Análisis

P. Carlos Padilla: Lo que gusta de las personas sencillas

Me gustan las personas sencillas. Viven a tu lado sin darse importancia. No presumen de sus logros. No cuentan las hazañas de su vida. No hacen nunca alardes de nada.

Me gusta la sencillez de una vida en que la rutina es sagrada y los momentos de cada día son tan de Dios que parecen siempre nuevos.

Me gustan las personas que no se complican con las cosas de la vida. No temen el hambre ni el desahucio. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni la pérdida, ni el fracaso. Aquellos que saben romper su agenda cuando es necesario. Que entran y salen con paz en el alma allí donde se encuentran.

Me gustan las personas que aman sin esperar ser amadas. Sonríen sin buscar sonrisas. Sueñan sin pretender ser soñadas. Las que dan sin buscar recompensa, sin esperar nada a cambio. Las que besan tu mano sin querer nunca que tú beses la suya.

Me gustan esos hombres de la vida cuyo nombre olvidamos. No serán recordados en los libros de historia. Ni tendrán en el cementerio el mejor mausoleo.

Me gustan esos hombres que se visten de sol cada mañana y en la noche, temblorosos, dan gracias al cielo por tanta vida acumulada.

Me gustan las personas de corazón sencillo, mirada noble, luz en el alma. Hacen de la vida una fiesta, del fracaso un camino, de la soledad y el dolor un motivo de esperanza. Ríen de buena gana con las bromas sencillas. Lloran si hay que llorar y callan si no hay que hablar.

Me gustan esos hombres que lo han leído todo, pero no por ello te hacen ver cuánto saben. Me gustan las personas que con sus manos crean, al crear se asombran, al asombrarse ríen.

Me gustan porque quieren escuchar tus historias. Y te piden que les cuentes algo. Aunque ellos tengan ya mil historias guardadas en el alma. Necesitan tus pasos en su vida y tus manos en sus manos.

Me gusta la sencillez de la vida sencilla. Donde no hay planes grandes. Porque todo, hasta lo más pequeño, es tremendamente inmenso.

Me gusta la vida sencilla de las personas sencillas. Aparentemente nacen, viven y mueren. No sueñan con esquelas donde ser recordadas. No escriben una memoria de todo lo que hicieron. No se llenan páginas con todos sus títulos y logros.

En la sección de amor llenaron tantos libros. Allí, paso a paso, amaron, fueron amados, en silencio, sin dar explicaciones. Me gustan los sencillos que absorben todo en la vida, sin creerse mejores. Sin tener pretensiones. Sin quejas, sin darse nunca importancia. Siempre escuchan, siempre aprenden.

Y yo que me complico tanto con la vida. Y exijo. Y me quejo. Y espero. Y me imagino. Y quiero enseñar. Y me cuesta aprender. Y cuando no coinciden mis sueños con la vida, comienzan mis desvelos, mis quejas y molestias.

Yo sé que los sencillos son aquellos que todo lo comprenden. Tal vez nunca han sabido los grandes misterios de este mundo. Pero saben vivir, que es lo que importa al final de la vida. Y amar y servir. Y darlo todo, con pasión, sin guardar nada.

Todo lo demás, al fin y al cabo, sólo es papel mojado. Pasa, se lo lleva el río. Y al llegar al mar apenas distinguimos sus aguas de esas aguas que acogen tanta vida. Y se confunde todo. Y todo encuentra al fin, al caer de la tarde, su último sentido. Me gustan, es verdad, las personas sencillas.