Sucre

Mons. Jesús Pérez: “El padre de toda justificación” (17-02-13)

El Miércoles de Ceniza hemos iniciado el tiempo sagrado de la Cuaresma que nos conduce a la celebración del misterio pascual: Muerte y Resurrección de Cristo. La Pascua es la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. La Pascua es nuestra propia victoria.

Para algunos cristianos recién hoy se percatan que ya se inició la Cuaresma y otros, no pocos, no intentaron entrar en el espíritu de éste “tiempo de gracia y de salvación” (2Cor 6,2). San Pablo nos advierte que no hay que jugar con Dios y nos dice, “déjense reconciliar con Dios” (2Cor 5,20).

La Cuaresma tiempo para reconciliarnos con Dios, aceptando el amor de Dios que nos ama en Cristo. Este amor de Dios nos llevará a la auténtica conversión, la cual nos pide vivir el amor con todos nuestros actos, que sean signos de nuestra fe. Toda nuestra vida, hasta nuestro culto a Dios debemos revisarlo en esta Cuaresma. Si llegamos a hacer esto, la Palabra de Dios se habrá encarnado en nosotros.

Todos pecamos, nosotros con los otros, nosotros en los otros. El Papa, el obispo, el sacerdote y todo bautizado decimos: “yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. No debiera ser difícil descubrir en el quehacer diario, la huella de nuestra cooperación al desorden, al pecado… Con las flojeras, impuntualidades, omisiones, cobardías, miedos…

El pecado es el padre de toda justificación, por ello es necesario que cada uno haga su confesión en forma personal, a fin de que no haya equívocos o ambigüedades, no hay nadie perfecto, la tentación toca y llega al corazón de todos, somos limitados y débiles. Es esto lo que la liturgia nos enseña: “Yo confieso…”. Se impone la claridad ante Dios y los hermanos, así evitaremos la participación en las misas con gestos de burla.

Para intentar y llegar a ser cristianos decentes, hay que trabajar para deshacerse del pecado y caminar de acuerdo a los mandamientos de la ley del Señor, o sea, amar a Dios con amor verdadero y efectivo. ¿Quién va a la eucaristía preparado para tener presente su pecado de omisión, por ejemplo, no he saludado cada día a mi Padre Dios?

El evangelio de este primer domingo de Cuaresma, Lucas 4,1-13, nos presenta las tentaciones de Jesús, quien después de recibir el rito penitencial de Juan el Bautista, se va al desierto, “El Espíritu lo fue llevando al desierto mientras era tentado por el diablo” (Lc. 4,1). El elegido, el ungido, el enviado del Padre es sujeto a las mismas tentaciones que sufrió el pueblo de Israel en el desierto.

Jesús a través de las tres tentaciones relativiza los medios humanos ante el único absoluto, Dios, aceptando la voluntad del Padre. Cristo permanece fiel al Padre como hijo y como Mesías. Las tentaciones de Satanás están dirigidas a la misión dura, extremadamente dura, para apartarlo de la voluntad del Padre.

Durante la Cuaresma, desde ya, debemos como discípulos de Jesús, preguntarnos qué tentaciones nos acechan. Las tentaciones, el mal del pecado está dentro de nosotros mismos y fuera de nosotros. La tentación es una llamada al mal que nos impulsa cerebral o instintivamente a acciones que no concuerdan con el proyecto de Dios sobre cada uno. La tentación pasa por el interior, donde tenemos la posibilidad de decir si y de decir no.

A lo largo de la Cuaresma cada día, la Palabra de Dios en las celebraciones de la eucaristía nos invita a revisar nuestra fe, a redescubrirla en aquello que buscamos y hacemos. Este encuentro con Cristo a través de la Palabra y la oración busca que lleguemos a la intimidad con Cristo, a que veamos en él qué amor le tenemos y también cuál es nuestro amor a los demás.

La Cuaresma es un tiempo propicio para preguntarnos: ¿por qué no oro cada día? ¿Qué me falta para vivir como hijo de Dios? ¿Por qué no leo cada día la Palabra de Dios? ¿Cuáles son mis pecados de omisión? ¿Qué me falta para ser testigo de Cristo con la palabra y con la vida? Estas preguntas van a descubrirnos que nos falta mucho para ser cristianos. Sin miedo entremos a la Cuaresma y preguntémonos ¿en que Cristo creo? ¿Hasta dónde soy signo de fe, para los que no creen? Cada cristiano y cada comunidad creyente debe hacérsela e intentar dar una respuesta.

Somos parte de esta era y de esta sociedad: familiar, nacional e internacional. Una época en que se ha perdido el sentido del pecado, esto es una enfermedad que nos está envolviendo a todos. Hay que ser claros: el relativismo, el permisivismo, el secularismo, la falta de compromiso… van señalando por donde debe andar la revisión de vida en la Cuaresma. Esto no es fácil hacerlo, pues nuestros pecados buscarán la justificación a nuestro actuar “cada cual lleva el peso de todos los pecados de todos los hombres” (A. de Saint – Exupery).

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE