Destacadas

Mons. Gualberti: Nuestra sociedad permisiva y relativista, abre paso a leyes de muerte

En su homilia dominical Mons. Sergio Gualberti, indico que conocer a la Trinidad es conocernos a nosotros mismos, nuestra vocación de vivir en familia y comunidad, porque nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de la Trinidad.

En ese contexto afirmó que debemos ser Testigos del amor de la Trinidad en nuestra sociedad y en nuestras familias donde la violencia, física, psicológica y sexual en contra de las mujeres y los niños, se difunde en manera preocupante.

Mons. Gualberti hizo un llamado a todos los bolivianos, motivado por la tragedia de la niña Alison que involucra a tres menores y ademas por tantos otros crímenes que van incrementando la sensacion de inseguridad, cuestionarse acerca de nuestra sociedad que se torna permisiva, se torna relativista y ha perdido el horizonte de la sacralidad de la vida y de los valores y los principios éticos, abriendo paso a leyes de muerte, a la degradación de las relaciones familiares y de la misma identidad familiar, cuestionarse sobre la legitimación social del abuso del alcohol, a medios de comunicación sensacionalistas y amarillistas y a una educación que no forma para la vida.

Por otro lado Mons. Gualberti advirtio que “No se soluciona el problema con medidas punitivas drásticas que vulneran la dignidad humana, como algunas voces proponen, sino con un compromiso serio de prevenir el mal, a través de la concientización, a traves de la formación integral a traves de la promoción de la vida en base a los valores humanos, culturales y religiosos.

HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI
DOMINGO 11 DE JUNIO DE 2017
CATEDRAL DE SANTA CRUZ

Con humildad y trepidación nos animamos hoy a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad, misterio del ser sobrenatural de Dios, aspecto central y fundamental de la fe y de la vida cristiana. Definimos a la Santísima Trinidad “misterio”, porque con la sola razón humana es imposible comprenderlo, pero también porque nos causa asombro que Dios haya querido compartir su vida íntima con nosotros, sus creaturas. Es Jesucristo que nos ha dado a conocer que hay un solo Dios en tres personas divinas iguales y al mismo tiempo realmente distintas entre sí: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se reveló y se hizo conocer con su presencia providente y su actuación en el mundo. San Pablo, resume esta verdad con la hermosa bendición final de su 2da carta a los cristianos de Corinto y que la liturgia toma como saludo inicial en la Santa Misa: “La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”.

“El amor de Dios”. En el A. T. Dios se fue manifestando a su pueblo elegido, como Aquel de quien proceden todas las cosas, que ama, da la vida, la mantiene y está siempre a favor del hombre. El mismo Dios se presenta ante Moisés como: “compasivo, bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad…”. Por eso Moisés se atreve a pedir: ”Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros”. Y Dios estuvo en verdad en medio de su pueblo, estrechó su alianza con él y lo acompañó en todas las circunstancias, felices y tristes, incluso en el destierro. Una opción hecha por amor, como dijo Moisés a su pueblo: “Si el Señor se enamoró de ustedes y les eligió no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, sino por puro amor”.

Y los profetas, con una imagen osada, compararon el amor de Dios para con su pueblo al amor conyugal entre un hombre y una mujer:
“Yo te desposaré conmigo para siempre… en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tu conocerás al Señor” (Os 2,11). Y a la queja del pueblo de Israel que se encontraba en exilio: “El Señor me abandonó”, Dios respondió con otra imagen incomparable: “¿Acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré”. Dios es un Padre que nos ama con el amor entrañable de madre y que llega al extremo de entregar a su Hijo para que tengamos vida: ”Dios amó tanto al mundo, que entregó a su hijo único para que todo el que cree en Él, no muera”.

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Jesucristo se hizo en todo igual a nosotros, menos en el pecado, para hacernos partícipes de la gracia de la salvación, fruto de su entrega en la cruz y de la resurrección. Como lo testimonian los Evangelios, Jesús pasó su vida haciendo el bien, derramando su gracia sobre pecadores, endemoniados, enfermos de toda clase, resucitando muertos, dando esperanza a los tristes y desanimados, proclamando la dignidad de toda persona y solidarizándose con los marginados de esa sociedad como los leprosos, viudas y huérfanos. Jesucristo es el Dios con nosotros, el amigo cercano y fiel que nos colma con su gracia y que traza el horizonte definitivo de vida, esperanza y felicidad liberándonos de toda clase de esclavitudes: el miedo, el desconcierto, el sin sentido y el vació de nuestro corazón.

