Análisis

Mons. Jesús Pérez: “El placer exquisito de la venganza”

Continuamos escuchando en el evangelio de Mateo 5,38-48, el sermón de la montaña. El domingo pasado escuchábamos el “Yo les digo”, aplicado al homicidio o al insulto del hermano, a la fidelidad matrimonial o al divorcio y radicalidad de la doctrina anterior, a la caridad fraterna, al uso de los juramentos. Hoy se aplica como la correspondiente profundización y radicalización de la doctrina anterior, a la caridad fraterna. Son las dos últimas antítesis del sermón de la montaña: el perdón en lugar de la venganza, y el amor al enemigo en vez de odio.

El evangelio de hoy termina con estas palabras de Jesús que son un reto para todos: “sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Perfecto quiere decir acabado, completo, hecho del todo, terminado. Y la persona es siempre una obra inconclusa. Por más que crezca y progrese, siempre se encuentra con límites que le recuerdan su imperfección Esto pesa y nos duele. Por ello, siempre hay en el corazón de todos, los deseos de llegar a ser perfectos. Esta ansia de ser como Dios ya existió en el paraíso, en Adán y Eva. Lo importante es saber en qué consiste esa perfección, ese deseo innato de ser semejante a Dios. Esta motivación de las 6 antítesis (4 el domingo pasado y hoy dos), es la motivación de todo lo que antecede. Es la base ética profundamente religiosa; imitación del ejemplo a cuya a imagen está hecho el hombre. Jesús dice, “así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.

La Palabra, tanto en la primera lectura como en el evangelio nos presenta para nuestras relaciones fraternas el modelo de nuestro proceder. Se trata de amar a los demás como lo hace Dios, sin límites, retaceos o cálculos. Es una llamada a la santidad. La santidad es la vocación de todos los bautizados, de todo el que se siente hijo de Dios. En libro levítico leemos: “sean santos, porque Yo, el Señor, su Dios, soy santo”. Y, Jesús sigue la misma exigencia del Antiguo Testamento: “sean perfectos como su Padre celestial”. A Jesús le interesa subrayar hoy, que la caridad fraterna es universal., hemos de actuar como Dios para llegar a ser “hijos de Dios que está en los cielos”. Dios mismo es el espejo en que debemos mirarnos para poder ser cristianos auténticos. Toda la vida será esta nuestra meta como discípulos de Cristo.

Francisco de Asís decía a sus hermanos que “no se airén ni se turben por el pecado ajeno, porque la ira y la turbación impiden el amor en uno mismo y en los demás”. Paradójicamente el peor daño que puede causar una agresión no la causa el agresor, sino nuestra propia reacción; nos dejamos llenar de odio, consintiendo los deseos de venganza. Cristo quiere evitarnos ese peligro tan grave para la salud del cuerpo como del alma. Por ello nos manda excluir todo sentimiento de rencor, odio, malquerencia, fanatismo e intolerancia. Practicar el desarme unilateral, poner la otra mejilla y amar de corazón al enemigo. Antiguamente se puso la ley de talión, “ojo por ojo y diente por diente”. Esto no vale para Jesús. Perdón, perdón y amor será lo único que nos lleve a superar placer exquisito de la venganza que está en lo más profundo del corazón de cada uno. La terapia de Jesús es: “AMEN A SUS ENEMIGOS Y RECEN POR SUS PERSEGUIDORES”. Esta medicina no falla.

Sucre, 19 de febrero de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre