Internacional

Mons. Luis Marín de San Martín: “Estamos ante un momento crucial en la Iglesia”

Una propuesta sinodal que tiene que ser vivida como proceso continuado y participado que no termina nunca y no es un evento

“Estamos en un proceso irreversible, con distintas velocidades, lleno de matices y tal vez necesario de clarificaciones, pero sin vuelta atrás”

“La sinodalidad es un proceso que no termina, porque forma parte de la identidad eclesial

“Lo importante es asumir un nuevo modo de ser Iglesia más coherente y avanzar serenamente por esta senda, en y desde el Pueblo de Dios”

 

Sínodo 2023 1

Juntos con Cristo en el camino” fue el título de la conferencia de Mons. Luis Marín de San Martín en la Asamblea Extraordinaria del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), celebrada de 12 a 14 de julio en la nueva sede del organismo episcopal.

El subsecretario del Sínodo de los Obispos ve el proceso sinodal como “oportunidad de una reforma profunda en la Iglesia”, que tiene como fuente el Espíritu Santo, impulsa la misión desde la coherencia, comunicación y testimonio. Desde ahí insiste en “una Iglesia abierta, que hable el lenguaje de la gente, que sienta y comparta sus problemas”.

Un proceso que ve como Kairós, como algo que nos debe llevar a una experiencia personal y comunitaria de Cristo Resucitado, un conocimiento experiencial, desde la unión con él y con la Iglesia. Una propuesta sinodal que tiene que ser vivida como proceso continuado y participado que no termina nunca y no es un evento.

M. Luis Marín de San Martín

 

Hacer camino en un proceso de comunión, en relación y participación, en diálogo y corresponsabilidad, en catolicidad, sin ideologización o mundanización. Un proceso espiritual, pues el Espíritu Santo es el primer tema de la sinodalidad. Un proceso de participación, sustentando en la dimensión comunitaria, la pluralidad y el dinamismo. Un proceso de escucha, a todos, integrando a los sencillos y a las periferias. Un proceso de discernimiento, que potencia la sinodalidad y la renovación y reforma de las estructuras sinodales, en todos los niveles eclesiales. Un proceso evangelizador, pues la misión es la finalidad del proceso sinodal.

Según Mons. Marín de San Martín, “estamos en un proceso irreversible, con distintas velocidades, lleno de matices y tal vez necesario de clarificaciones, pero sin vuelta atrás”. Define el momento actual como “el tiempo de la valentía y la creatividad, el tiempo de la autenticidad y el testimonio, el tiempo del Espíritu, que renueva y da vida, el tiempo del amor verdadero”, afirmando con claridad que “estamos ante un momento crucial en la Iglesia”.

Desde ahí llama a recuperar la fraternidad, una urgencia en un mundo de contrastes, injusticias y sangrantes desigualdades, de polarizaciones ideológicas, también en la Iglesia, pues “la ausencia del amor fundante, del amor primero, la falta de la experiencia de Cristo, conduce a una progresiva y evidente radicalización en nuestros días”. Se trata de avanzar en la eclesiología del Vaticano II, teniendo como temas diferentes aspectos de la sinodalidad: identidad y proceso, eclesiología de comunión, eclesiología del Pueblo de Dios, ecumenismo, diálogo interreligioso y diálogo intercultural, sacramentos y evangelización y misión compartida.

Sínodo 2023

También abordó la etapa continental, pensada desde principios de noviembre de 2022 a finales de marzo de 2023. Se busca “profundizar el discernimiento en el contexto cultural propio de cada continente” y desde ahí aportar. Para ello hacía algunas indicaciones: diálogo a partir del Documento para la etapa continental, reuniones entre Conferencias Episcopales, creación de equipos continentales, sin deshacer los equipos diocesanos. Se llevará a cabo una Asamblea eclesial continental, a ser posible presencial, buscando construir puentes entre las diversas regiones y culturas del Continente, y un posterior encuentro de obispos. Desde ahí, cada continente redactará un documento-síntesis.

Finalmente, Mons. Luis Marín insiste en que “la sinodalidad es un proceso que no termina, porque forma parte de la identidad eclesial”. Según el subsecretario del Sínodo de los Obispos, las estructuras eclesiales “son elementos que conservan su propia identidad, pero que solo cobran verdadero sentido integrados en el todo eclesial”. Por eso, “lo importante es asumir un nuevo modo de ser Iglesia más coherente y avanzar serenamente por esta senda, en y desde el Pueblo de Dios”.

