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Nuestro EDITORIAL: Las “periferias” de Francisco

¿Hemos considerado que el templo, nuestros templos, construidos con las piedras vivas, están en verdad en las plazas de nuestras ciudades, en los rincones sórdidos de nuestros barrios periurbanos, en los campitos trabajados con manos endurecidas y cansadas, en esas cárceles olvidadas por una justicia totalmente deshumanizada?. 

Después de la sorpresa que nos dio el Papa Benedicto XVI con su renuncia, la Iglesia volvió a sorprendernos con el anuncio de la elección de un nuevo Pontífice: Francisco. Desde entonces, desde aquel día 13 del pasado mes de marzo, Jorge Mario Bergoglio se ha convertido en todo un huracán en las ya revueltas aguas de nuestra Iglesia.

Revueltas para los medios de comunicación que tanto gustan de noticias jugosas para consumir. Desde luego, no tan revueltas para quienes vivimos el día a día de un camino cristiano hecho de reflexión, apostolado y participación en las liturgias sacramentales. De crecimiento disciplinado y mirada esperanzada hacia el futuro.

Del Papa Francisco se ha dicho de todo. Se le ha hecho protagonista de una nueva “primavera” en la Iglesia y no falta quien le ha tachado de Papa populista que con palabras radiantes y gestos inusuales intenta convencer al más descreído.

Se le ha comparado, inevitablemente, con sus antecesores, en especial con Ratzinger. A lo que él ha sabido responder estando cerca del Papa emérito, de quien sin duda habrá recibido información necesaria y prudente consejo. Hasta llegó a invitarle a participar en la JMJ de Río, prefiriendo Benedicto informarse en la televisión y prometiendo su oración por el buen fruto espiritual de tal acontecimiento.

Uno de los conceptos usados por Francisco, y que ha calado en el ánimo de muchos, es el de las “periferias”. Lo usó ya durante las Congregaciones Generales previas al Cónclave. El entonces arzobispo de Buenos Aires afirmaba que la Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.

Nos parece que en este enjundioso texto encontramos la clave para entender el “ser” y el “hacer” que nos propone el Pontífice. Ya lo había reiterado Benedicto XVI refiriéndose a las nuevas formas de hacerse presente en un mundo en permanente cambio.

El pecado, el dolor, la injusticia, la ignorancia, la prescindencia religiosa, el pensamiento actual y toda miseria constituyen las dianas a las que dirigir el trabajo apostólico y misionero de esta Iglesia inmersa ya en el tercer milenio. Es tan urgente esta labor de los “enviados”, de los creyentes maduros y disciplinados, que son muchas las ocasiones en que el actual Pontífice ha hecho referencia a ella en sus diversos discursos, homilías o alocuciones.

Y siempre con la exigencia de la alegría: Ustedes saben que en la vida de un obispo hay tantos problemas que piden ser solucionados. Y con estos problemas y dificultades, la fe del obispo puede entristecerse. Qué feo es un obispo triste. Qué feo, que es. Para que mi fe no sea triste he venido aquí para contagiarme con el entusiasmo de ustedes (a los jóvenes en Río, en el paseo marítimo de Copacabana). Francisco siempre quiere ir por delante con su testimonio.

El mensaje recurrente del obispo de Roma nos invita a salir, a que la Iglesia salga a la calle, huyendo de la mundanidad, de la instalación, de la comodidad, del clericalismo, del estar encerrados en nosotros mismos. Importante encargo cuando afrontamos casi el final de este Año de la Fe y su exigencia de una Nueva Evangelización… ¿Cómo resultaría hoy una evaluación de lo que va siendo en nuestras Diócesis de Bolivia esta Nueva Evangelización?

El Papa nos da su clave: ¿estamos saliendo a las “periferias” para enfrentarnos, cara a cara, con las miserias y carencias, de todo tipo, de nuestras gentes?, ¿hemos considerado que el templo, nuestros templos, construidos con las piedras vivas, están en verdad en las plazas de nuestras ciudades, en los rincones sórdidos de nuestros barrios periurbanos, en los campitos trabajados con manos endurecidas y cansadas, en esas cárceles olvidadas por una justicia totalmente deshumanizada?

¿No es hora ya, por ejemplo, de acabar con tanta inflación de Eucaristías como tenemos en las parroquias y dedicar más tiempo al acompañamiento, tan necesario, de nuestros niños, adolescentes y jóvenes? En particular, con los más desfavorecidos y excluidos. Y hacerlo allí donde están. Ciertamente, dejar las sacristías y acudir a las “periferias”.

Acudir, claro, con un corazón henchido de vigor y fuerza por el encuentro con Cristo en la oración y los sacramentos. Es a Él a quien tenemos que anunciar y no otro. Si no, seríamos sólo funcionarios, meros agentes propagandísticos de no se sabe qué organización humanitaria.

Nos unimos al Papa Francisco en su oración por la paz en el mundo. Y en su denuncia a los poderosos, empeñados en solucionar sus diferencias con el uso de la fuerza. Hoy más que nunca resuena en nuestros corazones su grito angustioso: ¡No más guerras! ¡Nunca más!

¡Nunca más!