Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Carta de identidad cristiana”

Con la fiesta de hoy termina en la liturgia el tiempo de Navidad. El bautismo de Jesús de Nazaret viene a ser su identificación como Mesías e Hijo de Dios ante el pueblo expectante. Según el testimonio altamente cualificado de Juan el Bautista, del Espíritu Santo y del Padre, Jesús queda como al que esperaban. Así mismo, el bautismo de los cristianos, prefigurado en el de Jesús y su consecuencia inmediata, muestra la adopción filial por Dios, constituye la carta de identidad de todo discípulo de Cristo, es decir, muestra nuestras raíces cristianas a las que debemos volver continuamente. Aquí recibe Jesús, en el Jordán, la confirmación oficial de que es el Mesías, el Enviado del Padre. Todo esto es un gran misterio. Dios es insondable.

Hay que dejar bien claro que el Bautismo que recibió Jesús no es el sacramento del Bautismo que recibimos los cristianos. Los sacramentos nacen más tarde, como bellamente dice el doctor y santo san Buenaventura, los sacramentos nacen del costado abierto de Cristo en la Cruz. El bautismo de Juan era un puro rito penitencial y que Jesús accede a él para cumplir la voluntad del Padre y para que, en ese lugar de llamada a prepararse para acoger al Mesías, quedara ratificada públicamente la misión del Bautista. Es en este espacio, en que los judíos se convertían, y, fuera hecha también la presentación al pueblo de que el Mesías había llegado, estaba presente en la persona de Jesús de Nazaret. La fiesta de hoy tiene un objetivo, “manifestar el misterio del nuevo bautismo”, como señala el prefacio de este día. Por el sacramento del bautismo cristiano, participamos en el misterio pascual de Cristo, es decir, en su Muerte y Resurrección que repetidas veces Jesús llama “bautismo de fuego”.

Un aspecto importante de hoy es esta “teofanía trinitaria” que sucede en la escena del Bautismo, que lleva consigo la “investidura”, la proclamación oficial de Jesús como el Enviado de Dios al pueblo de Israel. Así lo expresa el evangelista Mateo, “apenas se bautizó Jesús, salió del agua, se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: este es mi Hijo, el amado, el predilecto”. Decir que Jesús de Nazaret es el Ungido, manifiesta su misión divina. El término griego “Cristo” y el hebreo “Mesías” significan lo mismo, el “Ungido”. El catecismo de la Iglesia nos dice: “eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido. El que ha ungido es el Padre. El que ha sido en el Espíritu la Unción” (Catecismo de la Iglesia no 438).

El Bautismo de Jesús es el prototipo de nuestro bautismo. Pues bien, en el bautismo, nuestros padres –para la mayoría- nos posibilitaron la vida en Dios y allí recibimos un nombre, cristiano, y un apellido, católico, como don gratuito. Todo esto nos identifica inevitablemente, y no es carga impuesta, sino regalo y oferta de gracia, fruto de su amor grande que nos precedió; hay bautizados, lamentablemente, que ignoran la belleza de ser hijos de Dios, porque ven su bautismo como una carga indeseable. Pues bien, partiendo del bautismo de Jesús, que es la identificación de él, busquemos hoy con interés y alegría, nuestra propia identidad cristiana en el bautismo que, indignamente nos fue dado por Dios y por nuestros padres.

Sucre, 8 de enero de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre