Homilía para el 26º Domingo del Tiempo Ordinario
29 de septiembre 2024
Jesús nos invita a no obstaculizar a quienes trabajan por el bien.
Las palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo nos alertar sobre la tentación de crear grupos exclusivos que marginan a quienes no pertenecen a un cierto círculo o no comparten las mismas ideas. Por supuesto que esto ocurre tanto dentro como fuera de la Iglesia.
En la historia de la Iglesia se ha visto cómo algunos grupos o sectores creían ser los únicos autorizados a trabajar por el Reino de Dios, sintiéndose predilectos y considerando a los demás como extraños, llegando incluso a ser hostiles y con el corazón cerrado, pero con la convicción de tener “la exclusividad de Jesús”.
En la historia, esta cerrazón ha sido origen de muchos males, como el absolutismo que ha generado dictaduras y violencia entre culturas, razas y religiones.
Este pasaje del Evangelio nos invita a estar vigilantes en la Iglesia.
El diablo, que es el divisor, siembra sospechas para dividir y excluir. Nos tienta, como a los discípulos que llegaron a excluir incluso a quien había expulsado al mismo diablo. Es decir, en esa concepción equivocada era más importante la etiqueta de pertenencia, a hacer el bien y salvar a los necesitados.
Por ejemplo, Para la madre Teresa de Calcuta no era importante si los moribundos eran cristianos. O incluso, hay gente que no conoce a Cristo pero que indudablemente está obrando en el bien.
A veces, en lugar de ser una comunidad humilde y abierta, podemos aparentar ser “los primeros de la clase” y mantener a los demás a distancia.
En lugar de caminar con todos, mostramos nuestro “carnét de creyentes”, diciendo: “soy creyente”, “soy católico”, “pertenezco a esta asociación… o a esta otra”, y excluimos a los demás. Esto es un pecado.
Mostrar el “carné de creyentes” para juzgar y excluir no es lo que Dios quiere.
Pidamos la gracia de superar esta tentación y que Dios nos libre de la mentalidad sectaria, de custodiar celosamente nuestro pequeño grupo, asilándose de los demás.
Porque así se corre el riesgo de convertir a las comunidades cristianas en lugares de separación y no de comunión. El Espíritu Santo no quiere cierres, sino comunidades abiertas y acogedoras donde todos tengan un lugar.
Jesús nos exhorta, en vez de juzgar a todos, a estar atentos a nosotros mismos. El riesgo es ser inflexibles con los demás e indulgentes con nosotros mismos.
Jesús nos pide no negociar con el mal, y usa imágenes impactantes: “Si hay algo en ti que es motivo de escándalo, córtalo” (cf. vv. 43-48). Si algo te hace mal, ¡córtalo! No dice: “Mejóralo un poco”, sino: “¡Córtalo de inmediato!”.
Jesús es radical, exigente, pero por nuestro bien, como un buen médico. Cada corte, cada poda, es para crecer mejor y dar fruto en el amor.
Es mejor cortar una mano, una pierna o quitar un ojo que permitir que un hermano o hermana se pierda o sea escandalizado por la división.
Preguntémonos: ¿Qué hay en mí que contrasta con el Evangelio? ¿Qué quiere Jesús que corte de mi vida?
Pidamos al Señor estar vigilantes sobre nosotros mismos.
POR ARIEL BERAMENDI


