Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Siempre había una finalidad superior”

La eucaristía es celebración de nuestra fe. De la fe hemos reflexionado el domingo pasado. Y, la Palabra, domingo tras domingo va motivando nuestras opciones de fe, juzgando algunas actitudes en las que no podemos quedar instalados. La Palabra nos anima, a veces nos llama la atención, avisándonos los errores que minan nuestra entrega al Señor y a los hermanos. Hoy, nos invita a revisar nuestra relación con Dios, “dador de todo don”. Señala la importancia de la gratitud con Dios.

No olvidemos el dicho: “de corazones bien nacidos es ser agradecidos”. Los milagros, pequeños o grandes, son dones de Dios. Hoy, la primera lectura y el evangelio coinciden en relatar la curación milagrosa de leprosos. De los diez leprosos, sólo uno vuelve a dar gracias a Jesús. Los otros nueve llenos de alegría, no se acuerdan de dar gracias al autor de la curación obtenida. Mi madre decía, “con la gloria se pierde la memoria”. Esto llama la atención de Jesús. Pero mucho más se admira que el agradecido sea un extranjero y cismático. Jesús pone en evidencia a los judíos diciéndoles, que son los extranjeros los que más fe tienen. Una cierta fe inicial les animó a los leprosos a solicitarle a Jesús el milagro, pero esa misma fe no alcanzó a tener un corazón agradecido. Esto mismo sucede a muchos cristianos que piden a Dios, pero no saben ser agradecidos.

Cristo cura al grupo de los leprosos sin mirar su procedencia o si eran del pueblo judío o extranjero. El profeta Eliseo cura también a un extranjero, el general Naamán, como vemos en la primera lectura. Este extranjero reacciona con gran fe y, a la vez, con gran gratitud: “reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra, sino el Dios de Israel”. Tanto Jesús como Eliseo aparecen atendiendo a propios y extranjeros con la misma misericordia y entrega. Dios es Dios de todos, es la gran lección de la universalidad de Dios.

Hay que ir más allá de lo que a primera vista se ve, cuando suceden los milagros. Cristo realizaba los milagros, no para hacer alarde de su divinidad. Jesús insistía en que no comunicaran a nadie la gracia obtenida. Los milagros de Jesús hay que enfocarlos desde la perspectiva liberadora del reino de Dios. Los milagros eran y son también ahora, como signos mesiánicos del mismo. Los milagros de Jesús fueron signos y señales de la presencia salvadora del reino de Dios y parte integrante de la Buena Nueva de Cristo. En los milagros de Jesús, siempre había una finalidad superior. Los milagros estaban en relación con la salvación integral que Jesús trae a la humanidad. Por eso, la fe que pedía Jesús, como previo para sus milagros, era una fe, por lo menos inicial, en su persona como enviado del Padre.

Si el milagro requiere la fe, es esa fe humilde la que nos lleva a ser agradecidos. La gratitud hacia Dios modifica toda nuestra actitud ante Dios y también ante los demás, en toda nuestra vida. La gratitud nos hace humildes, nos recuerda nuestra condición de administradores de todos los bienes que tenemos, nos predispone al servicio de los demás. San Pablo en la primera carta a los corintios 4,7, nos dice: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?” Y, Jesús dice a sus apóstoles en Mateo, 10,8: “Gratis lo han recibido, den gratuitamente”. La gratitud, por consiguiente, es una virtud que se fundamenta en la fe. La gratitud hacia Dios como hacia los demás debe estar llena de alegría y humildad.

Sucre, 9 de octubre de 2016

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre