InicioAnálisisP. Pedro Rentería: “El síndrome del iceberg”

P. Pedro Rentería: “El síndrome del iceberg”

De la serie: “La aventura de crecer contigo”

(Nueva temporada)

Pienso últimamente que las personas somos, creo que en cierta manera, un iceberg”.

Quienes nos dedicamos a esta hermosa labor de escribir, en la que me considero un novato, sabemos bien que antes de pasar las ideas al papel -en este caso a la pantalla del computador- hemos tenido la, a veces, obsesiva labor de darlas mil vueltas en la cabeza y, de paso, también en el corazón. Algo parecido ocurre con los títulos, ya que son el “gancho” para que tú, amiguito del hogar-internado que me lees, te hayas decidido a interesarte por estas líneas.

Así que consulté el Diccionario de la Real Academia y encontré… Síndrome:  “Conjunto de signos o fenómenos reveladores de una situación generalmente negativa” (una de las varias acepciones). Iceberg: “Gran masa de hielo flotante, desgajada del polo, que sobresale en parte de la superficie del mar”. Y me dije: estas palabras me vienen de maravilla para el título.

Ya sé que te estarás preguntando que a dónde quiere llegar el padrecito con esta especie de clase de Lengua. Sencillamente, necesitaba estas definiciones para ordenar las ideas en la columna de hoy. Te pido que tengas paciencia conmigo.

Ciertamente, podemos esconder lo mejor”.

Pienso últimamente que las personas somos, creo que en cierta manera, un iceberg. Como esa masa de hielo, también nosotros hacemos sobresalir a la superficie pública, donde los demás nos ven, los pensamientos, actitudes, creencias, valores, conocimientos, que consideramos podemos mostrar. Y como el iceberg esconde bajo la superficie del mar muchísima más cantidad de hielo que la que asoma, pues parece que el ser humano oculta lo mejor y lo peor bajo su apariencia externa.

Y esto, queridos chavales, son signos reveladores de una posible situación negativa (síndrome). Por supuesto no quiero que veáis en mis palabras una generalización torpe. Más bien, intentemos identificarnos con ellas para ayudarnos a entendernos -también los adultos- en nuestro empeño de seguir madurando.

Ciertamente, podemos esconder lo mejor. Auténticas cualidades, habilidades y destrezas manuales e intelectuales, así como sentimientos, que por muchos motivos no supimos hacerlos manifiestos. No nos conocemos del todo y pretendemos conocer a los demás en el juego de los juicios humanos.

Desgraciadamente solemos ocultar nuestras heridas. Todo eso que nos hizo daño y posiblemente nos lo siga haciendo. Algunas conscientes y otras rondan el misterio del inconsciente de nuestra vida.

Sí, somos todo un misterio fabricado en la libertad maravillosa que nos regaló la mano bondadosa del Creador. Bueno, como os gusta decir, de Papá-Dios (a mí también me gusta).

El tema de las heridas me ha interesado tratarlo en más ocasiones. Me parece muy necesario para nuestro desarrollo humano y también espiritual. Mi experiencia con personas que escucho, me enseña que detrás de variadas situaciones humanas se esconden heridas. Solo así entiendo el sufrimiento, la desazón, los comportamientos de muchos. No soy sicólogo y lo que he aprendido de quienes saben es que las heridas duran siempre, más o menos abiertas, y necesitamos habilidades para asumirlas, para darlas un sentido… Alguien me dijo: para “embellecerlas”. Me gustó este comentario.

Escuchar está al alcance de toda persona disponible, esas que tienen un talante positivo y sinceros deseos de dar vida”.

Los educadores tenemos la ineludible obligación de ayudaros, chicos, a sacar a flote, a la superficie, las mañas, las artes, los talentos, que se agazapan (miremos el diccionario) en la mole de hielo de ahí abajo. Para disfrutar de todo ello bajo la cálida caricia del sol.

Los educadores, igualmente, tenemos la ineludible obligación de ayudaros, escuchando las heridas acumuladas durante los pocos años que formaron vuestra adolescencia. Ya escuchar es toda una terapia de sanación. Escuchar está al alcance de toda persona disponible, esas que tienen un talante positivo y sinceros deseos de dar vida. Gentes que se complacen en escuchar también a los adultos.

Con nuestra Fe, con nuestro ser creyente, sabemos que Dios nos escucha. Nos lo asegura cada domingo su Palabra. Nunca lo olvides, changuito: en la escucha atenta que te ofrece tu papá, o tu mamá, o tu profe, o tu párroco, o tu amigo, Papá-Dios está presente, curando dolores y sanando heridas.

Nuestra sociedad, nuestra cultura, necesitan… “escuchadores”.

 

(P. Pedro es Comunicador Pastoral)

[Imagen: Generada por IA Copilot]

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