Mons. Luis Marín de San Martín
Mons. Luis Marín de San Martín

Texto íntegro de la conferencia de monseñor Luis Marín

JUNTOS CON CRISTO EN EL CAMINO 

CELAM, Bogotá, 13 de julio de 2022 

El proceso sinodal nos ofrece la oportunidad de una reforma profunda en la Iglesia: la originada por  el Espíritu Santo, que nos une a Cristo y nos impulsa a dar testimonio en la misión evangelizadora.  Un movimiento hacia dentro, de coherencia, y también hacia fuera, de comunicación y testimonio.  Queremos una Iglesia abierta, que hable el lenguaje de la gente, que sienta y comparta sus problemas.  Y que sea coherente. El Evangelio no se hace atractivo por adaptación ni por tibieza, sino por el  testimonio radical y creíble de Cristo tanto por parte del individuo como de la comunidad. 

1.Un kairós 

Re–formare significa asumir y vivir la forma originaria, que en la Iglesia no puede ser otra sino la  identificación con Cristo, con todo lo que esto conlleva. Tres precisiones: 

1.a) Se trata de Cristo Resucitado 

Es el único que existe. Cristo vivo. No nos referimos solo a un personaje del pasado, tan importante  como remoto, evocado, sí, en nuestros libros, discursos, documentos y plegarias, pero muerto;  convertido en cita, en referencia jurídica o en espiritualismo inocuo, cuando no en blasfema  justificación de nuestras incoherencias y falsedades (a veces queremos justificar lo injustificable o  defender lo indefendible, guareciéndonos tras el nombre de Cristo). El proceso sinodal nos debe llevar  a una experiencia personal y comunitaria de Cristo Resucitado, evento salvífico, por quien y en quien  se nos comunica la vida divina, la vida Trinitaria de unidad pluriforme en el amor. 

1.b) Se trata de un conocimiento experiencial que lleva a la identificación con Cristo 

Todos estamos llamados a la unión con él, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos  y hacia quien caminamos (cf. Lumen Gentium 3). Como se ha recordado bellamente, “no se comienza  a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento,  con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto  XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 1). El cristiano se identifica con Cristo hasta transformarse en  él. Así podemos entender la rotunda expresión paulina: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo  quien vive en mí” (Gal 2, 20). El proceso sinodal es, ante todo, un cauce que debe no solo hacer posible sino también facilitar y desarrollar tanto la experiencia cristiana, en su radical identidad, como  el testimonio creíble de la misma, con todo lo que tiene de verdad, belleza y plenitud. 

1.c) Se trata del Cristo unido a su Iglesia en el amor 

Efectivamente, no existe Cristo sin Iglesia ni Iglesia sin Cristo (lo primero llevaría a negar el evento  de la Pascua y Pentecostés; lo segundo al sociologismo o a una referencia meramente política). Cristo  y la Iglesia forman una unidad indivisible, inseparable. Es lo que san Agustín denomina el “Cristo  Total” (cf. Sermón 341). Este concepto se expresa con sugerentes imágenes, como la de la vid y los  sarmientos y, más aún y con mayor fuerza, con la de la cabeza y el cuerpo. Dicho con otras palabras,  la fe cristiana es comunitaria: expresa y vive la comunidad en Cristo Resucitado y, necesariamente, con los hermanos y hermanas incorporados a él. Por eso el individualismo, el localismo y el  nacionalismo (cualquiera que sea el rostro del egoísmo) constituyen verdaderos contrasentidos para  el cristiano. Quisiera añadir que, en la encíclica Fratelli tutti se da un paso más: la persona humana  ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Esta imagen de Dios, presencia de Dios en el ser  humano, nos hace a todos hermanos. 

El Sínodo (comunión en el camino) nos remite, pues, a la esencia de la Iglesia, a la dimensión  bautismal del Pueblo de Dios, que implica a todos en la vivencia de la propia vocación y del propio  carisma. Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa,  comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y  la gracia a todos (cf. Lumen Gentium, 8). Este es el alcance de la verdadera reforma que, con el  Sínodo, llama a las puertas de nuestra vida. Pero el don de Dios necesita nuestra acogida, respuesta y  responsabilidad. Por eso la no participación en el proceso sinodal, o la apuesta de mínimos (tan solo  para “cubrir el expediente”) no es algo inocuo, sino que entraña la tremenda responsabilidad de  bloquear la acción del Espíritu, que necesita, sí, nuestra colaboración, con el triste resultado de  contener el don de la gracia para nosotros y para los demás. Seamos canal, nunca muro. 

