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Mons. Sergio Gualberti exhorta a los matrimonios a vivir una vida de comunión con ternura, amor fiel y fecundo

Así mismo aseguró que, Ser “íntima comunidad de vida y de amor conyugal” es la vocación de todo matrimonio cristiano, en el que los esposos se santifican, viviendo la vida de comunión con ternura y con amor fiel y fecundo, y formando la familia, pequeña Iglesia, núcleo de la comunidad eclesial y base fundamental de la sociedad.

Hoy Jesús nos habla del divorcio, un problema siempre muy actual y crucial que afecta directamente a la vida de las personas y la familia y que causa muchos sufrimientos a la pareja y sobre todo a los hijos. Este mal rompe no solo el matrimonio y la íntima comunión de vida y de amor de la familia, sino que debilita también a los vínculos sociales.

De esta manera Dios crea el varón y la mujer, el uno para el otro, y su diversidad y especificidad no son un signo de superioridad de uno sobre el otro, sino que ambos gozan de iguales grandeza, dignidad y derechos, y están llamados a complementarse, enriquecerse y realizarse mutuamente.

El prelado aseveró que, El varón y la mujer están llamados a ser “una sola carne”, a establecer entre ellos una relación de respeto y mutuo amor en todos los aspectos y a transmitir la vida, colaborando a la obra creadora de Dios.

La indisolubilidad o fidelidad para toda la vida entre esposo y esposa es parte intrínseca del matrimonio, es un “don” de Dios para el bien ambos y no un “yugo” insoportable.

Jesús reconoce al matrimonio como signo de la alianza de Dios con su pueblo, pacto inquebrantable que ni siquiera las infidelidades humanas pueden romper.

 Por tanto, el divorcio no es contemplado en el plan originario de Dios sobre el matrimonio y nada ni nadie, ni siquiera la Iglesia, pueden modificarlo.

La visión del matrimonio cristiano es exigente y siempre ha encontrado dificultades en ponerse en práctica, por la infidelidad, el machismo y la incompatibilidad de caracteres entre otras causas. A estos peligros, se añaden hoy ataques de corrientes ideologizadas que, bajo el pretexto de la modernidad, la libertad individual y el relativismo moral, hieren la propia naturaleza y los fundamentos humanos del matrimonio y de la familia.

 “Los matrimonios están llamados a dar testimonio de la belleza de este sacramento, salvaguardando, no solo la unión entre varón y mujer, sino la familia y la misma sociedad”

Ante este escenario desafiante, los matrimonios cristianos están llamados a dar testimonio cotidiano del valor y de la belleza de este sacramento, con el apoyo de la comunidad eclesial, conforme a los fundamentos de la naturaleza humana y a la ley de Dios, salvaguardando, de esta manera, no solo la unión entre varón y mujer, sino la familia y la misma sociedad.

Siempre más se van imponiendo leyes que equiparan uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio y que reconocen la ideología de género, según la cual cada persona puede escoger a su gusto y antojo su orientación sexual sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza al momento de nacer, modificando la identidad y los roles originarios del varón y de la mujer. Incluso, algunas de esas corrientes llegan al extremo de impulsar el concepto de “sexo indefinido”, según el cual, una persona puede no reconocerse ni como varón ni como mujer.

Al finalizar su homilía, el arzobispo pidió a San José, que así como cuidó de la Sagrada Familia de Nazaret, de la misma manera acompañe y ayude a las familias cristianas para que vivan en comunión de vida y amor, soporten las ansias y tribulaciones de la existencia y cumplan fielmente y con gozo sus deberes cotidianos y los planes que Dios ha previsto para cada una de ellas.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

03/10/2021

Hoy Jesús nos habla del divorcio, un problema siempre muy actual y crucial que afecta directamente a la vida de las personas y la familia y que causa muchos sufrimientos a la pareja y sobre todo a los hijos. Este mal rompe no solo el matrimonio y la íntima comunión de vida y de amor de la familia, sino que debilita también a los vínculos sociales.

El evangelio nos dice que unos fariseos se acercan a Jesús y le preguntan:«¿Es lícito al varón divorciarse de su mujer?».  Su preocupación no es sincera; a ellos no les interesa conocer lo que piensa acerca del divorcio sino ponerlo a prueba. Jesús no cae en la trampa y responde con una pregunta: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?». De esa manera obliga a esos estrictos observantes de la ley a revelar sus intenciones: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».

Jesús confirma esta respuesta, pero, al mismo tiempo, les aclara que Moisés permitió el divorcio debido a su terquedad y dureza de corazón, no obstante, el plan inicial de Dios era contrario al divorcio: «Desde el principio de la creación, “Dios los hizo varón y mujer, por eso el hombre dejará a su padre y a su madre”, y los dos no serán sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Con esta afirmación, Jesús deja establecido que la voluntad de Dios tiene la prioridad sobre las leyes humanas y al mismo tiempo vuelve a dar vigencia plena al plan creador de Dios, conforme al relato del libro del Génesis que hemos escuchado en la 1ª lectura. Esta narración no pretende ser científica ni filosófica, sino que es una visión de fe sobre los orígenes del ser humano, varón y mujer, y sobre el matrimonio y la familia.

