Análisis

Nuestro EDITORIAL: Amigos de todos…

…en especial de los pobres, necesitados y excluidos.

Parece que las tensiones sociales nunca terminan. Sería ingenuo soñar con una situación económica, política, jurídica -y demás calificativos que modelan nuestra convivencia- que hubiese alcanzado cotas de progreso, armonía y cumplimiento cabal de todos sus objetivos. Ingenuo porque nunca nos pondremos de acuerdo, incluso desde la perspectiva más democrática posible, en la configuración de esos objetivos.

La realidad es tan compleja, ambigua y depende tanto incluso de cómo afrontamos cada uno la jornada que comenzamos al levantarnos por la mañana, que jamás coincidiremos al cien por cien en la manera de construir esa convivencia, a pesar de una loable buena voluntad.

Por ello será mejor no responsabilizar a la realidad que nos circunda, sino más bien al complejo entramado que nos caracteriza como seres humanos: racionales, sociales, lúdicos, capaces de amar y también de odiar.

Nosotros hacemos la realidad y no al revés. Nosotros somos los que tensionamos un país o el mundo entero. Mirémoslo en nuestro entorno. Desde esa especie de culebrón que supone nuestra tirantez constante por conseguir una soberanía pactada al “pacífico” mar arrancado, hasta las constantes amenazas de bloqueos y manifestaciones mil que padecemos estoicamente y apenas sin rechistar.

En medio, cómo no, la persistente inquietud ante una Justicia sembrada de sospechas e irregularidades, las polémicas que siempre surgen tras las declaraciones por parte de nuestros obispos o el ninguneo hacia los discapacitados que apenas conseguirán sus últimas reivindicaciones. Y no olvidemos la reciente Ley de Género que tantos quebraderos de cabeza nos hará padecer.

Si salimos de nuestras fronteras el panorama no es más alentador: el horno caliente de la política de los vecinos venezolanos, las leyes que cerca y lejos favorecen el aborto y enseguida la eutanasia pura y dura, el drama de los refugiados que siguen huyendo de la barbarie del llamado Estado Islámico, la vieja Europa que dejó de ser referente moral para convertirse en un hervidero de corruptos y mediocres… La amenaza real del islamismo radical en Europa, quizá pronto a nivel global.

Y, lamentablemente, el reciente vil asesinato del sacerdote francés Jacques Hamel que tanto ha conmocionado dentro y fuera de la Iglesia.

En el trasfondo de este paisaje reconozcamos el silencio ensordecedor de los que sufren, ahora mismo, hambre, abandono, esclavitud y todo tipo de exclusiones por su ideología, creencias, sexo o, simplemente, su origen étnico.

¿Qué podemos hacer hoy los creyentes?, ¿qué papel debemos asumir para amortiguar tanta tensión de aquí y de allá? Y hacerlo desde nuestro ideal evangélico, es decir, desde la enseñanza que nos dio el Maestro de Nazaret. Porque es lo que nos define como tales, como personas de Fe, con mayúscula.

Parece que con ese Evangelio en la mano debemos huir de todo enfrentamiento -que siempre es estéril-, defendiendo las razones que nos dictan nuestras convicciones con la certeza y el testimonio de un actuar que se corresponda con las ideas que amparamos. Si no somos creíbles, si nuestras palabras y nuestro proceder no son sensatos, equilibrados, maduros, sólo provocaremos distanciamiento, polémica y más crispación.

Y resulta juicioso afirmar que la batalla -disculpe el lector este término bélico- que nos toca librar, en medio de tanta vorágine, será fecunda, no ya en los corrillos de opinión de los medios de información, sino en el barrio, en la calle, con la familia, con los vecinos, en el lugar de trabajo, en la cancha, en los ambientes de tiempo libre. Es en esos escenarios donde debemos y podemos crear ambiente de auténtico proceso de cambio, donde debemos y podemos mostrar un talante abierto a todos, que escuche a todos y dialogue sin reservas ni menoscabo de aquellos aspectos en los que ceder.

La más cotidiana sicología, la de “andar por casa”, nos dice que las críticas servidas en plato de intolerancia son inútiles porque ponen al otro a la defensiva y tratará de justificarse con todos los medios a su alcance, incluso los violentos. ¿De qué nos sirve lastimar orgullos y despertar resentimientos?

Seamos amigos de todos, en especial de los pobres, necesitados y excluidos. Y aprovechando lo escrito más arriba, en el segundo párrafo, intentemos levantarnos por la mañana con el pie derecho, como se dice.