El proceso sinodal se inscribe, por tanto, en el camino (a la vez sencillo y arduo) de la santidad en la  Iglesia. Resuenan de nuevo, muy actuales, las palabras de san Pablo VI y su vibrante llamamiento “a fin de que la Iglesia resplandezca ante todos los hombres sin mancha ni arruga o cualquier  impropiedad, sino que sea santa e irreprensible (Ef 5, 27); exhortaremos cada vez más a nuestros hijos  queridísimos del clero y del laicado a fin de que, conscientes de la propia dignidad (cf. San León I,  Sermón 21, 3), se dediquen ellos mismos y dediquen todos sus recursos a reforzar establemente el  Reino de Cristo aquí en la tierra” (Pablo VI, Carta apostólica Spiritus Paracliti, 30 de abril de 1964).  Es decir, hoy, aquí, en este momento histórico, en las particulares circunstancias de tiempo, lugar y  cultura. 

2. La propuesta sinodal 

2.a) Proceso y no evento 

Un aspecto importante a tener en cuenta es que la sinodalidad se muestra y desarrolla no tanto como  suma de eventos aislados (locales, regionales, incluso continentales) sino como proceso eclesial  continuado y participado que no termina nunca. El dinamismo de “hacer camino” pertenece a la  esencia de la Iglesia, a su identidad. Y, por tanto, se manifiesta (debe manifestarse) también en el  actuar (apostolado) y en el estilo (modos, formas y estructuras). El Bautismo nos incorpora a Cristo,  nos implica en su obra salvífica y nos lleva a la necesidad tanto de conocerlo mejor como de compartirlo y comunicarlo. Esta dimensión dinámica de fe es lo que denominamos “hacer camino”  con y en Cristo. No olvidemos que los seguidores de Cristo Jesús, antes de ser denominados  “cristianos” por los paganos de Antioquía (cf. Hch 11,26), eran conocidos como “nazarenos” (cf. Hch  24,5) y también como “los del Camino” (cf. Hch 9,2; 19,9.23). 

2.b) Proceso de comunión 

Este camino lo recorremos no en soledad, sino en comunidad, es decir, en relación y participación,  Abiertos al diálogo y a la corresponsabilidad. El cristianismo es una vivencia de caridad, en la que  del yo pasamos al nosotros: todos ponemos al servicio de los demás los dones recibidos y la vocación  a la que hemos sido llamados. Intentar ser cristiano sin los demás, fuera del cuerpo eclesial, es  totalmente imposible. Sin embargo, hoy, en la Iglesia, encontramos fuerzas centrífugas que la  convulsionan. Me refiero a tres realidades a superar: 

  • La pérdida del sentido de universalidad eclesial, de catolicidad. Esto conlleva la desconexión  de los distintos grupos y realidades eclesiales. Resulta difícil trabajar en equipo; todo lo más  nos repartimos el trabajo y nos informamos periódicamente. Los organismos eclesiales (desde  los dicasterios de la Curia Romana a las estructuras diocesanas y parroquiales) frecuentemente  aparecen desconectadas, cerradas en sí mismas y poco interrelacionadas. Poco sinodales. 
  • La creciente ideologización. Con no poca frecuencia vemos cómo se confunde lo esencial con  lo accesorio, la unidad con la uniformidad y la pluralidad con la disgregación. Esto traduce en  la búsqueda de la uniformidad ideológica llegando a caer en una absurda polarización: los  míos, los que piensan como yo son los buenos; los demás está en el error o incluso son malos.  Todo, tristemente, en nombre de Dios. Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas.  “¿Acaso Cristo está dividido?” (cf. 1 Cor 1,12-13). El problema, ni más ni menos, es que  hemos olvidado la realidad del amor con eje de la vida cristiana. La sinodalidad nos lleva a  recuperarlo. 
  • La mundanización. Cuántas veces seguimos los criterios del mundo y nos orientamos por  ellos. Aquí se inscriben el clericalismo y el asamblearismo. En definitiva, en su base, no está  el servicio, que es donación gratuita de amor, sino el poder: cómo conservarlo, como  repartirlo, o cómo participar en él. Y así aparece el carrerismo tanto de clérigos como de  laicos; las élites, cerradas en sí mismas, que se eternizan en los puestos una vez llegan a ellos;  las dificultades en lo que se refiere a la representatividad; la dictadura de las mayorías y la  politización eclesial. No olvidemos que el Evangelio presenta otros criterios: hay que morir  para vivir, hay que perder para ganar, el último es el primero y el niño es el más importante. El proceso sinodal exige una conversión radical, fundamental. 

