Análisis

Pbro. Manzanera: “NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS”

El Evangelio de San Juan dedica capítulo 13 al 17 a relatar la última cena de Jesús con sus apóstoles antes de ser entregado a manos de sus perseguidores en esa misma noche. A diferencia de los otros evangelios sinópticos Juan no relata la consagración que realiza Jesús del pan y el vino en su cuerpo y su sangre, pero incluye el lavatorio que Él hace de los pies a sus discípulos como ejemplo para que entre ellos hagan también lo mismo, corrigiendo las ambiciones personales.

El evangelio joánico incluye el discurso de despedida de Jesús que también puede llamarse testamento porque el Maestro, al despedirse de sus discípulos antes de morir, les da una serie de instrucciones y recomendaciones y al mismo tiempo les revela algunos misterios sobre su propia identidad y misión, que durante su estadía con ellos no tuvo ocasión de comunicarles por no estar ellos preparados para entenderle.

En el discurso predomina la preocupación de Jesús, no tanto por las humillaciones, los tormentos y los sufrimientos que le aguardaban y de los cuales era bien consciente, sino sobre todo por la situación de indefensión y de desconcierto en que iban a quedar sus discípulos. Por ello quiere aconsejarles a superar el abandono que van a sentir ante la ausencia del Maestro y del Señor.

Jesús les llama “Hijitos míos” (Jn 13:33), una apelación cariñosa propia de un padre que siente el dolor de la separación de sus hijos pequeños y al mismo tiempo les recomienda que deben comportarse como hermanos y amarse unos a otros cómo él mismo les ha amado hasta dar su vida por ellos. Esa preocupación se refleja en la promesa que les hace: “No os dejaré huérfanos” (Jn 14:18).

Jesús está triste porque muchas cosas no les ha podido revelar porque ellos no estaban preparados. Bien a su pesar sabe que su misión en la Tierra está llegando a su fin según el plan del Padre. Él se marcha y ya no estará físicamente con sus discípulos como en el pasado, pero pedirá al Padre para que les envíe al “Paráclito” (Jn 14:16). Este término griego, traducido en latín por “Advocatus”, significa el Abogado Defensor.

Jesús, el Hijo, vuelve al Padre para ser glorificado. Por eso Jesús claramente les dice: “Os conviene que yo me vaya, porque si no voy no vendrá a vosotros el Paráclito (…), la Rúaj de la Verdad, que les guiará hasta la verdad completa (Jn 16:7,13). Con esta frase Jesús revela el misterio de Dios como una Familia Trinitaria.

El Maestro es consciente de que Él con su sangre derramada en la cruz derrotará al ángel satánico, el “acusador”, pero éste sin embargo seguirá tratando de destruir a la comunidad que Jesús ha formado. Por eso Jesús enviará al “Espíritu”, en hebreo “Rúaj” y en arameo “Ruja” con un matiz maternal, Así Jesús cumplirá la promesa de no dejarles en la orfandad.

Esta Rúaj de la Verdad aparece ya veladamente en el Antiguo Testamento como la Sabiduría eterna que ayuda al Creador del mundo (Pr 8:22-31) y que como una madre invita a sus oyentes a venir a su casa para “comer mi pan y a beber mi vino” y guiarles por los caminos de la verdadera felicidad (Sb 9:1-6).

De esa manera Jesús les anticipa que el Padre enviará a la Rúaj Santa que como Madre divina, les revelará el gran misterio de la Familia Trinitaria. Esta promesa se cumplirá en la fiesta de Pentecostés. Pero, sin embargo, Jesús, colgado en la cruz, poco antes de morir, adelanta el cumplimiento de esa promesa, designando a la Virgen María como “Mujer” o sea su Esposa para que sea la Madre de Juan, el discípulo amado, y de todos los demás miembros de la Iglesia naciente (Jn 19:26-27).