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Obispo Chino pone confianza en dialogo del Papa con el gobierno

El obispo Julius Jja Zhiguo tiene 81 años y ha perdido la cuenta de todas las veces que lo han llevado a la cárcel o que ha estado en arresto domiciliario. La última vez fue el año pasado. Algunas agencias de noticias internacionales lanzaron resúmenes angustiantes sobre las peripecias que le procuran las prepotencias burocráticas de los aparatos. Pero basta hablar con él para darse cuenta de que lo que ha soportado no ha podido quitarle la paz. Su voz es paciente y mansa, y en sus palabras no hay huella ni de quejas ni de recriminaciones, así como tampoco de miedo ni de victimismo. Sucede a menudo, como decía San Agustín, entre los que viven «entre las persecuciones del mundo y el consumo de Dios». Guía como obispo no reconocido por el gobierno la diócesis de Zhengding, que confina con la de Baoding, en la provincia de Hebei.

Obispo Julius, usted fue ordenado como sucesor de los apóstoles en 1980. ¿Cómo resumiría, en pocas palabras, esta larga experiencia de pastor en la Iglesia china?

Mi vida es hablar de Jesús. No tengo nada más que decir ni que hacer. Toda mi vida, cada día, sirve solo para hablar de Jesús a los demás. A todos.

¿También a los funcionarios que de tanto en tanto vienen para recluirle en an alguna parte?

Claro. Me acuerdo de uno de ellos. Era un hombre bueno. Después de todo el tiempo que pasamos juntos hablando, al final de su vida me dijo que tenías el deseo de ser bautizado. No pasó, pero murió en paz.

A usted le dicen «el obispo que frecuenta la cárcel»… ¿Cuántas veces ha estado detenido?

No llevo la cuenta. Durante los últimos dos años ha pasado raramente. Pero antes, había periodos en los que venían por mí más de una vez en el mismo mes.

¿Es cierto que la última vez fue el año pasado?

Sí, en mayo. Pero me dejaron regresar para la misa de Pentecostés.

¿Qué sucedió?

Me llevaron a una residencia, a un hotel. Y no me hicieron nada de especial. En esos días recé, leí, celebré la misa y hablé con ellos. Ellos repetían, una vez más, que no habría debido hacer lo que había hecho.

¿Y qué había hecho?

Había ordenado a algunos sacerdotes. Les dije que esa era mi vida, mi trabajo. A los sacerdotes los ordena el obispo, y el obispo soy yo. No hay nada que pueda hacer. Si no los ordeno yo, no los ordena nadie. Ellos me repetían: «No,tú no eres obispo, no tienes la aprobación del gobierno». Y entonces yo les respondía: «Claro que soy el obispo. EL pueblo de Dios me reconoce como su obispo legítimo. Y también el Papa». Y seguimos repitiendo las mismas cosas durante mucho tiempo. Pero sin discutir, sin agitarnos, hablando con tranquilidad. Al final me volvieron a llevar a mi casa. Quedamos en paz.

¿También antes sucedía lo mismo?

Los motivos siempre son los mismos. Yo no hago nada contra nadie. No quiero desafiar al gobierno, no tengo nada contra el gobierno y no hablo mal de ellos. Pero soy un obispo de la Iglesia católica. Y ellos siempre vienen por mí porque hago las cosas que deben hacer los obispos.

¿Qué impresión tiene de los funcionarios que se ocupan de usted?

Ellos conmigo no saben qué hacer. Me hablan de esta independencia y autonomía de Roma. Entonces yo les digo que no es posible, porque yo soy un obispo católico, y estar en comunión plena con el Obispo de Roma forma parte de la fe católica. Pero ellos no conocen la naturaleza de la Iglesia, por lo que cuando les digo simplemente estas cosas se quedan sorprendidos y no saben qué hacer.

