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REFLEXIÓN DOMINICAL: CENTRAR LA VIDA EN DIOS

Con el rito de la ceniza empezamos en la Iglesia el camino cuaresmal hacia la Pascua. Es un gesto simbólico que expresa que el hombre sin Dios es pura ceniza. Al recibirla escuchamos las palabras del Evangelio: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Convertirse es volverse hacia Dios y centrar la vida en Dios y solo en Dios. Creer en el evangelio significa creer en el camino concreto que Dios nos ha mostrado para llegar hasta Él, es decir, creer en Jesucristo y en su camino de amor, de servicio y de entrega hasta la cruz. Por ello las actividades de la limosna, la oración y el ayuno, propuestas por el evangelio de Mateo, son ejercicios que, realizados desde la autenticidad del corazón que se sabe amado por Dios Padre, que ve en lo secreto, constituyen la respuesta adecuada a la concentración de la vida en Dios. La limosna es una actitud de vida, expresión de la misericordia divina, que consiste no en dar cosas, sino en darse a los demás por amor a los otros, como hizo Jesús. La oración es la vivencia de una relación amorosa, dialogante y permanente con Dios, que va transformando el corazón como una profunda amistad. El ayuno es el ejercicio de saber prescindir de todo aquello que es secundario en la vida humana o que siendo importante hay que ponerlo en el lugar relativo que le corresponde, porque ni siquiera el pan se puede convertir en un absoluto en nuestras vidas.

Estas prácticas cuaresmales constituyen los ejercicios básicos para concentrar la vida en Dios y para que guiados por su palabra cambiemos el corazón. Este es el recorrido que la comunidad cristiana propone a los creyentes para preparar la gran celebración de los misterios de la fe en Jesucristo, los cuales tienen su punto culminante en la fiesta de la Pascua del Señor Resucitado, que a través de su pasión, muerte y resurrección, abre a todos los seres humanos la posibilidad de vivir en la alegría y en la esperanza. Esto es posible por la acción de su mismo Espíritu en nosotros de modo que podemos participar de su triunfo sobre toda muerte, sobre toda fuerza maligna y sobre todo pecado. Lo que en la liturgia cristiana empieza con el rito de la ceniza, como expresión de la fragilidad humana de un mundo sin Dios, culmina en la Pascua con los símbolos del cirio pascual, del agua bautismal y del pan partido en la Eucaristía, las señales sacramentales de la luz, de la vida y del amor, como expresión de la grandeza de una humanidad regenerada desde su raíz por Jesús, el Señor y Hombre Nuevo.

Pero esta victoria sobre el mal no es un camino fácil. Tampoco lo fue para Jesús. El primer domingo de cuaresma presenta a Jesús en su confrontación directa con el mal de este mundo, cuya representación personificada es el diablo. Los evangelios constatan las tentaciones. Las más conocidas son las desarrolladas en los evangelios de Mateo y Lucas, la pretendida transformación de las piedras en pan, la obtención del poder y la gloria a cualquier precio y la espectacularidad de lo religioso al saltar desde el alero del templo (Lc 4,1-13). Todas ellas fueron rechazadas por Jesús.

Cuando los evangelistas hablan del diablo como protagonista de estas tentaciones, están utilizando un lenguaje simbólico y sencillo para expresar realidades muy profundas de la vida humana. Más allá de cualquier interpretación literal del texto bíblico, la escena de la prueba a la que es sometido Jesús manifiesta las tentaciones reales de la vida de una persona extraordinaria. El diablo es la imagen del adversario por antonomasia del plan de Dios sobre la humanidad. Lo que está en juego en la confrontación de Jesús con el diablo es la concepción de Dios, la concepción de la misión que Jesús asume como Mesías y, en definitiva, la comprensión de la religión. Pero en la teología lucana, Jesús es el que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (Hch 10,38).

El diablo es el símbolo del espíritu maligno que se manifiesta en quienes conciben la religión como un instrumento de manipulación de la conciencia, de control de las personas, de ejercicio autoritario del poder y de ostentación de rango social. Jesús rechaza ese diablo y así libera a los oprimidos por aquellos que utilizan el nombre de Dios y se sirven de él para encandilar a los demás con una religión fundada en magias o actuaciones milagreras, o en liderazgos espirituales sin fundamento moral. Jesús libera a todos los engañados por esa manera de entender a Dios. Para saciar el hambre Jesús no convierte las piedras en pan sino que invita más bien a compartir partiendo y repartiendo el pan.

La segunda tentación es la del poder. Es la tentación de un mesianismo ejercido desde el poder y la gloria de este mundo. Pero la misión que Jesús tiene que consumar para cumplir la justicia de Dios no se ejerce desde la imposición de normas, ni desde el dominio despótico sobre nadie, y muchos menos desde la violencia, sino desde la fidelidad a la palabra de Dios y al plan de Dios contenido en ella: Un plan de liberación del hombre que pasa por la entrega de la vida como servicio hasta la muerte. Escalar el poder no es el camino para hacer un mundo de hermanos. ¡Ay de los que se aprovechan del nombre de Dios y utilizan los recursos religiosos para medrar y pretender ascender en su carrera política o religiosa!

En la tercera tentación el escenario es el templo, el símbolo central de la religión judía. Se trata de instrumentalizar a Dios para conseguir algo espectacular. También ésta puede ser la tentación de la Iglesia y de todo cristiano. Si las manifestaciones religiosas públicas, con imágenes cristianas o sin ellas, no van acompañadas de obras de solidaridad con los pobres, de misericordia con los marginados, de ayuda a los necesitados, de justicia a favor de los explotados y de liberación de los oprimidos, esas manifestaciones y prácticas religiosas, por muy satisfactorias y brillantes que aparezcan, reflejan una religiosidad mal entendida y son inútiles. El ayuno cuaresmal que Dios quiere es que alejemos de nosotros toda opresión y todo tipo de calumnias y amenazas, que compartamos el pan con el hambriento y ayudemos a los indigentes. La única procesión que Dios quiere es aquélla en la que se abre paso la justicia y el derecho (Sal 85,14).

En el evangelio de Lucas destacan dos rasgos singulares en la presentación de las tentaciones. Uno es el protagonismo del Espíritu en la vida de Jesús. El Espíritu es quien guía en medio de la lucha contra todo mal. El Espíritu es el que impulsa la acción profética de la liberación de toda opresión. El otro aspecto es la insistencia en la oración que Jesús hace a sus discípulos en el momento decisivo de las verdaderas tentaciones. Ante el adormecimiento de los discípulos, como en Getsemaní, o frente a cualquier distracción de religiosidad aparente y espectacular, Jesús sigue invitándonos a la oración auténtica para que no lleguemos a la tentación (Lc 11,4; 22,40.46) y a la apertura profética al Espíritu de Dios para que en nosotros se realice la salvación de Dios.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y Profesor de Sagrada Escritura