Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “No odiarás a tu hermano en tu corazón”

La liturgia de la palabra, desde hace 4 domingos ofrece a nuestra reflexión el sermón de la montaña, en el que Jesús nos presenta la admirable novedad del Reino de Dios. Hemos ido viendo cómo las bienaventuranzas, programa de vida de todo cristiano, encabezan el sermón de la montaña, seguidas del llamado de Jesús a los discípulos para que sean sal de la tierra y luz del mundo y luego en estos dos últimos domingos, las enseñanzas de Jesús acerca del Espíritu que subyace a la ley de Dios y su verdadero sentido. El domingo anterior, Jesús nos ha explicado el alcance del pecado del homicidio, el adulterio y el divorcio, hoy nos ofrece la nueva visión de otros dos mandatos de la ley de Dios. Veamos el primero: “Ustedes han oído lo que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente…, pero YO les digo que no hagan frente al que les hace mal”.

 

Por cierto, el Antiguo Testamento, ésta norma no pedía la venganza ante una ofensa recibida, sino que pretendía limitar la violencia y era como un parámetro jurídico en mano de los jueces, para que al momento de juzgar establecieran una proporcionalidad entre el daño y su reparación. Pero Jesús indica que hay que superar esta normativa, y que no se puede responder a una ofensa mediante otro mal, o ser pasivos y resignarse, sino a través de una resistencia activa fundada en el amor. Jesús presenta unos ejemplos casi extremos de cómo se debe resistir ante los atropellos del malvado: Al que te golpee en una mejilla, ofrécele también la otra y al que quiere quitarte la túnica dale también el manto.

 

Esta propuesta de Jesús a nuestra mentalidad corriente, donde se nos ha enseñado a defendernos y no dejarnos pisotear, nos puede parecer una muestra de debilidad absurda e imposible de poner en práctica. Sin embargo es una parte fundamental de la nueva justicia del Reino de Dios, que no consiste en utilizar los mismos medios que el agresor y responder al mal con el mal, sino en actuar según la lógica del amor para poder así salvar también al malvado.

 

Responder a una ofensa con otra ofensa es caer en el mismo error que el agresor y es añadir un eslabón a eslabón, formando así una cadena de violencia que enreda siempre más, nos esclaviza y atormenta. Jesús nos dice que el amor es la única fuerza que impide y rompe esa cadena perversa y que puede mover al corazón del malvado para que se convierta de sus malas acciones.

Lo que Jesús nos propone es que nos abramos a la justicia de Dios para que gocemos de su plan de salvación, justicia que se manifiesta en el amor y la misericordia hacia nosotros sus creaturas, una justicia que salva y que trasciende ilimitadamente la justicia humana y que nosotros actuemos de la misma manera que El. Esto ha sido el motivo profundo que ha inspirado al Papa Francisco a instruir el año anterior el Jubileo de la Misericordia, convencido que toda persona en nuestro mundo actual es sediento del amor y misericordia de Dios Padre.

 

El otro mandato de Jesús, también nos asombra: “Ustedes han oído lo que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo… Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por sus perseguidores”.  Los israelitas consideraban como “prójimo” solo los parientes, los compatriotas y los correligionarios, los demás eran enemigos. Jesús derriba esa visión limitada y pide abrirse al amor hacia todo ser humano incluyendo a los enemigos. Amar y ser comprensivos y misericordiosos hacia los enemigos es la expresión más alta del seguimiento a Jesús y de la justicia de Dios, la provocadora novedad que El ha traído: El amor de benevolencia incondicional, que vence a nuestras instintivas reacciones humanas de odio y venganza.

 

Por experiencia sabemos que no es nada fácil cumplir este mandato, sin embargo este es el camino que el mismo Jesús recorrió para salvarnos.

Él nos indica además cuál es el primer paso de este arduo camino: “Rueguen por sus perseguidores”. Orar, porque gracias a la oración podemos mirar a los perseguidores con los ojos del Padre, que ofrece a todos sus hijos la posibilidad de salvarse, que “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” y que da su amor como don para todos, buenos y malos sin hacer ninguna distinción.

Gracias a la oración el Señor nos da el valor necesario para perdonar las ofensas y reconciliarnos con los enemigos. Es la oración que hace posible entrar en comunión con el señor que nos permite hacer nuestras enseñanzas, entrar en su sabiduría y asumir su manera de actuar. Siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestra actuación tiene que mover a que los enemigos entablen nuevas relaciones con Dios y con los demás, cambiando su vida. El momento en que amamos de verdad a los enemigos, ellos dejan de serlo para nosotros, y llegamos a gozar en nuestro interior de la verdadera paz que libera de todo sentimiento de rencor y venganza, que nos tiene sometidos en la tristeza y la desolación.

Este mandato del amor no vale solo para nuestra vida personal, sino también para todos los ámbitos de la vida social, cultural, religiosa y política. No se construye una sociedad o un país sólido y en paz donde haya relaciones de convivencia armónica, sobre el rencor la venganza y la lógica del más fuerte. Estas solo desembocan  en enfrentamientos, violencias y muertes. Hace falta un cambio radical de esa lógica perversa creer en la fuerza del amor que desarma los ánimos y a buscar lo que une y lo que divide.

 

“Ustedes serán santos, porque YO, el Señor su Dios, soy santo. “No odiarás a tu hermano en tu corazón”.

 

Jesús, retoma estas palabras del antiguo testamento: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”, indicando que la perfección del amor de Dios Padre para con nosotros es la motivación última y profunda del porqué tenemos que amar a los enemigos. Nuestro dios es el Padre bueno, del cual todos somos hijos, que pone a disposición de todos y en forma gratuita los dones de la creación y la salvación.

Imitar la perfección de Dios, es entonces nuestro gran desafío que se concreta en practicar como El, la bondad, la misericordia y el amor hacia los demás. Ser perfectos y ser santos es reproducir el sentir y el actuar del Padre hacia todo ser humano creado a imagen y semejanza suya y, en El amar a todos, de la misma manera que el mismo Jesús ha hecho a lo largo de toda su vida, amando haciendo el bien y perdonando a todos, también a sus enemigos. Pensemos tan solo en el supremo acto de amor en la cruz cuando ora al Padre intercediendo por los que lo están crucificando: “Padre, perdónales porque no soben lo que hacen”.

¡Que esta escritura sea la oportunidad para orar por nuestros enemigos, pero también para nosotros, porque también nosotros podemos ser enemigos para otras personas. Orar para que nos convirtamos y tengamos la valentía de amar y perdonar las ofensas recibidas!.

 

Recurrimos en plena confianza y sencillez al Espíritu Santo para que nos conceda ser perfectos y santos como Dios es Santo, con las palabras del Salmo de hoy: “El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata… ni nos paga según nuestros pecados… como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles”.

Amén.