Análisis

P. Pedro Rentería: “¡Cuánto daño nos hacemos!”

Cuánto daño nos hacemos

De la serie: “A ti, joven campesino”

Lo que para ti, en tu entorno adolescente, es un empujón, una palabra malsonante, un desafío en la cancha, hasta un puñete…, para nosotros, repito que adultos, se convierte en una sonora negación de la dignidad del otro, en una farsa montada a conciencia, en una manera facilona e injusta de conseguir riqueza”.

Padrecito, necesito que me perdone porque soy molestoso… y es que me enojo cada vez que un compañero me “puñetea”, o me empuja, o me insulta… Creo que lo hace sin motivo.

Los educadores conocemos bien este tipo de reacciones como la que me dirigiste, changuito del hogar-internado, hace un tiempito. Bueno, en realidad, las escucho casi todos los días, machaconamente. Me refiero a las quejas continuas de unos contra otros.

Pero que sepas que en el mundo de los adultos, ese mundo supuestamente equilibrado y maduro, las nubes grises -¿o negras?- del desencuentro, la rivalidad, el no-diálogo, el disimulo, el silencio cómplice, la mentira… y más cosas feas, están a la orden del día.

Lo que para ti, en tu entorno adolescente, es un empujón, una palabra malsonante, un desafío en la cancha, hasta un puñete…, para nosotros, repito que adultos, se convierte en una sonora negación de la dignidad del otro, en una farsa montada a conciencia, en una manera facilona e injusta de conseguir riqueza.

Y, como leemos constantemente en los medios de comunicación, en repetidos abusos y violaciones hacia los más frágiles y vulnerables de nuestra sociedad.

¡Uy!, padrecito, hoy utiliza palabras fuertes… ¿Será verdad, entonces, como dice mi abuela, que este mundo se va “al agua” y pronto el castigo de Dios llegará? Porque están pasando cosas que, parece, nos están autodestruyendo. Se dice así, ¿verdad?

No, tranquilo, chavalillo, que el buen Papá-Dios nos conoce bien y sabe lo que en verdad hay en nuestro corazón. Y el suyo es un corazón paciente, amoroso, sensible como ninguno y lleno, llenito, de gran misericordia.

Es cierto. Dios, al darnos el don de la libertad -el libre albedrío- en los albores del Paraíso, se arriesgó a crear personas y no marionetas dirigidas. Me gusta decir que se “ató las manos” para no controlar nuestra existencia. Para que eligiéramos el bien o el mal, con todas sus consecuencias. Y en eso estamos a lo largo de los siglos en que el ser humano habita este lindo planeta azul.

Además, si conoces un poco la historia de esos siglos, que es nuestra historia, sabrás que siempre hubo un mundo que parecía se iba “al agua”, a la autodestrucción, como dice la abuela. Recuerda los grandes imperios de la antigüedad navegando en injusticias sin cuento. Recuerda las crueles guerras sufridas por tantas generaciones, las constantes transgresiones a la autonomía y al encanto y belleza del ser humano, de ser persona. Tan solo el siglo XX, con dos guerras mundiales y un terrible holocausto contra millones de seres, nos da idea del mal uso de nuestra ansiada libertad. Y recuerda tantas vidas inocentes frustradas en un sinnúmero de abortos.

Permíteme, hermanito, que entremos en casa. En nuestro entorno cercano. Donde transcurre la vida de cada uno. Esa vida escondida, rutinaria, sin aplausos, discreta pero fecunda y llena de hermosura para dar sentido a nuestra existencia en cualquier edad que poseamos.

¿De qué me está hablando, padrecito? No entiendo.

Muy sencillo. No miremos afuera. No botemos balones más allá de las líneas que marcan la cancha. Te invito a pensar un poco en nuestras reacciones, decisiones, maneras de acercarnos o alejarnos de los demás.

Por favor, no seamos de esos que les cuesta el trato amable, cercano, dialogante, en el hogar, en el internado, con los suyos de cada día, y se “desviven” en risas, chistes y comentarios gratos con los de fuera, con el primero que viene de visita…”

Apunta estas ¿simples? actitudes que, si no somos harto distraídos, se nos hacen patentes en cada jornada. Desde el cálido “buen día” por la mañana, aderezado (mira diccionario) con una sonrisa franca, hasta la despedida nocturna, humilde y cariñosa, que nos dispone a un descanso reparador porque nos sentimos estimados y valorados.

Por favor, no seamos de esos que les cuesta el trato amable, cercano, dialogante, en el hogar, en el internado, con los suyos de cada día, y se “desviven” en risas, chistes y comentarios gratos con los de fuera, con el primero que viene de visita… Dejan un poso de amargura y descontento.

Sé comunicativo a tiempo y a destiempo. No seas tacaño en las redes con tus pocas palabras que, al final, son solo pura formalidad hueca que no expresa nada. Piensa bien a quién debes una explicación, una disculpa, una mejor confianza. No caigas en la provocación de los molestosos y no te atrevas a provocar. Sé libre ante todos, en particular ante los “chinchosos” (diccionario) y demuéstrales tu elegancia. Más actitudes las comentaremos con tus compañeros de internado.

No nos hagamos daño. Tratemos bien a todos. La historia, los siglos, repito, nos dan lecciones sabias. Aprendamos de ellos y practiquemos una mejor convivencia.

¡Ah!, saludos a la abuelita.

 

(P. Pedro es Comunicador Pastoral)

[Imagen: elconfidencial.com]