2.c) Proceso espiritual. 

Estamos ante un evento del Espíritu, que sigue actuando en la historia y mostrando su potencia  vivificante. Esta idea fue reiterada por el cardenal Mario Grech en las jornadas de apertura del proceso  sinodal: “Para que el proceso sinodal sea verdadero; en otras palabras, para que no existan – o se  reduzcan al mínimo – los riesgos de preconstituir un resultado, la libertad debe ser garantizada no  sólo en el Espíritu, sino del Espíritu. El Espíritu Santo es el primer tema de la sinodalidad. La Iglesia  es sinodal porque el Espíritu de Cristo guía a la Iglesia en su camino hacia su patria. La Iglesia es  sinodal, porque los que caminan, el santo Pueblo de Dios, obedecen al Espíritu que los guía” (Mensaje en el momento de reflexión para la apertura del proceso sinodal, 9 de octubre de 2021). Pero,  considerando el relato de Pentecostés, vemos que se necesitan dos condiciones para la llegada del  Espíritu, para no oponerle resistencia: la armonía comunitaria y la oración.  

Así, podrán florecer nuevos lenguajes de fe y nuevos caminos capaces, no solo de interpretar los  eventos desde un punto de vista teologal, sino también de encontrar en medio de las pruebas las  razones para refundar el camino de la vida cristiana y eclesial (cf. Documento preparatorio, 7). En  primer lugar, la sinodalidad brota y refuerza la comunidad cristiana, Familia de Dios (cf. Ef 2,19). Y,  unido a ello, en todo este proceso resultan imprescindibles el silencio y escucha. Es decir, el desarrollo  de la dimensión orante. Solo vivido desde la oración será posible la escucha de los unos a los otros y  la de todos al Espíritu Santo y nos abriremos a un verdadero discernimiento. 

2.d) Proceso de participación 

La comunión en la Iglesia va ligada a la participación, como consecuencia y expresión de la misma.  Lumen Gentium señala que la Iglesia es el Pueblo de Dios, que participa en el misterio salvífico y  que ha sido convocado por pura gracia; todos los miembros gozan de la libertad y dignidad de los  hijos de Dios, cuya ley es la caridad, que fundamenta la comunión y orienta al servicio del don y de  la responsabilidad del conjunto a través de la comunión de las diferencias. La imagen de Iglesia como  “santo Pueblo fiel de Dios” (cf. Lumen Gentium, 12), preferida por el Papa Francisco, incide en tres  aspectos: 

  • La dimensión comunitaria: “Dios ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres  aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas” (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 113). 
  • La pluralidad: La Iglesia expresa la belleza de su rostro pluriforme. De aquí extraemos dos  consecuencias. En primer lugar, el Papa Francisco insiste en que cada persona conserva su  peculiaridad personal, no se anula cuando integra cordialmente una comunidad (cf.  Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 235). Y, también, el proceso sinodal no significa  invalidar la realidad carismática de la Iglesia. No se anulan las vocaciones (laical, sacerdotal,  religiosa…), ni los carismas o los ministerios. 
  • El dinamismo: Estamos ante un evento del Espíritu, que sigue actuando en la historia y  mostrando su potencia vivificante. “En la Palabra de Dios aparece permanentemente este  dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. […] Cada cristiano y cada  comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a  aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias  que necesitan la luz del Evangelio” (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 20). 

2.e) Proceso de escucha 

Partiendo de las premisas de que escuchar es más que oír, y de que se trata de escuchar a todos, sin  exclusiones, quiero insistir en dos aspectos.  

