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Quinto Domingo de Pascua: Yo soy el camino, la verdad y la vida

Evangelio para el Quinto Domingo de Pascua

3 de mayo de 2026

En algún momento de nuestras vidas somos como Felipe o Tomás; es decir, personas prácticas que queremos ver al Padre, necesitamos resultados y respuestas tangibles y milagrosas.

Creo que es normal preguntarse, por ejemplo, en estos tiempos de guerra o de revolución tecnológica, ¿cuál será el futuro de la humanidad? ¿cuál será mi futuro o el de mi familia?

Sin embargo, hoy la Palabra de Dios nos invita a aferrarnos a nuestra fe y nos recuerda que Jesús es «el camino, la verdad y la vida» y que nadie va al Padre sino por Él.

Es decir, Jesús nos muestra el camino y nos promete algo maravilloso: todos tenemos un lugar en la casa del Padre.

Muchas veces durante los funerales leemos este pasaje de San Juan, porque nos ofrece consolación y esperanza. Pero este pasaje del evangelio es para todos los días, especialmente cuando nos sentimos confundidos o perdidos. Es Jesús quien nos dice: Yo soy el camino, y al final de este camino, tú tienes una morada que tiene tu nombre.

Hoy se nos recuerda que nuestra vida no termina aquí, que existen razones más grandes por las que vivir y que a pesar del cansancio y la fatiga de la vida, vale la pena vivir. Recordemos que el motor o la energía para seguir por este camino la encontramos en la fe.

Ya sabemos que el Evangelio de Juan tiene un lenguaje alto, y podemos decir que este pasaje es “cristocéntrico” porque nos desvela la centralidad de Cristo. Es decir, el texto que hemos proclamado intenta explicar un poco más la naturaleza de Cristo, nuestro Salvador.

Si bien en el Antiguo Testamento Dios se va manifestando a la humanidad a través de sus profetas, llega el momento en que Dios Padre se revela completamente en su Hijo.

Nuestra fe nos dice que Jesús es la revelación perfecta de Dios Padre; por eso, tenemos que estar atentos cuando alguien dice: “he tenido una revelación de Dios o de la Virgen”. A lo largo de la historia de la Iglesia, cuando esto ha sucedido siempre se han encendido las alarmas de la prudencia, porque no podemos pensar que Jesús habría fallado en revelarnos al Padre o que Dios Padre realizó una revelación imperfecta en su Hijo.

Justamente por eso, las apariciones marianas reconocidas, o las visiones y mensajes que recibieron algunos santos, son revelaciones privadas, es decir, no añaden ni quitan elementos a la perfecta revelación de Dios, que es Jesús, la Palabra hecha carne. Esas revelaciones privadas, responden a momentos históricos y hacen hincapié en temas concretos como la conversión o la oración, pero en palabras simples, no están añadiendo nuevos aspectos a nuestra fe, o para usar una hipérbole diríamos que no pueden añadir nuevos capítulos a la Biblia.

En el Evangelio de hoy escuchamos la respuesta que Jesús da a Felipe: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre… ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?”

Si comprendemos esto podemos dar un paso más. Si por la fe conocemos al Padre, a través de Jesús; también por la fe podemos ver e incluso tocar a Dios. Esto sucede cuando recibimos la Eucaristía. Nuestros sentidos ven solo pan y vino, pero nuestra fe percibe la presencia real de Jesucristo.

En efecto, usamos las palabras “comunión”, (communio – koinonía), “recibir la comunión”, es decir, en la Eucaristía entramos en una comunión íntima con Dios. Nutrimos nuestra vida con Cristo.

Pidamos al Señor que nos ayude a crecer en la fe.

POR ARIEL BERAMENDI – www.arielberamendi.com

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