El autor describe la escena como un gran mural, con un lenguaje de imágenes, propio de aquellos pueblos y culturas. Dios es presentando como un alfarero que toma un poco de arcilla, modela la imagen del varón e insufla en él Su propio Espíritu. Desde ese instante, esa imagen de barro se vuelve animada y participa del Espíritu de Vida de Dios, hecho que marcará para siempre su identidad y grandeza en relación a todas las demás creaturas.

Dios acompaña su gesto creador con estas palabras: “No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada».  Desde su proyecto originario Dios ha creado al ser humano para la relación, la comunión y la comunicación con otros semejantes y no como individuo aislado y solitario. En sus primeros pasos, el varón recién creado, propiamente no está solo, dialoga con Dios y a su alrededor están los animales, pero «entre ellos no encontró la ayuda adecuada». El varón necesita alguien a su medida y con igual dignidad, con el que pueda comunicarse y establecer relaciones de par a par.

Dios “hizo caer sobre el hombre un sueño profundo… y formó una mujer”; el acto creador está envuelto en el misterio de Dios. El varón no es testigo de la creación por eso no puede presumir ninguna superioridad sobre la mujer ya que ambos han sido creados por Dios con el mismo elemento. Cuando el hombre despierta del sueño, Dios le presenta a la mujer, y ante esa visión, no puede contener su estupor y maravilla «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!»Ahora él puede reconocerse en la mujer, puede mirarla en los ojos y a la misma altura, de igual a igual. «Se llamará mujer, porque ha sido sacada del varón». A pesar de la apariencia, el varón no le esté dando el nombre, sino que es su propio nombre puesto al femenino en la lengua hebrea.

De esta manera Dios crea el varón y la mujer, el uno para el otro, y su diversidad y especificidad no son un signo de superioridad de uno sobre el otro, sino que ambos gozan de iguales grandeza, dignidad y derechos, y están llamados a complementarse, enriquecerse y realizarse mutuamente.

Así lo afirma en forma solemne la Biblia: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó». La «imagen de Dios» es la pareja humana «hombre y mujer», a significar que la fecundidad de la pareja es «imagen» eficaz y visible del acto creador de Dios. El varón y la mujer están llamados a ser “una sola carne”, a establecer entre ellos una relación de respeto y mutuo amor en todos los aspectos y a transmitir la vida, colaborando a la obra creadora de Dios.

«Qué el hombre no separe lo que Dios ha unido». Esta ley divina sella el matrimonio por toda la vida y ninguna institución ni ley humana puede atribuirse el derecho de romper, porque el plan de Dios no cambia según las circunstancias y los gustos. De esta manera, Jesús reconoce al matrimonio como signo de la alianza de Dios con su pueblo, pacto inquebrantable que ni siquiera las infidelidades humanas pueden romper. La indisolubilidad o fidelidad para toda la vida entre esposo y esposa es parte intrínseca del matrimonio, es un “don” de Dios para el bien ambos y no un “yugo” insoportable.

Además, el matrimonio, no sólo es signo de la alianza de Dios para con la humanidad entera, sino que es elevado a la dignidad de sacramento, signo eficaz del amor de Cristo por la Iglesia. Ser “íntima comunidad de vida y de amor conyugal” es la vocación de todo matrimonio cristiano, en el que los esposos se santifican, viviendo la vida de comunión con ternura y con amor fiel y fecundo, y formando la familia, pequeña Iglesia, núcleo de la comunidad eclesial y base fundamental de la sociedad. Por tanto, el divorcio no es contemplado en el plan originario de Dios sobre el matrimonio y nada ni nadie, ni siquiera la Iglesia, pueden modificarlo.

La visión del matrimonio cristiano es exigente y siempre ha encontrado dificultades en ponerse en práctica, por la infidelidad, el machismo y la incompatibilidad de caracteres entre otras causas. A estos peligros, se añaden hoy ataques de corrientes ideologizadas que, bajo el pretexto de la modernidad, la libertad individual y el relativismo moral, hieren la propia naturaleza y los fundamentos humanos del matrimonio y de la familia.

Siempre más se van imponiendo leyes que equiparan uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio y que reconocen la ideología de género, según la cual cada persona puede escoger a su gusto y antojo su orientación sexual sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza al momento de nacer, modificando la identidad y los roles originarios del varón y de la mujer. Incluso, algunas de esas corrientes llegan al extremo de impulsar el concepto de “sexo indefinido”, según el cual, una persona puede no reconocerse ni como varón ni como mujer.

Ante este escenario desafiantelos matrimonios cristianos están llamados a dar testimonio cotidiano del valor y de la belleza de este sacramento, con el apoyo de la comunidad eclesial, conforme a los fundamentos de la naturaleza humana y a la ley de Dios, salvaguardando, de esta manera, no solo la unión entre varón y mujersino la familia y la misma sociedad.

Pido a San José, en este año a él dedicado, que, así como cuidó de la Sagrada Familia de Nazaret, de la misma manera acompañe y ayude a las familias cristianas para que vivan en comunión de vida y amor, soporten las ansias y tribulaciones de la existencia y cumplan fielmente y con gozo sus deberes cotidianos y los planes que Dios ha previsto para cada una de ellas. Amén

Fuente: Campanas – Iglesia Santa Cruz