  • Integración de los sencillos. El Pueblo de Dios es santo por la unción del Espíritu que lo hace  infalible in credendo. Es decir, cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras  para explicar su fe. Así pues, la realidad de la fe no supone una prerrogativa de los teólogos o  de los canonistas o de los dignatarios eclesiales sean clérigos o laicos, sino de todos los  creyentes. En este proceso sinodal, ¿escuchamos a los sencillos? Aún más ¿escuchamos con atención a los ignorantes a los ojos del mundo, a gentes que no saben, que no tienen la así  llamada “cultura eclesial”? Con buena voluntad, tal vez los convoquemos, pero ¿los  escuchamos verdaderamente? 
  • Participación de los márgenes, de las periferias existenciales religiosas. La cuestión que se  plantea es cómo implicar a los excluidos, saber quiénes son y cómo acercarnos a ellos; no una  vez y basta, sino de forma continuada y estable. Sobre todo, escucharlos para aprender de  ellos, para conocer la voz de Dios a través de ellos, que son lugar teologal. Si no se da la  apertura a los márgenes, se falseará el proceso sinodal. 

2.f) Proceso de discernimiento 

La renovación iniciada por el papa Francisco es heredera del Vaticano II y retoma la sinodalidad no  solo afectiva, sino también efectiva y se desarrolla en dos líneas principales: 

  • Potenciación de la sinodalidad como dimensión constitutiva de la Iglesia (toda la Iglesia y  todo lo que es Iglesia debe ser sinodal). 
  • Renovación y reforma de las estructuras sinodales: de la Asamblea del Sínodo de los Obispos  y la propia Secretaría General, pero también de aquellas que deben concretar la sinodalidad  en todos los ámbitos de la Iglesia. 

El proceso debe comenzar desde abajo, promoviendo el sensus fidei y favoreciendo la  descentralización y la consulta al Pueblo de Dios como elemento imprescindible del proceso sinodal,  consecuencia de lo afirmado en Lumen Gentium 12. Por ejemplo, para un verdadero discernimiento  en el Espíritu, en un clima de oración, el obispo (o en su caso el párroco) debe necesariamente  escuchar al Pueblo de Dios y el pueblo de Dios debe poder expresar, de verdad y en concreto, su  opinión al obispo, buscando todos el bien de la Iglesia. Si no es así no habrá verdadero discernimiento.  Después viene la toma de decisiones: no todas deberán tomarlas el obispo o el párroco (sería un  clericalismo absurdo); otras, propias de su ministerio (del munus), sí. Lo mismo sucede con lo que se  refiere a las estructuras sinodales: las que funcionen deben mejorarse y potenciarse, las obsoletas o  ineficaces, eliminarse y pueden crearse otras nuevas. 

Revisemos pues las estructuras sinodales pero no caigamos en la demagogia asamblearista. Si, por  ejemplo, el Sínodo de los Obispos (estructura y expresión sinodal de la colegialidad episcopal) o el  Consejo presbiteral (estructura y expresión sinodal de los presbíteros con su obispo en una diócesis)  tienen un arraigo teológico, cumplen una función y concretan la sinodalidad de esa específica realidad  eclesial, podrán reformarse y mejorarse, pero no sustituirse si esta eliminación conlleva un vacío y  un empobrecimiento, cuando no un error eclesiológico. Creo que, en muchas ocasiones, no se trata  de alternativas (o…o) sino de complementariedad (y… y). Seamos creativos.  

2.g) Proceso evangelizador 

La sinodalidad, al remitirnos a la esencia de la Iglesia (al “nosotros” en Cristo), se resuelve también  en el impulso evangelizador que nos mueve comunicar la Buena Noticia que hemos recibido y con la  que nos identificamos. La misión es, podemos decir, la finalidad del proceso sinodal. La sinodalidad  no nos orienta, de ningún modo, a una Iglesia ensimismada, cerrada, autorreferencial. Muy al  contrario, nos abre a la misión evangelizadora, a presentar y comunicar una persona viva, a la que  conocemos por experiencia, que llena de sentido nuestra propia existencia y da respuesta cierta a las  preguntas, a las necesidades y a los anhelos de todo ser humano en este momento de la historia.

