Homilía para el 24 domingo del Tiempo Ordinario B. 15 de septiembre 2024
En nuestra vida de fe, puede suceder que pasemos de 0 a 100, o del 100 a 0. Muchas veces sentimos que tocamos el paraíso y otras veces, que tocamos el infierno.
Nos sentimos muy cerca de Dios, y después de unos minutos pensamos o actuamos de cierta manera y nos encontramos lejos de Él.
Otras veces, tenemos claro el mensaje de Cristo, y otras veces tenemos incertidumbres y preguntas que antes no teníamos.
Esto le sucede con Pedro, en el pasaje del Evangelio que hemos proclamado. Él responde a Jesús con mucha honestidad y entusiasmo, y proclama una verdad de fe muy importante cuando dice: “Tú eres el Cristo, el Mesías y el Hijo de Dios“.
Segundos después, cuando Jesús explica el significado de ser Mesías y que “El Cristo” debe experimentar la cruz y el sufrimiento, Pedro se asusta, se siente confundido, y entonces contradice a Jesús.
Veamos. Hoy también, Jesús nos dirige esta pregunta tan directa y confidencial a cada uno de nosotros: “¿Quién soy yo para ti?”.
Y cada uno responde en su propio corazón, dejándose iluminar por la luz que el Padre nos da para conocer a su Hijo Jesús.
Casi todos responderemos con seguridad y entusiasmo: “Tú eres el Cristo, tú eres mi salvador, …“.
Pero cuando profundizamos nuestra fe y nuestra oración, comenzamos a entender que seguir a Jesús, también significa pasar también por la cruz y el sufrimiento. A medida que vamos madurando en nuestra fe, entenderemos que ser cristiano no significa recorrer el camino ancho del éxito, sino el sendero arduo del Siervo sufriente, humillado, rechazado y crucificado; entonces puede ser que imitemos a Pedro, porque no lo entendemos, no estamos de acuerdo, porque lo que esperamos de Dios no responde a nuestras expectativas. Hoy el Evangelio termina con esa frase: tus pensamientos no son según Dios, sino según los hombres.
Por ejemplo, he encontrado personas que dicen: “Nunca volveré a la iglesia porque he perdido a una persona querida”; o “no volveré a confesarme nunca más porque un día, el sacerdote me dijo cosas que no quería escuchar”, etc.
De hecho, Pedro – y espero que cada uno de nosotros – recibe la saludable reprensión de Jesús, que nos devuelve a la realidad y nos pide coherencia en nuestra fe, así como confianza en Él.
Hemos escuchado en la Primera Lectura de Isaías esa imagen del profeta que pone su confianza en Dios y no opone resistencia.
En efecto, Isaías describe el sufrimiento como parte del seguimiento a la voluntad divina. Por eso, Isaías nos presenta la figura del “Siervo sufriente“, sobre la cual se han escrito muchos libros de teología.
El mensaje para llevar a nuestras casas este domingo es que el cristianismo y nuestra fe en Cristo son un camino que lleva a la resurrección, a la felicidad eterna, al reino de los cielos, PERO antes pasa por la cruz. No existe resurrección sin crucifixión.
Pidamos al Señor que no caigamos en la confusión cuando pensamos que, practicando la fe, asistiendo a Misa, rezando, encendiendo una vela, tenemos la seguridad al 100 % de que todo irá bien, y que nunca tendremos un momento de prueba, una enfermedad o un momento de sufrimiento en la vida.
Las personas que han vivido más años saben mejor que nadie que la vida tiene momentos de gran felicidad pero, ciertamente, también de gran sufrimiento. Solo cuando nuestra fe es madura y sólida podemos resistir las tormentas de la vida y vivir con la coherencia que nos pide el Evangelio.
Por eso Jesús nos dice: “¿Quieres seguirme? Toma tu cruz y sígueme“. Y créanme, cada uno tiene su propia cruz, pequeña o grande; no es necesario añadir cadenas a nuestras vidas.
Pidamos al Señor serenidad, una fe madura y sólida para caminar por este mundo sin perder la alegría o la esperanza, sobre todo en momentos turbulentos.
POR ARIEL BERAMENDI


