Análisis Santa Cruz

Mons. Roberto Flock: “Dichosos los invitados al banquete del Señor”

 

Domingo 18 en Tiempo Ordinario – 5 de agosto de 2018

“Dichosos los invitados al banquete del Señor”

Queridos hermanos.

Mañana Bolivia marca 193 años de vida independiente, por lo que hoy es apropiado rogar a Dios por el bien de la patria y todos sus ciudadanos, como también intentar ver nuestra realidad a la luz del Evangelio.

Lamentablemente, es una historia marcada por guerras con todos los países vecinos, graves etapas de desigualdad y pobreza, un récord mundial de golpes de estado, y otros conflictos internos entre razas, regiones y fuerzas políticas. Actualmente hay sombras y amenazas de nuevos choques sangrientos entre hermanos bolivianos, para mantener o cambiar las esferas de poder. Al mismo tiempo, los índices de violencia e inseguridad ciudadana no disminuyen, tampoco el narcotráfico, violaciones, trata y tráfico de personas, violencia contra la mujer, indicios de racismo, etc., a pesar de nuevas leyes en estas áreas. Tenemos un sistema de justicia que resiste reformas, concentra la corrupción, con centros de rehabilitación que se especializan en mayor delincuencia.

Como Iglesia tenemos un bonito discurso sobre conversión pastoral y transformación misionera, pero también nos cuesta lograr cambios reales.

Por supuesto, no todo es negativo. Hay progresos de inclusión social, de infraestructura caminera y de internet, y una precaria estabilidad económica. El pueblo sigue siendo profundamente religioso, valorando su identidad cristiana católica, además su riquísima pluralidad cultural.

Quizás lo más preocupante es el discurso nacional no sale de una caduca polarización de derecha versus izquierda, capitalismo versus socialismo, indígena versus colonial, etc., donde las injusticias del pasado nos mantienen atrapados en resentimientos y peleas de grupitos, más que en soluciones, mientras mucho del mundo que nos rodea corre adelante por la revolución tecnológica que está transformando todas las esferas de la vida.

Frente a todo esto, ¿Qué nos puede decir la Palabra de Dios, una palabra pronunciada hace milenios? Tu palabra Señor, es la verdad y la luz de mis ojos.

La primera Lectura nos recuerda a los Israelitas liberados de esclavitud, pero quejándose en el desierto. ¿Por qué tuvieron que pasar tanto tiempo en el desierto? Porque antes de que pudiera vivir y convivir con la dignidad del pueblo de Dios tenían que cambiar su forma de pensar. Y esto no se hace sin cambiar su entorno.

Hoy también necesitamos cambiar en mucho nuestra forma de pensar. Pues, si la violencia sigue igual, es porque creemos en ella. Si las violaciones continúan, es porque los violadores creen que es su derecho. Si los discursos nacionales no se adaptan a la nueva realidad, es porque no escuchan más voces que los propios malos y equivocados pensamientos.

A los israelitas, Dios les dio un alimento que no conocieron, el maná en el desierto, no solo para satisfacer su hambre, sino para que cayera en la cuenta de que su experiencia aquerida en Egipto no valía mucho, y que, confiando en Dios, no serán defraudados. Pues en la práctica, los Israelitas pensaban más como sus antiguos opresores, que como hijos de Dios. No podía darles la tierra prometida si iban a cometer los mismos pecados que los faraones. Y, de hecho, a pesar del maná en el desierto, y a pesar de su milagrosa liberación, poco a poco volvían a mismo, hasta perder la tierra prometida, y volver a las opresiones en el exilio. Tenían la alianza con Dios y las mejores leyes, la ley de Dios, pero no las interiorizaron.

San Pablo enseña en la segunda lectura: “no proceden como los paganos, que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos”. ¿Cuánta frivolidad de pensamientos y procedimientos aguantamos y de repente tenemos? Seguramente habrá largos discursos mañana por las fiestas patrias que repitan las mismas superficialidades. Por eso, el Apóstol nos exhorta a “despojarnos del hombre viejo” y “revestirse del hombre nuevo”, renovándose en lo más íntimo de su espíritu. Escribió hace dos mil años, pero su mensaje es más vital que nunca.

Jesús, también, en el Evangelio, denunció a la misma gente que le buscaba por su superficialidad. “Les aseguro que me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”. Jesús nos enseña a rezar diciendo: “Danos hoy nuestro pan de cada día”, pero nos invita mucho más.

Yo soy el pan de vida. El que viene a mi jamás tendrá hambre; el que cree en mi jamás tendrá sed.” ¿Qué quiere decir?

No se trata de una magia, que sustituye una alimentación corporal saludable, o que misteriosamente solucione los problemas. Se trata de Jesús mismo, que en todo lo que vive y enseña, nos pone en el proceso preciso para superar el pecado. Se trata de Jesús, que vive una perfecta unidad divina con el Padre y el Espíritu Santo, invitándonos a participar de esta misma comunión con el autor del universo y creador nuestro. En esta unión y comunión con Dios, está la liberación de todo mal, está el auténtico vivir y convivir bien, está la celebración gozosa y eterna del triunfo de Dios y de la humanidad sobre todo mal. “Dichosos, pues, los invitados al banquete del Señor”, o, mejor dicho, Dichosos los que aprovechan la invitación.