Es la Iglesia abierta, que habla el lenguaje de la gente, que siente y comparte sus problemas. Y que  evangeliza, tanto cada individuo, aunque siempre unidos a los demás hermanos y hermanas, como  comunidad eclesial. Hemos sido llamados a dar testimonio del Señor Resucitado, a comunicar su  Evangelio. Todos. Esta es la vocación del cristiano: ser Cristo en medio del mundo (cf. Gal 2,20). La  Iglesia debe dar testimonio creíble y, por tanto, gozoso, alegre, del Resucitado. Por eso, como he  señalado, los procesos renovadores solo son viables desde la referencia al Evangelio, es decir, si nos  unen más a Cristo y nos impulsan a comunicarlo al mundo desde la experiencia del Señor Jesús en la  propia vida de la Iglesia. Siempre con coraje, con audacia para el riesgo, sin dejarnos llevar por la  nostalgia del pasado, sino mirando al futuro con inmensa esperanza. En este sentido, hay preguntas  que surgen y que debemos responder. ¿Cómo y dónde quiere el Señor que lo sirvamos? ¿Cómo llevar  la Buena Noticia al mundo de hoy, en lo concreto y de manera que llegue? Esta es la Iglesia en salida,  abierta, dinámica, que contagia entusiasmo. 

3. A modo de evaluación 

3.a) Una valoración esencialmente positiva 

Al dirigir la mirada al momento que estamos viviendo, la consideración es sin duda optimista y  esperanzada. Creo sinceramente que estamos en un proceso irreversible, con distintas velocidades,  lleno de matices y tal vez necesario de clarificaciones, pero sin vuelta atrás. Porque no se trata,  esencialmente, de cambio de estructuras, reparto del poder, minuciosas programaciones, sesudas  reflexiones académicas o marketing para la promoción personal o grupal. Se refiere a la vivencia  coherente de nuestra fe, nos vincula a Cristo y a los hermanos, tiene como eje el amor verdadero y  nos abre al dinamismo evangelizador. Se trata de una opción esencialmente creyente. 

Es el tiempo de la valentía y la creatividad, el tiempo de la autenticidad y el testimonio, el tiempo del  Espíritu, que renueva y da vida, el tiempo del amor verdadero. De nosotros depende. Estamos ante  un momento crucial en la Iglesia. Ha llegado el momento de la decisión, de la verdadera reforma, que  llama a nuestras puertas y pone en cuestión nuestras efímeras seguridades, nuestras pequeñeces y miserias. Por eso surgen los miedos, que se manifiestan en suspicacias y recelos, en el falseamiento  de lo que significa el proceso sinodal, en los intentos por bloquearlo y desnaturalizarlo. El Espíritu Santo (y el Sínodo es un evento espiritual) nos saca necesariamente de nuestras seguridades, de  nuestro confort, de nuestras realidades de muerte. Es, en sí mismo, una opción por la vida, con todo  lo que significa. En este sentido, conviene recordar que la sinodalidad debe considerarse, asumirse y  aplicarse siempre desde el amor: hacia Dios, hacia la Iglesia, hacia la humanidad. 

3.b) Recuperar la fraternidad 

Otro importante reto sinodal es el de la fraternidad. En este mundo de los contrastes, las injusticias,  las sangrantes desigualdades, el Papa nos invita a recuperar la hermandad básica, que brota de la  imagen de Dios en todo ser humano. “Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y  en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. […] Soñemos como una única humanidad,  como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos,  cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”  (Carta encíclica Fratelli tutti, 8). Así pues, el concepto de “compañeros de camino”, se amplía. Y  también el de periferias.

Pero, si dirigimos la mirada a la realidad misma de la Iglesia, advertimos la creciente polarización  ideológica, que con demasiada frecuencia olvida la caridad, rompe escandalosamente la comunión y  daña la unidad. Ya me he referido a ella. Es verdad que siempre han existido en la Iglesia distintas  sensibilidades. Ya el joven sacerdote Angelo Giuseppe Roncalli, futuro Juan XXIII, hablaba de la  dificultad para seguir el camino justo entre “un resto de viejos conservadores, aferrados como pulpos  a ideas fijas que el tiempo se encarga de disolver” y, de la otra parte, “los caballitos ligeros que  quieren correr demasiado, sin que ninguno sepa qué se debe hacer y a dónde llegar” (Carta a don  Guglielmo Carozzi, Bérgamo, 14 de abril de 1906: L. F. Capovilla, IX Anniversario della morte di  papa Giovanni, Roma 1972, 15). 

