad injusta del mundo: «Atención, ahora, los ricos: llorad a gritos por las desgracias que se os vienen encima. Vuestra riqueza está podrida y vuestros trajes se han apolillado.… Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, el cual no os ofrece resistencia» (Sant 5,1-6). Así habla Santiago, el autor de la carta homónima del Nuevo Testamento, que lo puso todo por escrito para que la Palabra de Dios pudiera ser proclamada en todo momento y lugar de la historia humana. Con este talante profético Santiago destapa los conflictos del ámbito social y comunitario, entre los cuales clama al cielo la explotación injusta de los empobrecidos por parte de los enriquecidos.

Merece especial atención el gran lamento que acusa y condena dicha situación. Creo que es, sin duda, una de las palabras más críticas del Nuevo Testamento contra los enriquecidos y, por consiguiente, es también válido especialmente en la actualidad contra los poderosos y dirigentes del sistema económico global y de la gran crisis en que se encuentra nuestra sociedad occidental, una crisis que lleva la marca de la desigualdad progresiva imperante en nuestro mundo y que ha sido generada por la acumulación escandalosa de los bienes y de los recursos de la tierra en manos de “los mercados” y por la lógica aniquiladora y casi incuestionable de los mecanismos de esta economía fatal.

 

Lo que Santiago dice en su carta no es una exhortación a la penitencia, sino un anuncio profético de amenaza contra los ricos (cf. Is 13,6; 15,3). Es la perspectiva amenazante del juicio definitivo y último ante Dios, único juez y legislador. Los verbos en futuro se refieren a este momento final de la historia humana colectiva. Como en una visión profética se contempla el final negativo de las riquezas acumuladas. Entonces el oro y la plata testimoniarán contra los ricos. No solamente se aborda el problema de la acumulación de riqueza, sino la explotación de los pobres trabajadores por parte de los ricos como fundamento de la misma. El paralelismo sinonímico de Sant 5,4 indica que salario y segadores se identifican. Los oprimidos claman al cielo y la causa de su clamor es el salario injusto (cf. Dt 24,14; Eclo 34,14-26). La razón última de la injusticia es la explotación de los obreros y de los pobres, sean éstos individuos o pueblos enteros. Los gritos están en presente, pero se percibe el fin definitivo e irreversible de esa situación puesto que el Señor no es parcial contra el pobre, pues Dios, justo juez, escucha el grito del pobre y las súplicas del oprimido. Las palabras acusan duramente a los ricos porque su lujo y su gran vida llevan consigo la condena de los justos y el asesinato de los inocentes.

La expresión  para el día de la matanza puede interpretarse en sentido escatológico de futuro, como «para el día del juicio», teniendo en cuenta los ecos de las tradiciones proféticas del Antiguo Testamento que hablan del día de venganza de Dios (cf. Is 5,2; 2,12.17; 34,5-8; Jr 12,3; 46,10), pero también podría interpretarse en un sentido histórico y traducirse «en el día de la matanza», aludiendo al día en que los pobres eran brutalmente maltratados, realidad histórica testimoniada también en el libro de Henoc etiópico 100,7: “Ay de ustedes, pecadores, cuando torturan a los justos en el día del dolor violento”. En todo caso, la muerte de los inocentes en nuestro mundo actual se cuenta también por millones de personas. Basta con tener en cuenta como muestra los dieciséis mil niños que diariamente mueren de hambre en nuestro mundo globalizado, industrializado y muy bien comunicado. Ésta es también una matanza brutal, que queda impune, y está asumida, permitida e integrada por el sistema económico vigente en el mundo contemporáneo. ¿No se va a enfrentar Dios a los enriquecidos y culpables de la misma? Tanto si se trata de una perspectiva escatológica como si es el reflejo de una realidad histórica el texto de Santiago constata y condena la injusticia de los ricos opresores, recordando que es el Dios de los pobres quien tiene la última palabra como juez de esta historia.

En el texto del Evangelio de Marcos (Mc 9,37-47) hay dos elementos de gran importancia. El primero es el carácter abierto y universal del mensaje de Jesús acerca del Reino de Dios y de los signos que anuncian su cercanía. Toda persona que actúe contra el mal, que expulse demonios, que se enfrente a la injusticia y a la desigualdad, y que luche contra la pobreza, está trabajando por el Reino de Dios y Jesús lo reconoce como perteneciente a los suyos. En esta hora de la gran crisis económica y financiera, y de las que ésta arrastra consigo, la ecológica, la alimentaria, la energética y la sociopolítica, se necesitan cambios profundos en las ideas que deben transformar la marcha del mundo, y que deber orientarse hacia una relación mejor entre los seres humanos y la naturaleza, tal como de manifiesto el papa Francisco en sus discursos, hacia un acceso de todos los seres humanos a los bienes y servicios del planeta tierra, hacia una participación real y democrática de cada sujeto individual y colectivo en los procesos organizativos sociales y políticos, y hacia la libertad verdadera que reconoce el valor de la pluralidad cultural, de los grandes principios éticos de la humanidad y de la libertad religiosa. El lenguaje de Jesús no es excluyente sino inclusivo. Todo aquél que hace el bien es de Jesús y, lo sepa o no, está trabajando por el Reino de Dios. Quien partiendo de los últimos y de los empobrecidos, busca el bien común de la humanidad, más allá de cualquier interés particular, privado o nacionalista, lo sepa o no, está en la misma onda del Espíritu de Jesús. Y ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor! (Num 11,25-29).

El segundo elemento del evangelio de Marcos trata de las condiciones para entrar en el Reino. Éste está abierto a todos, pero no todo vale para el Reino. Las condiciones de entrada en el dinamismo del Reino están formuladas en un lenguaje metafórico de tipo escatológico y de corte radical. No quiere decir el texto de Marcos que haya que cortarse el pie, ni la mano, ni sacarse el ojo, sino que es preciso cortar por lo sano y desde la raíz con todo aquello que impide entrar en el Reino y en el dinamismo del seguimiento de Jesús. Todo lo que sirva de obstáculo para convertirse en verdaderos discípulos de Jesús es “escándalo” y es preciso erradicarlo de nuestra vida. Desde lo que hemos dicho acerca de la carta de Santiago es preciso cortar con el enriquecimiento abusivo, injusto y escandaloso de algunas personas y empresas multinacionales del mundo en que vivimos. Es urgente analizar y buscar soluciones a la gran crisis económica, y sobre todo, humana de nuestro mundo, que sigue generando marginación, exclusión, pobreza, injusticia y muerte a gran escala de gentes inocentes en nuestra tierra. Sólo así entraremos en el dinamismo del Reino de Dios y su justicia. Asimismo es preciso que cada cual descubra las opciones básicas de su proyecto vital, las actitudes habituales al afrontar los problemas de la vida y las acciones que se realizan para cumplir nuestros objetivos personales. Y entonces se debe cortar radicalmente con lo que no corresponda con el Señorío de Dios en nuestras vidas.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura