Análisis

Paulovich

O muchos paceños se han marchado a ciudades del interior del país, o han emigrado al exterior, o algún genio maligno nos ha cambiado el alma tras la consigna del “¡que me importa!”.

Ésa fue una de mis conclusiones a la hora de preguntarme qué diablos hago viviendo en Quillacollo alojado en una de las casas de mi pariente espiritual en pleno 16 de Julio.

Seguramente suspiré muy hondo cuando conversaba con mi comadre la cholita cochabambina Macacha quien, al advertir mi tristeza me preguntó tiernamente: “¿está usted triste estando a su lado su comadre adorada? ¿Es que le apena encontrarse en Quillacollo cuando debería estar en La Paz que es su ciudad gritando con su voz enronquecida “chucutas, viva La Paz y nada más”, como lo hacía antaño?”
Algo de mi nostalgia había captado la inteligente cochabambina quien –como suele hacer ella–, pensó que solamente se trataba de una nostalgia gastronómica, prometió invitarme durante varios días a saborear algunos manjares paceños. Pero mi tristeza era más honda y no pasaba por el estómago.

Tratando de explicarle el meollo de la cuestión le dije a la inteligente cholita que los verdaderos paceños habían desparecido pues cuando alguna vez salía por las calles de mi ciudad y me aventuraba a ir por las calles del centro o por el Paseo de El Prado sólo me cruzaba con rostros hostiles y a veces fieros que gritaban en mis orejas consignas políticas de nuevo cuño y miradas hostiles o envidiosas hacia mi corbata.

¿Dónde estaban mis viejos amigos paceños…? Habían desparecido todos, ocupando las bellas calles y paseos de mi ciudad multitudes de fieros manifestantes, amigos y contrarios de los personajes que ahora gobiernan con ínfulas de ser reencarnaciones de Túpac Katari o Bartolina Sisa.

Parece que ya no hay paceños de verdad por las calles de La Paz y mi comadre corroboró mi apreciación, manifestándome para halagarme que uno de los últimos que quedaban ella lo tenía en Quillacollo en calidad de hipoteca, listo para reclamar que se levantara un monumento en El Prado para recordar al Paceño Desconocido, uno de los cuales inspiró la Revolución del 16 de julio de 1809 enseñándonos con su vida y con su muerte que la tea que nos dejaba encendida nadie la podría apagar, lo cual me permitió decir en Quillacollo que La Paz es la cuna de la libertad y la tumba de los tiranos.

Macacha, siendo descendiente de las Heroínas de la Coronilla halló una tea que don Nemesio guardaba en su ropero y ambos desfilaremos mañana en homenaje a La Paz en honor y recuerdo del Paceño Desconocido.