Pero la ausencia del amor fundante, del amor primero, la falta de la experiencia de Cristo, conduce a  una progresiva y evidente radicalización en nuestros días. Es imposible que el mundo crea, que  encuentre a Cristo en nosotros, si hacemos del Evangelio una ideología, llegando a rechazar de forma  colérica y agresiva a quienes piensan de manera diferente, tienen otra sensibilidad o no siguen  nuestras ideas. Llegando hasta el punto de considerarlos enemigos. Esto es un escándalo, que debe  ser denunciado y corregido. Si no, ¿cómo podemos celebrar la Eucaristía, comulgando el Cuerpo de  Cristo, rezar la oración del Señor o testimoniar el Evangelio? ¿Cómo podemos extrañarnos de que el  mundo no crea? “Si se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, porque terminarán  destruyéndose mutuamente” (Gal 5, 15). Necesitamos pasar de la hostilidad a la amistad y recuperar  la necesaria armonía, fruto del Espíritu. La sinodalidad debe ser, por tanto, expresión de fraternidad  porque la Iglesia de Cristo es vivencia de amor, Familia de Dios. 

3.c) Avanzar en la eclesiología del Vaticano II 

Durante los años del Concilio no cabe duda de que la Iglesia se sintió viva. Como todo cambio  profundo, este proceso de reforma produjo entusiasmo en unos y recelo en otros, para derivar después,  en muchos casos, hacia la rutina, y reducirse a una opción de mínimos, sin desarrollar la eclesiología  conciliar en todas sus consecuencias y posibilidades. Benedicto XVI recordaba que “el cristianismo  es siempre nuevo”. Y lo asemejaba a un árbol que está en perenne aurora y es siempre joven. Por eso  la actualización, el “aggiornamento”, o la reforma, no significan ruptura con la tradición, sino  profundización y desarrollo de la vitalidad eclesial. No supone rebajar la fe a la moda de los tiempos,  a aquello que agrada la opinión pública, sino, como hicieron los padres conciliares, significa llevar el  “hoy” de nuestro tiempo al “hoy” de Dios (Benedicto XVI, Discurso a los obispos que participaron  en el Concilio Vaticano II y un grupo de presidentes de Conferencias Episcopales, 12 de octubre de  2012). 

En el desarrollo de la eclesiología del Vaticano II, en la cual se inscribe el proceso sinodal, me permito  sugerir algunos temas a los que prestar especial atención, como desarrollo teológico, entendido desde  la perspectiva de la “teología arrodillada”, es decir, orante y en contacto con la vida cotidiana. Indico  los principales: 

  • Sinodalidad en la Iglesia que peregrina: identidad y proceso 
  • Sinodalidad y eclesiología de comunión 
  • Sinodalidad y eclesiología del Pueblo de Dios 
  • Sinodalidad en perspectiva ecuménica 
  • Sinodalidad, diálogo interreligioso y diálogo intercultural 
  • Sinodalidad y sacramentos 
  • Sinodalidad, evangelización y misión compartida

Todo ello nos abre a la perspectiva indicada por el Concilio Vaticano II: “Cristo llama a la Iglesia  peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y  terrena, tiene siempre necesidad” (Unitatis redintegratio, 6). 

4. La etapa continental 

Dentro del proceso e íntimamente interconectada con la fase diocesana, iniciaremos ahora la llamada  fase continental. Hace referencia a los siete grupos o Reuniones de Conferencias Episcopales  Internacionales: África, América Latina y el Caribe, América del Norte (Estados Unidos y Canadá),  Asia, Oceanía, Iglesias católicas de Medio Oriente. Está pensada desde principios de noviembre de  2022 a finales de marzo de 2023. Se trata de una etapa novedosa y de gran importancia en este camino  de escucha y discernimiento. 

4.a) Objetivo 

  • Ante todo, profundizar el discernimiento en el contexto cultural propio de cada continente” (cf. Nota de la Secretaría General del Sínodo, 21 de mayo de 2021)). 
  • Aportar a toda la Iglesia el discernimiento realizado teniendo en cuenta la riqueza cultural  específica de cada continente. 