Es decir que no saben muy bien de qué habla…

Justamente. Repiten ciertas fórmulas y ciertas consignas que les dijeron que dijeran sobre la independencia de Roma, del Vaticano, pero se ve que lo hacen como algo que deben hacer. Solos, ciertamente, no podrían lograr imaginar la naturaleza propia de la Iglesia católica y su ministerio. Creen que la Iglesia es un aparato político. Y entonces incurren en interpretaciones erróneas. Yo les repito que lo que hago son cosas ordinarias para nuestra Iglesia, forman parte de nuestra fe, de nuestra vida. «Aunque me metan a la cárcel», les he dicho tantas veces, «las cosas son así, y no hay nada que pueda hacer».

¿Cómo vivió los años de las persecuciones, durante el tiempo de la Revolución cultural?

Los grandes problemas comenzaron cuando yo era seminarista. De 1963 a 1978 estuve en trabajos forzados en lugares perdidos, fríos e inhóspitos.

¿Cómo conservó su fe?

Era suficiente tener a Dios en el corazón. Esto me ha acompañado y me defendió durante todo ese tiempo. Entonces es obra suya, no mérito mío. Hubo muchas dificultades, pero Dios estaba a mi lado, y esto era suficiente. Estábamos tranquilos, porque encomendábamos todo al Señor. A veces sucede que las dificultades pueden hacernos crecer en la confianza y en el amor a Jesús.

Después de que terminaran esos «tiempos difíciles», usted fue ordenado primero sacerdote y después obispo en poco tiempo. ¿Cómo sucedió?

Recibí la ordenación episcopal por la diócesis de Zhengding y, después de haber tenido el mandato apostólico de la Santa Sede fui a la Oficina de asuntos religiosos, para decirles que yo era un obispo. Se rieron de mí, diciendo que en China nadie podía ejercer la función del obispo si no lo reconocía el gobierno. Pero los fieles, por el contrario, me reconocen como obispo. Y los funcionarios de la política religiosa no saben qué hacer conmigo.

Muchos siguen diciendo que en China hay «dos Iglesias», una fiel al Papa y la otra sometida al gobierno. ¿Cuál es la situación?

El problema es que algunos extremistas de izquierda han tratado de llevar a la Iglesia china por el camino de la independencia, de la autonomía y de la separación del Papa, y, hasta que la cosa no se aclare, habrá motivos de división. El Papa siempre invita a la unidad y a la reconciliación. Y entonces habrá que encontrar la manera para deshacer este nudo. Porque los fieles rechazan a los que se muestran ambiguos en estas cuestiones.

Además de las influencias de la política religiosa, ¿hay otros factores de división?

También hay factores internos. Está, por ejemplo, el caso de todos los obispos que primero fueron ordenados sin el consenso del Papa y que después pidieron el permiso de ser legitimados. Son sinceros y están en comunión con el Papa, pero hay algunos sacerdotes que no lo aceptan. Tienen sospechas sobre estos obispos y sobre sus sacerdotes, condenan a los demás poniendo en duda la autenticidad de su fe, crean divisiones tras divisiones, presentándose con soberbia como los únicos y auténticos creyentes.

¿Todos han acogido en China la Carta a los católicos chinos de Papa Benedicto XVI, o algunos no la han considerado?

Papa Benedicto nos exhortó a unirnos. Pero luego con esa carta hubo algunos que alimentaron la confusión, difundiendo interpretaciones contrapuestas, sobre todo en ciertos ambientes de las comunidades clandestinas. Nosotros la seguimos a la letra, dejando a un lado las interpretaciones que desvían y confunden los corazones de los fieles. Hemos seguido a la letra lo que dice el Papa: reconciliación con todos los que están en comunión con el obispo de Roma.

¿Logra seguir de alguna manera el magisterio de Papa Francisco? ¿Cuáles de sus sugerencias le parecen más importantes para la Iglesia en China?

Lo seguimos día a día, todo lo que dice o hace. Todos están sorprendidos por las palabras y los sus gestos con los que expresa la caridad y la predilección por los pobres, por los que sufren y por los que han sido heridos por la vida. Son cosas que en China tienen gran impacto, en todos.

Francisco ha dicho en varias ocasiones que pretende dialogar con el gobierno y que querría también reunirse con el presidente Xi Jinping. ¿Sería algo bueno?

