Sucre

Mons. Jesús Pérez: “Dios pide lo imposible” (10-02-13)

Estamos en plenos carnavales, y en medio de estas fiestas tradicionalmente fuertes, Dios sigue hablando, comunicándose y llamándonos a todos. Algunos, también los jóvenes, aprovechan estos días para retirarse como suele decirse, del “mundanal ruido” y darse tiempo para escuchar la voz de Dios que nos habla en lo secreto del corazón.

Este domingo, quinto del tiempo ordinario –el próximo domingo es primer domingo de Cuaresma– se nos invita a reflexionar sobre la vocación. La vocación es el llamado de Dios, que hace a cada uno para que cumplamos la tarea que él en sus designios providenciales nos ha señalado. El seguir la vocación o llamada de Dios hace que nos ubiquemos ocupando el lugar que nos corresponde.

La vocación cristiana –sea a la vida matrimonial, al compromiso del testimonio en medio del mundo, a la vida consagrada, al ministerio sacerdotal– es y será siempre un misterio, pues Dios siempre lleva la iniciativa.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos cuenta su propia vocación en aquellos momentos tan desastrosos en el entorno del destierro en Babilonia. Isaías, de unos veinticinco años, Dios le llamó y respondió decididamente: “aquí estoy, mándame” (Is 6,8). En el evangelio de Lucas 5,1-11, los apóstoles son interpelados por Cristo y les encarga: “serán pescadores de hombres”. El ser pescadores de hombres, no conlleva ningún sentido peyorativo, como si buscara un proselitismo a ultranza. Lo que Cristo quiere es que sus discípulos no solamente crean en él, sino que se dediquen a evangelizar, a comunicar el conocimiento de Dios que están viviendo, a dar la buena noticia del amor de Dios a los demás.

Así como Cristo eligió a los doce, después a los setenta y dos, hoy también sigue llamando, quiere comunicarse con los hombres y mujeres a través de los bautizados. Todos los bautizados estamos llamados, sin duda, a seguir el llamado de Dios, llamado que nos involucra en la tarea de la evangelización, la cual es la gran tarea de toda la Iglesia: “vayan y anuncien a todos los pueblos el Evangelio” (Mt 28, 16).

Isaías acepta el llamado de Dios, confiado en la ayuda de Dios: “habla Señor que tu siervo escucha” (1Samuel 3,9), responde Samuel; la Virgen María dijo: “hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1,38). Pablo, el apóstol, responde al llamado de Cristo “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10). Todos ellos, como los apóstoles, nos dan una hermosa lección a la llamada de Dios, dejándolo todo se pusieron obedientemente al plan de Dios.

Las tres llamadas que consideramos en las lecturas de hoy son consecuencia de un encuentro, de una experiencia de Dios. La fe nace del encuentro con Dios. Cristo nos lleva al Padre, pues Él es el camino. La vocación supone una experiencia de Dios, que nos vuelve hacia Él, para dejar lo que sea y responder fielmente al llamado. El conocimiento de Dios nos induce a hacerlo conocer, a trabajar por el Reino, “venga a nosotros tu Reino” (Mt 6,10; Lc 11,2;).

Lo más importante en la vocación es la persona que llama. Es Dios quien llama. Las llamadas de Dios pueden darse de muchas maneras. Dios nos llama a todos a servir, como Jesús, “no he venido a ser servido sino a servir”. La vocación matrimonial es una llamada al servicio y a la evangelización. Los esposos evangelizan a los hijos a quienes han dado la vida y han procurado transmitir la fe. Los esposos se evangelizan mutuamente.

Aparecida ha dado a los cristianos católicos una llamada urgente, diciéndonos e instándonos a todos los bautizados a ser “discípulos misioneros”. La misión ha sido dada por Jesús y parece imposible. Isaías se veía incapaz de hablar, de anunciar el mensaje de Dios con sus labios impuros, al igual que Pedro que se considera pecador, como el apóstol Pablo que ha perseguido a Cristo en los cristianos. Todos se ponen en las manos de Dios para ser sus instrumentos.

Pareciera, no pocas veces, que Dios pide lo imposible. Cuando Dios pide, cuando Dios llama, lo imposible se convierte en posible pues “para Dios nada es imposible” (Eclo 48,13; Mt 19,26; Mc 10,27; Lc 1,37). Dios da siempre las posibilidades de cumplir para aquello para lo cual él llama. La fe nos impulsa a pedir lo imposible.

Para responder “si” a la llamada de Dios a ser discípulos misioneros, para estar ubicados en el lugar que Dios nos quiere, para que sea realidad el llamado de Dios es necesario la experiencia de Dios. A esto nos ayuda el retiro, la oración, la Palabra de Dios, y, especialmente la participación frecuente en la Santa Misa.

A partir del Miércoles de Ceniza la Madre Iglesia nos invita a tener una experiencia fuerte y profunda de Dios. En el encuentro con Dios vamos a descubrir si estamos en el lugar donde Dios nos ha asignado, donde Dios quiere que estemos.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE