Análisis

Germán Mazuelo Leytón: “¡Ninguna cruz. Qué cruz!”

El título me lo presto de San Luis María de Montfort, que lo escribió en su hermosa «Carta a los Amigos de la Cruz».

Ese escrito del Santo responde con claridad meridiana a la pregunta que uno podría hacerse: «¿El dolor y el sacrificio pueden dar maravillosos frutos, y hasta la alegría?».

«Sí, sí que lo creo y la historia nos lo demuestra», sería su respuesta.

El dolor, el sufrimiento, tienen sus valores, que podríamos resumir en ocho:

1º Lleva al conocimiento de sí mismo. Nos ayuda a conocernos, ya que nos coloca solos frente a nosotros mismos, sin influencia de otros.

2º Madura a la persona. Es el dolor el que nos incita en la seriedad de la vida, el que trunca los sueños y disuelve las fantasías. Son las dificultades y los contratiempos los que nos obligan a pensar y a reflexionar, los que nos muestran la existencia desnuda y en su triste realidad.

Los que nos hacen ser más cautos, más serenos, más prudentes.

3º Fruto del sufrimiento: afina y eleva el espíritu. Únicamente el dolor penetra en la intimidad de nuestro yo, llega hasta los más meandros más celosamente ocultos de nuestro espíritu y sabe ensancharlo y hacer que se desarrollen en él, los germenes más preciosos.

4º El dolor capacita para comprender a los demás. Con el paso de los años y con el aumento de las penalidades personales se va abriendo camino en nuestro corazón la comprensión sincera para el enfermo, para el atormentado, el caído, el humillado.

5º Purifica y expía nuestros errores y pecados. La humillación, la impotencia y la inacción son el castigo del orgullo. La decadencia y la debilidad del cuerpo, el castigo de la concupiscencia.

6º El dolor es mensajero de Dios. En los Proverbios se afirma: «El Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo querido».

Permite que nuestros ídolos sean destrozados, que encontremos amargura y desilusión, donde creíamos saborear la dulzura del placer y gozo. Así llegaremos a convencernos  de que la felicidad ha de buscarse no en las criaturas sino por encima y fuera de ellas.

7º El dolor es un medio eficaz de redención social. Partícipes del dolor y de la ofrenda de Jesús en la Cruz, somos llamados a compartir la obra de su resurrección para la salvación del mundo y para la de cada individuo.

8º El dolor es fuente de alegría y de paz. La alegría de saberse guiados y sostenidos por aquél de quien procede toda ayuda y a asegurar a todos el alivio y el consuelo.
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La alegría de saber que los sufrimientos de la vida presente no son nada en comparación con el placer y la gloria que ha de manifestarse en nosotros.

Montfort nos hace la siguiente recomendación:

Aprovechaos de los pequeños sufrimientos aún más que de los grandes. No mira Dios tanto lo que se sufre como la manera en que se sufre. Sufrir mucho y mal es sufrimiento de condenados; sufrir mucho y con aguante, pero por una mala causa, es sufrir como mártir del demonio; sufrir poco o mucho, sufriendo por Dios, es sufrir como santo.

Si se diera el caso de que pudiéramos elegir nuestras cruces, optemos por las más pequeñas y deslucidas, frente a otras más grandes y llamativas. El orgullo natural puede pedir, buscar e incluso elegir y tomar las cruces más grandes y espectaculares. En cambio, sólo puede ser fruto de una gracia excelente y de una gran fidelidad a Dios ese elegir y llevar alegremente las cruces pequeñas y oscuras.

Actuad, pues, como el comerciante en su mostrador, y sacad provecho de todo: no desperdiciéis ni la menor partícula de la verdadera Cruz, aunque sólo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, la dificultad de un vecino, la pequeña injuria de un desprecio, la pérdida mínima de un dinero, un ligero malestar del ánimo, un cansancio pasajero del cuerpo, un dolorcillo en uno de vuestros miembros, etc. Sacad provecho de todo, como el que atiende su comercio, y así como él se hace rico ganando centavo a centavo en su mostrador, así muy pronto vendréis vosotros a ser ricos según Dios. A la menor contrariedad que os sobrevenga, decid: «¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío!». Y guardad en seguida en la memoria de Dios, que viene a ser vuestra alcancía, la cruz que acabáis de ganar. Y después ya no os acordéis más de ella, si no es para decir: «¡Mil gracias, Señor!» o «¡Misericordia!» (Carta a los amigos de la Cruz, 49).

¿Le parecen pocos estos frutos maravillosos del sufrimiento y del dolor? Dé cara al sufrimiento, acéptelo, elévelo, multiplíquelo y sentirá un enorme gozo en lo más íntimo de su alma.