Claro, para empezar es lo mejor. Luego, obviamente, habrá que ver los hechos, más allá de las palabras. Pero verse y hablar es mejor que no verse, porque solamente si nos vemos y hablamos podemos afrontar los problemas.

¿Cómo podrían resolverse, según su opinión, los problemas en relación con la Asociación Patriótica?

Depende. Si ellos renuncian a un concepto y a una forma práctica de independencia incompatible con la naturaleza propia de la Iglesia. En ese caso, la Asociación patriótica podría seguir funcionando, desempeñando una función de «puente», para impulsar las relaciones entre la Iglesia y el gobierno.

¿Y sobre los nombramientos de los obispos? ¿La Santa Sede puede tener en cuenta que también le interesan al gobierno?

En la fase de estudio para la elección de los obispos, se podría encontrar una manera para tener en cuenta las expectativas del gobierno. Pero no hay que confundirse. El obispo debe recibir el nombramiento del Papa. El nombramiento debe provenir del Papa.

Si la Santa Sede sigue adelante en el diálogo con el gobierno, ¿cuál será la reacción de los católicos chinos?

Confiamos en el Papa. Es él el Sucesor de Pedro y, en comunión con toda la Iglesia, custodia la fe de los apóstoles con la ayuda del Espíritu Santo. No es una cuestión de habilidades humanas: confiamos en el Papa porque confiamos en el Señor que sostiene y guía a Su Iglesia, y nos encomendamos a Él. Se habla desde hace muchos años de cómo resolver este problema. Es una cuestión completa, pero todo está en manos de Dios, y nosotros estamos tranquilos. No nos preocupamos. Sabemos que el Papa no renunciará a las cosas esenciales que forman parte de la naturaleza de la Iglesia.

¿Cuáles son los problemas en su diócesis? ¿Hay divisiones entre oficiales y clandestinos?

Yo siempre he estado en la catedral, en la aldea de Wuqiu, cerca de la ciudad de Jinzhou. Las cosas del pasado pertenecen al pasado, y no hay necesidad de hablar de ellas. Antes, durante cierto periodo, en el mismo lugar había un obispo ordenado sin el consenso de la Santa Sede. En esa época había problemas. Pero luego el obispo pidió recibir la legitimación de la Sede Apostólica y antes de morir me reconoció como obispo ordinario, responsable de la diócesis. Entonces, desde aquel momento, dejó de haber incertidumbres y desapareció cualquier sospecha de división a nivel sacramental, y ya no había dudas sobre la unidad. Las cosas se arreglaron más o menos. Por lo menos dentro de la iglesia o había ninguna división. Todavía existen problemas provocados por el hecho de que el gobierno no me reconoce como obispo. Y luego están los que crean algunos sacerdotes bajo la influencia de algunas comunidades extremistas de una diócesis cercana. Son grupos que fomentan la división y atacan a los demás. Ellos dicen que son los únicos y auténticos creyentes, pero son casos aislados. En general prevalece la armonía.

¿Cuáles son las cosas que podrían apagar esa fe que sobrevivió durante el tiempo de la persecución?

Muchos se están entibiando por el aumento del materialismo y del consumismo. Muchos ya no vienen a rezar a la iglesia, también porque siempre tienen cosas que hacer y no tienen tiempo. Debemos hacer algo. Tenemos mucho trabajo. China es un gran campo en el que hay que sembrar el Evangelio de Jesús.

¿Cómo hay que tratar a los obispos que no aceptan ordenaciones ilegítimas?

Hay que rezar por ellos y ofrecer un buen testimonio. También sus fieles deben rezar y ofrecer un recto testimonio. No hay otros caminos.

Si durante el Año Santo fueran canceladas las penas canónicas aplicadas a los obispos ordenados sin el consenso de la Sede Apostólica, ¿qué sentirá usted?

Los buenos cosecharán buenos frutos. Pero no hay que impulsar a los malos a que perseveren. Los que admiten el error y piden perdón son más admirables que los que no admiten el error y no piden perdón. ¿Cómo se podría perdonar a quien no reconoce que se ha equivocado?