La comunión del Espíritu Santo. No se trata de cualquier tipo de unidad y de comunión, sino de la comunión del Espíritu Santo, es don del Padre y del Hijo para incorporarnos en la unidad y en la comunión de la Trinidad. El Espíritu Santo es el huésped amable de nuestro corazón que trae sosiego, fortaleza y paz en toda circunstancia adversa de la vida, en el dolor y el duelo, el desánimo y la tristeza, el desamparo y la soledad.

El Espíritu Santo de la unidad realiza la plena comunión de todos los hermanos en Cristo, en una sola Iglesia, una misma familia y una comunidad según el modelo y con el sustento de la comunión del Padre y del Hijo, comunión plena que no tolera exclusiones, divisiones, marginaciones y sectarismos, sino que abre puertas y construye puentes para que todos puedan reconciliarse y unirse a Él.

Dios no vive en una espléndida soledad, él es comunión plena entre las tres personas divinas donde prima la relación de amor. Por eso Jesús, para hablar de la Trinidad, escoge nombres de familia: Padre e Hijo, nombres que hablan de vínculos de amor en el Espíritu Santo. Conocer a la Trinidad es conocernos a nosotros mismos, nuestra vocación de vivir en familia y comunidad, porque nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Prueba de esto es que la soledad nos pesa y asusta, va en contra de nuestro ser, mientras que cuando amamos, nos comunicamos y estrechamos amistad y lazos de comunión, nuestro corazón es feliz y está en paz.

La Iglesia, en cuanto constituida a imagen de la Trinidad, tiene también que dar testimonio de la misma, como comunidad que vive unida en el amor y la comunión. Por eso en esta fiesta celebramos en Bolivia la Jornada Nacional de las Comunidades Eclesiales de Base, primera célula de estructuración eclesial, el núcleo más pequeño de Iglesia donde sus miembros, a igual que los primeros cristianos, buscan vivir su fe en comunión y comunidad a imagen de la Trinidad. Les acompañamos y animamos a que sigan en su propósito, pidiendo el Espíritu Santo que haga surgir siempre más Comunidades Eclesiales de Base en nuestra Iglesia.

Para que nosotros recordemos cada día que hemos sido creados a imagen de la Trinidad y que somos llamados a dar testimonio de su amor, la Iglesia con mucha sabiduría ha puesto a nuestro alcance un medio sencillo: la señal de la cruz. En nuestras jornadas a menudo nos persignamos, pero no siempre estamos conscientes de que con ese gesto estamos profesando nuestra fe en los dos misterios principales de nuestra fe. Con las palabras “En el “Nombre” Padre Hijo y Espíritu Santo”, profesamos la fe en la Trinidad, y con el signo de la cruz recordamos el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. La señal de la cruz nos desafía a ser testigos coherentes del misterio de amor de la Trinidad, en todas nuestras relaciones: en la familia, en la comunidad eclesial y en la sociedad.

Testigos del amor de la Trinidad en nuestra sociedad y en nuestras familias donde la violencia, física, psicológica y sexual en contra de las mujeres y los niños, se difunde en manera preocupante. Solo señalo la tragedia de Alison, la niña de 6 años que ha muerto a causa de haber sido abusada sexualmente por dos familiares de 12 y 14 años bajo el efecto del alcohol. Esta tragedia que involucra a tres menores y tantos otros crímenes nos tienen que cuestionar acerca de nuestra sociedad permisiva y relativista que ha perdido el horizonte de la sacralidad de la vida y de los valores y principios éticos, abriendo paso a leyes de muerte, a la degradación de las relaciones familiares y de la misma identidad familiar, a la legitimación social del abuso del alcohol, a medios de comunicación sensacionalistas y amarillistas y a una educación que no forma para la vida. No se soluciona el problema con medidas punitivas drásticas que vulneran la dignidad humana, como algunas voces proponen, sino con un compromiso serio de prevenir el mal, a través de la concientización, la formación integral y la promoción de la vida en base a los valores humanos, culturales y religiosos.

Hoy la palabra de Dios nos ha mostrado caminos de esperanza al asegurarnos que el amor de Dios Trinidad está dentro de cada uno de nosotros y nos da la fuerza de ser sus testigos, haciendo lo que Jesús hizo: entregarnos a los demás, en particular a los pobres, los sufridos y los marginados, para que el reino de Dios, reino de vida, amor y paz vaya extendiéndose en el mundo. Amén