Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “El potencial de muerte que encierra el pecado es terrible”

En este IV domingo de Cuaresma el estribillo de entrada de la liturgia invita a toda la Iglesia a alegrarse: Alégrense… compartan su alegría los que están tristes, vengan a saciarse de su felicidad”. Alegría porque ya se acerca la Pascua, celebración de la victoria del amor de Dios sobre la muerte por la Resurrección de su Hijo y alegría porque tenemos la oportunidad de gozar del amor de Dios.

Pero, esta alegría no nos tiene que hacer olvidar que Jesús tuvo que pasar por la cruz para vencer al pecado y la muerte. Toda la historia del A.T. es un ejemplo de esa contraposición entre muerte y vida, entre la infidelidad del pueblo de Israel a la Alianza que le acarreó la muerte y la fidelidad de Dios, fuente de vida. La 1era lectura del libro de las Crónicas, nos resume e interpreta, como muestra significativa, un siglo de esa contraposición.   “Los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades” cayendo en el pecado de la idolatría, con sus secuelas a nivel religioso cultos a los falsos dioses y abominaciones varias, y a nivel social toda clase de divisiones, rencores, injusticias y opresión de los pobres. El pecado, terrible fuerza disgregadora, no sólo aleja de Dios, sino que derrumba las bases de la convivencia pacífica en la comunidad y en la sociedad, sembrando odio y violencia entre hermanos, poniéndolos el uno en contra del otro.

Dios, fiel a la Alianza estrechada con el pueblo israelita, intentó corregir ese rumbo equivocado enviando a los profetas que denunciaron con valentía esos pecados, clamando también por la conversión: “El Señor, les llamó constantemente la atención por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo... pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y ponían en ridículo a sus profetas…”.

Dios al compadecerse de la situación de degradación y división de su pueblo nos revela que su intención es de salvarlo y no de hundirlo, por eso no escatima esfuerzos buscando, hasta lo último, que ellos cambien de rumbo. Sin embargo su ceguera y la cerrazón del corazón les impide hacer caso a la palabra de Dios y se hacen la burla de los profetas, provocando, ellos mismos, su catástrofe total.

El ejército de los babilonios, que asediaba a Jerusalén, derriba sus murallas, destruye la ciudad y el templo, símbolo de su religión e identidad de pueblo, siembra desolación y muerte por doquier, y deporta a los supervivientes como esclavos. El potencial de muerte que encierra el pecado es  terrible, arrastra a todos en el abismo, también a los inocentes. Y, cuando la suerte del pueblo judío parecía echada para siempre, Dios no los deja a la merced de los babilonios, sino que, por medio de un emperador pagano, Ciro, les restituye la libertad y los devuelve a su tierra, después de 50 años de destierro.

Diostenía compasión de su Pueblo”. La compasión y misericordia de Dios es la expresión profunda de su amor para con nosotros sus criaturas. Él no nos quiere esclavos del pecado y la muerte, por el contrario quiere que seamos libres de toda clase de males y que tengamos vida. El punto culminante de su compasión y amor está en la entrega de su Hijo al mundo, como nos dice el Evangelio: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. También San Pablo en la carta a los cristianos de Éfeso lo reafirma con fuerza: “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa del pecado, nos hizo revivir con Cristo”.

El amor de Dios da vida y es el corazón del misterio de la Pascua, un amor gratuito y misericordioso, que perdona y nos hace participes de su vida: ”Ustedes han sido salvados gratuitamente”. Si nosotros hacemos un poco de silencio interior, entramos en nosotros mismos y revisamos nuestra vida, podemos darnos cuenta que de verdad Dios nos ama, que nos ha perdonado pacientemente una y otra vez, sin tomar en cuenta nuestras infidelidades. La experiencia de su amor que nos ama, es la que cambia, de una vez por todas, la imagen de Dios, como juez implacable e inmisericorde y es la que nos permite elevar la mirada correcta a Jesús clavado en la cruz: “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto”. Jesús levantado en la cruz no es solo signo de humillación, sufrimiento y dolor, sino sobre todo signo de amor, un acto que no puede dejarnos indiferentes, sino que despierta en nosotros, gratitud y atracción, como nos dice Jesús: “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mi”.

Jesús elevado en la cruz nos ofrece la luz, la vida y la salvación: están a nuestro alcance. Solo nos pide una cosa: la fe como respuesta libre y consciente a ese misterio de amor y vida. “El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado”. Para San Juan los “incrédulos” son aquellos que aman las tinieblas, no es cuestión de hacer tan solo el mal, sino de quererlo libre y conscientemente. “En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”. Este es el pecado que no tiene perdón: elegir a las tinieblas y cerrarse a la luz de la verdad, a la evidencia. “Todo el que obra mal odia la luz, por temor de que sus obras sean descubiertas”.

En contraposición a los que hacen el mal, están los que creen verdaderamente en el Señor y “que obran conforme a la verdad y caminan hacia la luz”.  “Obrar conforme a la verdad” significa tener una vida coherente con la verdad conocida y actuar con libertad interior, amar a la vida recta y justa, condiciones indispensables para ver la luz de Dios. La fe auténtica va permeando paulatinamente todos los ámbitos de nuestra existencia y se va concretando en “Buenas obras. El único medio que tenemos para confesar nuestra fe en Jesús como Salvador, es el testimonio de nuestra vida personal y comunitaria, son las obras hechas a la luz de los auténticos valores evangélicos del amor, la libertad, la solidaridad, la justicia y la paz.

La Palabra de Dios de este Domingo reafirma, una vez más, que no hay alternativa entre luz y tinieblas, no hay una tercera opción, por tanto tenemos tomar posición entre:

–           creer o no creer,

–           la gracia o el pecado

–           la verdad o la falsedad

–           el bien o el mal

–           el amor y la vida o el odio y la muerte

–           la salvación o la condena.

Espero y oro para que todos nosotros optemos por creer en el Dios del amor, por jugarnos nuestra vida por Él que “no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

Elevemos nuestra mirada a Cristo crucificado, veamos en él al rostro verdadero de Dios que es rico en misericordia, y que, por el gran amor con que nos amó, nos hizo revivir en Cristo cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados.

Cristo elevado en la cruz es nuestra esperanza y alegría, él nos anticipa la gloria de la Pascua, misterio del amor misericordioso del Padre, por la que podremos gozar de la vida nueva y eterna.

En plena consonancia con esta verdad esperanzadora, y en el día del segundo aniversario de su elección, el Papa Francisco ha anunciado un Año Santo Extraordinario de la Misericordia a partir del 8 de diciembre próximo, día de la Inmaculada Concepción. Escuchemos sus palabras: «Queridos hermanos y hermanas, he pensado mucho a cómo la Iglesia pueda hacer más evidente su misión de ser testimonio de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar a un Jubileo extraordinario que tenga como centro la misericordia de Dios… Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: “Sean misericordiosos como el Padre“» (cfr Lc 6,36).

Acogemos con mucha alegría esta iniciativa del Santo Padre y nos comprometemos a prepararnos a través de un camino de conversión sincera, que nos haga testigos auténticos de la misericordia de Dios.  Amén