El Año de la Misericordia comenzó hace dos meses. ¿Cómo está viviendo este tiempo usted, como obispo?

Creo que no he hecho lo suficiente hasta ahora. En mi miseria y en mi debilidad, siento que debo encomendarme más a la misericordia de Dios. Y siento que debo ser más misericordioso con los que están conmigo. Hay que escuchar al Papa y sus palabras. Anunciarlas y ponerlas en práctica.

¿Puede contarnos un episodio concreto para demostrar cómo ha sido tocada la vida de los católicos de su diócesis por el Año de la Misericordia?

Hay un hecho luminoso, que manifiesta la fuerza de la misericordia de Dios: desde que entramos en el Año Santo de la Misericordia, el número de personas que viene a la iglesia se ha duplicado. Mis sacerdotes me confirman que la potencia de la misericordia es verdaderamente grande. Hace poco hicimos un retiro para los fieles: muchos de los que no entraban a la iglesia desde hace más de diez años se acercaron al sacramento de la confesión, y agradecemos a Dios por esto. También muchas personas que no se hablaban desde hace años por viejos contrastes fueron a confesarse y se reconciliaron entre sí. Hay muchísimos casos de este tipo.

Parece que en China se siente más que en otros sitios la necesidad del Año de la Misericordia. ¿Comparte esta impresión?

Absolutamente. En China sentimos la necesidad del Año de la Misericordia. Hay que dejarnos tocar por esto. Esto sucede porque nuestra naturaleza, marcada como la de todos por el pecado, tiende a cultivar los prejuicios, y deseamos que Dios castigue a los malos.

En algunas diócesis, entre algunas comunidades católicas persiste todavía una «división sacramental» entre las llamadas comunidades «clandestinas» y las «abiertas». ¿El Año Santo podrá curar esta herida?

Es difícil decirlo. Porque no escuchamos la voz de Dios. Creemos que somos justos. Y esto sucede porque no conocemos a la persona de Jesús, y no tenemos una profunda experiencia con Él.

¿El Año Santo puede ser la ocasión para anunciar y ofrecer testimonio del Evangelio en China, incluso entre quienes no se han encontrado con Jesús?

Para empezar, debemos ser nosotros los que debemos llenarnos del amor de Dios. Y luego aprovechar de todas las circunstancias para anunciarlo. Hay que dar el ejemplo, viviendo el Evangelio.

En su diócesis nació y sigue funcionando un gran seminario que ha dado a la Iglesia china muchos sacerdotes. ¿Cuál es la situación de las vocaciones en su diócesis?

Las vocaciones han disminuido. Muchos no quieren donar su vida a Dios, poniéndose al servicio de los hermanos. Prefieren la vida cómoda. Hay que ofrecer testimonio de que darse a Dios es una cosa hermosa, que se gana una riqueza más grande que la riqueza ilusoria que nos dan el materialismo y el consumismo.

Usted fundó un orfanato y vive con los huérfanos. ¿Nos puede contar alguna experiencia bella de su vida allí?

Es una obra buena y bella. Y se han dado cuenta todos, tan es así que recibe ayuda incluso de los budistas. Yo vivo ahí desde hace más de veinte años. Hay unos 70 huérfanos, algunos tienen graves discapacidades y necesitan constantes cuidados. Cada día estoy con estos chicos. Hay 26 monjas que nos ayudan. Nos sostenemos con las donaciones del pueblo, que no lleva dinero, sino bienes materiales. Algo también recibimos del gobierno. Para mí esta obra es lo más importante, lo que más me importa. Es la realidad a la que no podemos renunciar. Mediante ella, todos ven el amor gratuito de Jesús por cada uno e nosotros. Y pueden reconocer que la Iglesia está presente en el mundo, e incluso en China, por el bien de todos.

Obispo Jia, ¿qué pasaría si esta entrevista le causara algún problema?

¿Por qué? Si alguien tiene algo que decir, trataré de explicar simplemente que no dije nada contra nadie. No he usado palabras para condenar o para criticar a nadie. Solo conté mi historia. La historia de un pobre obispo católico que vive en China.