4.b) Indicaciones 

Aunque se enviarán ulteriores indicaciones al respecto y se acompañará el proceso, ofrezco aquí  algunas clarificaciones: 

  • El diálogo a nivel continental se hará sobre el texto del Documento para la etapa continental (anteriormente llamado Instrumentum Laboris 1), redactado por la Secretaría del Sínodo tras  el discernimiento realizado sobre las síntesis de la etapa diocesana, enviadas por las  Conferencias Episcopales y otros grupos. 
  • El programa concreto para cada continente lo trazarán las propias Reuniones de Conferencias  Episcopales Internacionales. 
  • En cada continente se creará un equipo (task-force), en estrecho contacto con el que ha sido  nombrado por la Secretaría del Sínodo. La función de este último es acompañar, ayudar y  armonizar los caminos de los diversos continentes. 
  • Se pide también mantener los equipos sinodales creados durante la etapa diocesana en los  diversos niveles. 

Dada la brevedad de los tiempos, urge realizar cuanto antes la preparación de esta etapa en cada  continente. 

4.c) Participación 

Otro tema importante es la participación e implicación, que debe ser lo más amplia posible, en la línea  de apertura propia del proceso sinodal. Tras consultar a todas las Conferencias Episcopales sobre la  participación e implicación del Pueblo de Dios en esta etapa, se piensa en dos momentos:

  • Una Asamblea eclesial continental. La organización la hará cada continente (Reuniones  internacionales de Conferencias Episcopales), en diálogo con la Secretaría General del  Sínodo. Debe procurarse que sus participantes (en la medida de lo posible, presenciales) representen la variedad del Pueblo de Dios, y que sea viable un verdadero y efectivo trabajo  compartido. El objetivo es construir puentes entre las diversas regiones y culturas del  Continente, considerando siempre las diferencias lingüísticas, culturales y sociales. 
  • Un posterior encuentro de obispos. Para releer colegialmente la experiencia sinodal vivida, a  partir del carisma y función específicos. 

Cada continente redactará un documento-síntesis, fruto del discernimiento realizado, que se enviará  a la Secretaría General del Sínodo antes del 31 de marzo de 2023. A partir de ellos, la Secretaría  General redactará el Instrumentus laboris para los trabajos de la Asamblea General del Sínodo de los  Obispos, fijada para octubre de 2023. 

5. Conclusión 

La sinodalidad es un proceso que no termina, porque forma parte de la identidad eclesial: del ser,  actuar y estilo de la Iglesia. Resulta equivocado pensar que la sinodalidad en curso finaliza con la  fase diocesana, con la etapa continental o con la celebración de la Asamblea del Sínodo de los  Obispos, que son eventos que se integran en el único proceso sinodal. De igual manera, todas las  manifestaciones o formas concretas en las que se expresa la sinodalidad, no pueden ni deben  contemplarse como eventos aislados y desconectados: los sínodos nacionales o locales, las asambleas  (como la reciente del CELAM), los consejos pastorales en los diferentes niveles, los dicasterios de la  Curia Romana, etc. Estas estructuras son elementos que conservan su propia identidad, pero que solo  cobran verdadero sentido integrados en el todo eclesial. También necesitamos avanzar en la relación  entre las Iglesias locales y los organismos nacionales-continentales y entre las Iglesias locales entre  sí y en la Iglesia universal. 

Estamos finalizando la fase diocesana del proceso y pronto comenzaremos la fase continental. No  deben asustarnos las diferentes velocidades ni producirnos ansia el logro de resultados inmediatos; lo  importante es asumir un nuevo modo de ser Iglesia más coherente y avanzar serenamente por esta  senda, en y desde el Pueblo de Dios. Hemos ido clarificando muchas cosas y, sobre todo, somos  conscientes del enorme dinamismo que entraña la sinodalidad. 

Ustedes llevan ya mucho tiempo en esta perspectiva. Agradezco de corazón al Señor todo lo que están  aportando a la Iglesia. Debe añadir que siempre hemos encontrado en nuestros interlocutores del  CELAM enorme sintonía y generosa disponibilidad. Caminamos juntos.  

Termino recordando unas hermosas palabras de san Juan XXIII, que podemos aplicar a esta tarea  apasionante en la que colaboramos: “Es preciso, siempre, pensar en grande y mirar alto y lejos”. 

✠ Luis Marín de San Martín, O.S.A. 

Obispo titular de Suliana 

Subsecretario de la Secretaría General del Sínodo

Monseñor Luis Marín de San Martín

Fuente: Religión Digital