Análisis

Mons. Robert Flock: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.”

Sexto Domingo de Pascua – Día de los Trabajadores

Queridos Hermanos,

Febrero Negro y Octubre Negro

En febrero del año 2003 se vivió un momento tenso en Bolivia después de que el gobierno emitió un decreto para congelar salarios y aumentar impuestos. Los enfrentamientos dejaron un saldo de 13 muertos. Hubo un disparo al palacio gubernamental que impactó en la silla del presidente. Frente al temor de mayor violencia, la Iglesia realizó una campaña de oración por la paz en Bolivia, inspirada en las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: “La paz les dejo mi paz les doy

A pesar de la campaña de oración, más tarde aquel año se vivió la llamada “guerra del gas” que produjo 67 muertos y casi 400 heridos. Después, desde el cambio de gobierno, los conflictos políticos violentos siguen con, según algunos conteos, hay más de cien muertos por aquello en los últimos diez años.

Violencia permanente

Además de la violencia por los conflictos sociales y políticos, sufrimos la permanente violencia presente en nuestra sociedad en sus múltiples formas: Feminicidio y violencia contra la mujer, violencia contra niños, violaciones sexuales, trata y tráfico de personas, pandillas, acoso escolar, atracos y asaltos, violencia del narcotráfico, violencia doméstica, aborto provocado, abusos de la policía y en los cuarteles, masacres en las cárceles, linchamientos. No falta violencia siquiera contra los discapacitados como hemos visto estos días.

Hay otras formas de violencia más sutiles: mentiras y desinformación, burocracia asfixiante, corrupción de justicia, lujo en medio de la pobreza.

Todo esto vivimos a pesar de nuestra gran religiosidad. Decimos que creemos en Dios Padre Creador, en Jesucristo Crucificado y Resucitado y en el Espíritu Santo Paráclito. Pero en la práctica parece que creemos en la violencia, en la confrontación y en la ley del más fuerte.

Les doy mi Paz

Jesús dijo: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. Pues el mundo da la paz de las tumbas, de las rejas altas, del temor frente al poderoso, de la droga y de la resignación de los vencidos. Lo que no es paz, sino imposición, control y esclavitud. La paz que Jesús da procede de su capacidad para perdonar. Y ¿qué perdona Jesús?

Perdona la crueldad que Él mismo sufrió en la cruz; perdona el pecado del mundo que es la violencia. Su paz también procede de la fe en Dios Padre, en su infinita bondad y en su poder sobre la muerte. Por eso, las primeras palabras del Resucitado dirigidas a los queridos apóstoles eran: “Paz a Ustedes – Reciban el Espíritu Santo”.

El protocolo que debemos seguir

Nuestra primera lectura nos recuerda el grave conflicto surgido en la Iglesia naciente sobre el tema de la circuncisión y la ley mosaica. “Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto.”  Luego dicen: “El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido.” ¿Cómo llegaron a tomar una decisión? ¿Cómo sabían que el Espíritu Santo la compartía? Pues habían rezado, habían dialogado y habían llegado a un acuerdo común. La señal para saber que actuamos según la voluntad de Dios es la comunión entre nosotros los creyentes, con el debido respeto por la autoridad eclesial.

Todo esto nos enseña el antídoto por el veneno de la violencia. Para superarla necesitamos primero la capacidad de perdonar. Luego se requiere respeto por los pastores de la Iglesia, oración sincera y diálogo abierto y sincero en la búsqueda del consenso y del bien común. Todo esto es el protocolo que debemos seguir, sea en la Iglesia, en la sociedad, en la familia, hasta en el gobierno, para conseguir la paz y para una convivencia que anticipa la llega de la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén que “no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.”

Termino con la Oración por la Paz en Bolivia

Padre Santo,  Señor de la vida y de la historia, hacemos nuestras las palabras de tu Hijo Jesús:

«La paz les dejo, mí Paz les doy».

Con corazón abierto y agradecido te invocamos hoy en esta tierra boliviana, bendecida con toda clase de bienes materiales y espirituales.

Despoja nuestro espíritu del odio, de la violencia, del rencor y de la división entre hermanos.

Ayúdanos a superar el miedo y la desconfianza, a curar las heridas de nuestro pasado, a superar nuestras diferencias y mezquindades, a vencer los errores y las injusticias en contra de los más pobres y marginados.

Concédenos la gracia de tu perdón a fin de que también nosotros podamos perdonarnos unos a otros y construir juntos una Bolivia mejor por caminos de reconciliación, de verdad, de justicia, de fraternidad y de paz.

María, Madre de Jesús y Madre nuestra, te encomendamos nuestra Patria para que en ella reine la paz duradera.  Amén.