Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Llamados a ser santos”

El domingo pasado, fiesta del Bautismo de Jesús, hemos dejado atrás el tiempo de Navidad. Hoy volvemos al tiempo ordinario, por siete semanas, pues el cinco de marzo, entramos en la Cuaresma, llamado tiempo fuerte, junto al tiempo pascual. La lectura del evangelio de hoy es del evangelista Juan. El próximo domingo escucharemos ya al evangelista Mateo quien normalmente será el que nos proponga las palabras de Jesús, el Maestro. Escuchamos hoy el testimonio de Juan el Bautista quien ha visto bajar sobre Jesús de Nazaret de Nazaret el Espíritu Santo en su Bautismo. Las tres lecturas de este domingo, desde distintos ángulos se centran en el testimonio sobre Jesucristo. En la primera lectura, en el aval de Dios en favor de su Siervo como luz de las naciones y portador de su salvación personal que la llevó a cabo Cristo. En la segunda lectura, encontramos la confesión de Pablo que se proclama apóstol de Cristo. Y, en el evangelio de Juan, el testimonio sobre Jesús, como “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Por esto, nos hará mucho bien, para aprovechar el mensaje de este domingo, relacionar las tres lecturas y poner nuestra atención en la persona de Jesús, el Salvador, el Mesías y el Enviado del Padre para salvarnos del pecado y hacernos santos, como Dios es santo.

Jesús es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. En cada eucaristía o misa, cuando el sacerdote fracciona la hostia grande, el pueblo canta o reza, “Cordero de Dios…”, tres o más veces, y, antes de distribuir la comunión, el sacerdote presenta la hostia partida, diciendo: “Este es el Cordero de Dios…” Es la carta oficial de presentación del Hijo de Dios vivo, hecho hombre para nuestra salvación o santificación. Es de suma importancia para nuestra vivencia espiritual, penetrar en el profundo significado de esta expresión: “Cordero de Dios”. Cuando los judíos, en tiempo de Jesús hablaban de cordero, y sobre todo de Cordero de Dios, tenían presente en su memoria el recuerdo del cordero pascual. La pascua es una fiesta de origen muy antiguo, a la que el transcurso del tiempo se le fue agregando nuevos significados. La sangre del cordero pasó a ser el recuerdo perenne de aquella intervención liberadora de Dios en favor de su pueblo. El cordero pascual ocupaba un lugar muy especial en el rito de la purificación de los que habían estado excluidos de la comunidad por ciertas enfermedades. Por ello, cuando Juan el Bautista dijo a los que le rodeaban que Jesús era “el cordero de Dios”, todos entendieron que en él, de alguna forma, se iba a reeditar esa intención salvadora y redentora de Dios en favor del pueblo, que el Cordero pascual evocaba. De hecho, Jesús se inmoló en el altar de la cruz, y así nos libró de la esclavitud del pecado y nos permitió ser hijos de Dios, ser santos.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús nos bautiza con Espíritu Santo. Así como la persona se sumerge en el agua bautismal, así somos sumergidos en el Espíritu de Dios. Así como corre el agua refrescante y purificadora por la frente del bautizado, así el Espíritu divino fluye sobre lo íntimo de la persona. Espíritu significa “aliento”. Jesús trae un nuevo aliento al mundo, una nueva vida, la vida misma de Dios. Es sumamente importante detenerse en lo que Pablo nos dice en la carta a los corintios, en el saludo introductorio, “los que han sido santificados” y “los llamados a ser santos”. Esta es la vocación de cada bautizado, ser santos, como el Padre es santo.

Sucre, 15 de enero de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre