Sucre

Monseñor Pérez: “Sin trámites burocráticos”

Mateo-22-34-40-1
Evangelio – Reflexión
Domingo XXX durante el año
Mons. Jesús Pérez Rodríguez OFM

Evangelio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

Reflexión

Tendríamos que vivir muy agradecidos a aquel maestro de la ley que hizo la pregunta a Jesús sobre cuál es el mandamiento principal. El evangelista Mateo, de quien está tomado el evangelio de hoy, en el capítulo 22, 34-40, puntualiza que había mala intención en la pregunta. En tiempos de Jesús los estudiosos de la Biblia habían llegado a hacer una lista de 613 preceptos que, según ellos, era necesario cumplir para agradar a Dios y alcanzar la salvación. Hoy se ha perdido la cuenta, pero nos queda mucho por recorrer, para ser discípulos de Jesús, viviendo en la simplicidad y el amor.

Los evangelios nos hablan del encuentro con Dios, sin el que no hay verdadera vida cristiana. No pocas gentes están convencidas de que el trato con Dios es algo en extremo complejo. ¿Cuántas horas dedicamos a la semana a conversar con Dios? ¿Será difícil hablar u orar a Dios? ¿Será que lo que hacemos en la vida resulta complejo? En  nuestro mundo pasa que casi en todos los trámites que hacemos nos exigen largas colas, llenar formularios, buscar certificados duplicados y triplicados. Por ello, cuesta creer que tenemos audiencia permanente con Cristo que está en el Sagrario, que el trámite de recibir el perdón de los pecados en el sacramento de la penitencia sea tan simple, que el llamado a la santidad es para todos… Para hablar con Dios no se necesitan trámites burocráticos.

No hay duda de que la misión evangelizadora de Jesús consistió principalmente en manifestar cómo era de bueno Dios Padre, en purificar la religión del cúmulo de complicaciones que se habían ido introduciendo. Basta recordar o comparar los antiguos ritos de sacrificios de animales en el templo de Jerusalén con la gran sencillez de nuestras celebraciones de la misa, sacrificio espiritual y de alabanza a Dios Padre en el Hijo y por Él. Tendríamos que leer detenidamente la carta a los Hebreos donde se nos dice claramente que no hay que ofrecer sacrificios de animales.  El sacrificio de Cristo, que se actualiza en la celebración de la Eucaristía, fue mandado por el mismo Cristo: “Hagan esto en memoria mía”.

Jesús responde con una cita del libro del Deuteronomio del capítulo 6, versículo 5 y la del amor al prójimo está tomada del Levítico 19,18. Esta primera cita habla del amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu. ¿Quién podrá decir que ama a Dios de esta forma? Es una meta muy alta. De todas formas, lo importante es que toda la persona esté comprometida en el amor a Dios. Amar, amar a Dios con todo lo que somos. No solamente con el corazón, sino también con las fuerzas físicas, la imaginación, la inteligencia. ¡Cuántas faltas o pecados de omisión hay en nuestro amor a Dios!

Dios nos manda amarle. Esto lo encontramos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Sólo el que ama puede pedir que se le ame. Es una señal que prueba el amor, pedir el amor de otro. No lo dudemos, a Dios le interesa que lo amemos, le complace y le importa nuestro amor. Cuando Jesús se apareció a Santa Margarita de Alacoque, le dijo: “He aquí este corazón que tanto ha amado y en recompensa no recibe más que ultrajes”. En la noche de la última cena dijo Jesús a sus discípulos: “Yo les llamo amigos”.

La primera lectura de este domingo explicita las exigencias del amor al prójimo, pues es la garantía de la autenticidad de nuestro amor a Dios. Como dice Juan en su primera carta: “El que ama a Dios, y no ama a sus hermanos, es un mentiroso”. No se trata de conceder al pobre un poco de lo que nos sobra, sino de hacerle un lugar en nuestra vida. Amarlo de verdad, no es contentarse con darle una moneda, sino vivir su dolor, sus esperanzas y alegrías. Yo me asusto cada día pues estoy lejos de amarlo así.

El amor al prójimo es concretado por la Palabra de Dios, como hoy en esta primera lectura tomada del Éxodo. Las normas dadas en este libro del “código de la Alianza” son, tal vez, normas a las que no hemos dado importancia. Estas normas del amor que debemos a los demás no han perdido actualidad para Dios. Lo importante es recoger esta motivación que se añade a la norma: Dios considera dirigido a Él mismo el trato que damos a los forasteros o a los pobres e indefensos. “Si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Porque soy compasivo y misericordioso y se encenderá mi ira contra ti”.

Al finalizar el día, antes de darnos al descanso, sería muy bueno que hiciéramos un pequeño examen de conciencia o revisión de vida para preguntarnos ante Dios y la propia conciencia: ¿He amado, o más bien me he buscado a mí mismo? ¿He tratado con indiferencia a mis hermanos?

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O. F.M.
Arzobispo emérito de Sucre