El domingo pasado, Jesús nos enseñaba a orar y a elevar concretamente la plegaria del Padrenuestro al Papá Dios. Reflexionábamos sobre la importancia de la oración, de darse tiempo para estar con Dios. Hoy, el mensaje de Jesús es una invitación al desapego de las riquezas, de ser moderados en el uso del dinero, y nos advierte sobre el peligro de los bienes de este mundo
Hay quienes consideran que el trato con Dios nos hace negativos en la apreciación de los bienes o riquezas del mundo. O que solo quienes no quieren o no puede disfrutar de las alegrías de la vida presente pueden ocuparse de las cosas del espíritu y de la búsqueda de un gozo futuro en el cielo. Hay quienes tienen una visión pesimista de la vida cristiana, porque no conocen la alegría cristiana.
Las lecturas de hoy, a primera vista, parecen dar la razón a los que juzgan que los cristianos han despreciados las cosas terrenas. El autor de la primera lectura nos lanza esta afirmación llena de admiración:” ¡VANIDAD DE VANIDADES! ¡TODO ES VANIDAD! San Pablo pide a todos los cristianos de Colosas que, “piensen en las cosas celestiales, y no en las cosas de la tierra”. La parábola de Jesús da la pista para entender correctamente lo que nos está exigiendo Dios. La frase clave es:” Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios”.
El hombre de la parábola que acumuló tantos bienes, no es condenable por ser rico, ni por asegurar su futuro, sino por olvidarse de Dios, a quien no agradece nada, y por no compartir con los demás sus riquezas, pues acapara solo para sí. Se ha convertido en un idolatra de sus bienes. Tiene bienes acumulados para muchos años, “túmbate, come y date buena vida”.
La persona puede acumular riquezas para sí, pero son las riquezas de Dios y para Dios. Hay riquezas interiores, profundas, plenas y duraderas y otras pseudo-riquezas, superficiales, vanas, vacías y efímeras. La primera riqueza a la que puede aspirar la persona, es el ser amigo de Dios que es Padre misericordioso. Dios nos enriquece con su Palabra, la Eucaristía, los sacramentos, la oración, la caridad…
Lo que Jesús nos enseña en el evangelio es la actitud ante los bienes materiales que poseemos o podemos ir adquiriendo. Dios quiere lo que todos queremos, ser felices, todos deseamos vivir bien. Dios quiere que todos tengamos lo necesario. Por ello, el vivir bien no es una aspiración despreciable con tal de que no se realice a costa de otros valores superiores, como ser: compartir con los que no tienen, respetar los derechos humanos, buscar la justicia social, vivir en libertad de espíritu, apertura y confianza en Dios, desprendimiento de lo superfluo para el bien de los demás.
Cristo es un gran pedagogo. Él no es que nos invite a despreciar los bienes de la tierra, pero sí a no dejarnos esclavizar por ellos. No quiere que estemos ansiosos, sin hacer nada y abandonando el trabajo, pero sí que no demos valor prioritario a lo material, porque hay cosas más importantes hasta humanamente. No condena a los ricos o a las riquezas. Pero sí nos dice que no caigamos en la idolatría, en la obsesión del dinero. De sabios es saber distinguir los valores importantes de los que no son.
No es verdad que no somos nada. Al contrario. Somos tanto. ¡VALEMOS TANTO! Todos por el mero hecho de ser personas, hijos de Dios, amados por él, aunque seamos lo que seamos, somos importantes ante Dios. Esto es lo importante, aunque carezcamos de otros valores que deseamos tener. San Francisco de Asís dice: “lo que eres ante Dios, eso eres”. Por ello, el apóstol Pablo nos invita a todos a buscar los bienes del cielo. La razón es muy simple; ya que esos bienes son nuestros. Pues por el bautismo hemos sido incorporados a Dios, formamos parte de la familia de Dios. Esto nos exige compartir lo que tenemos, nuestros bienes, muchos o pocos con los otros, especialmente las riquezas interiores, que están más allá de toda diferencia de razas, culturas, y de toda condición social. Jesús nos dice: “Hay más alegría en dar que en recibir”.
Sucre, 31 de julio de 2016.
Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre


